Jana BAUER El haditerrible en el Bosque Furioso Ilustraciones de Caroline Thaw Traducción de Barbara Pregelj y Gemma Santiago Alonso Malinc El presente proyecto ha sido financiado con el apoyo de la Comisión Europea. Esta publicación es responsabilidad exclusiva de su autor. La Comisión no es responsable del uso que pueda hacerse de la información aquí difundida. Indice El haditerrible llega al Bosque Furioso El haditerrible y la arena milagrosa El enfurroñaerizo El Rompus buu Como el erizo se contagió de rabia El haditerrible doma al Rabiajo El lirón quiere batir un récord El haditerrible construye una piscina El viento del sur se topa con el viento del norte El haditerrible organiza un té literario El haditerrible tiene que volver a casa Aquella hada connombres tan extraños Sobre la autora del texto Sobre la autora de las ilustraciones Sobre las traductoras Regalo para los lectores Si quieres recibir materiales didácticos para trabajar este libro, pídelos en esta conexión http://www.malinc.si/?page_id=2562&lang=es Esperamos que te resulten útiles El haditerrible llega al Bosque Furioso Aquel nublado sábado volaba hacia el Bosque Furioso algo extraño. Algo realmente extraño. —Una bomba —logró suspirar la ardilla cuando miró al cielo. —Viene hacia nosotros. —Salió disparada directa hacia la casa del búho. —¡Una bomba! —gritaba alterada. —¿Cómo? —preguntó el oso que justo se encontraba en la casa del búho, sorbiendo té. —Una bomba —apuntaba con su pequeña uña hacia el cielo la ardilla, completamente fuera de sí. —¡Este es el fin! Adiós, Bosque Furioso. El búho, asombrado, miró hacia arriba: —Pero, ¿qué será eso? —No es un pájaro —razonaba el oso mirando al cielo. —Tampoco una rana, un ratón o un topo. —¡Qué extraño! —asentía el búho. —¡Pero si os estoy diciendo que es una bomba! —chilló la ardilla. —Y hoy en día, estas tienen costumbres muy estúpidas. ¡T-e- r-e-v-i-e-n-t-a-n! —La ardilla se alejó corriendo. —A mí, más bien me parece una pera — seguía opinando el oso. —Una pera llevando un erizo. —Sin embargo —dijo el búho disconforme— no es normal que las peras sean de tantos colores y los erizos tan... tan... —¿Parecidos a las teteras? —le ayudó el oso. —Es un globo —exclamaron cuando el objeto volante se acercaba aún más .—Un globo pequeño y remendado que en lugar de un cesto lleva una pequeña tetera. El globo empezó a aterrizar. La tetera chocó contra el suelo del bosque. ¡PLAF! El viento del sur lo fue arrastrando sobre las raíces salientes de la tierra. ¡TRAS! ¡TRAS! ¡TRAS! Se estaba golpeando bien fuerte. Dentro de la tetera empezaron a oírse unas palabrotas. El oso y el búho pudieron escuchar claramente una diminuta voz enojada: —¡Au, esto duele! ¡Maldito viento del sur! ¡Párame de una vez! El globo se enredó en las moras espinosas y la tetera se paró. Cuando la tapa se abrió ruidosamente, empezó a salir un ser menudo. Fruncido. Enfurecido. Con un vestido de verano y un gorro del que salían una especie de dos horcaduras. —¡No eres sino una maldad hinchada! —y la pequeña apretó el puño y dirigió sus amenazas hacia las copas de los árboles donde se columpiaba el viento. —Menos mal que era yo la que estaba en la tetera y no mi bisabuela, ¿sabes? Apuesto que a ella jamás le hubieras golpeado tan fuerte. ¡Eres un desvergonzado! Porque ella te hubiera cogido por la cola y te hubiera desatado todos los nudos. La pequeña se arregló el vestidito y se tocó las horcaduras de la cabeza. Se acordó de la bisabuela y de sus tazas de porcelana con los bordes tan finos como el papel, que llevaban en el fondo la imagen de la reina. —Porque esto fue lo que hizo con el viento del norte. ¡Para que te enteres! Y solo por haberle soplado un poco de tabaco de su pipa. ¿Has oído? U-n-p-o-c-o-d-e-t-a-b-a-c-o. El búho y el oso observaban al ser enfurecido en silencio. —¿No es ella una de las haditerribles? —observó el búho después de un rato. —No me acuerdo muy bien, pero se meten con los vientos por algo. La pequeña sacó de la tetera un hato con trastos de distintos colores, extrajo una moneda de oro, buscó el helecho más cercano y empezó a cavar debajo del mismo. —Pero, ¿qué hace? —preguntó el oso. —Está enterrando una moneda de oro —explicó el buho. —Las haditerribles tienen la costumbre de enterrarlas constantemente por el bosque. —¿Vamos a saludarla? —quería saber el oso. —No va a quedarse —ululó el búho y voló hacia el cielo. —Es que las haditerribles no pueden aguantar mucho tiempo sin sus tías, primas, hermanas y bisabuelas. El oso se encogió de hombros y se echó a andar. El haditerrible tardó en tranquilizarse. No dejaba de amenazar al viento y escupir con enfado al suelo mientras daba patadas a la tetera. Tan solo se pudo parar al ver en un haya una guarida vacía. Cogió su pesado hato y subió por el tronco. «Esto lo arreglaré a mi manera», se dijo a sí misma. Dejó el hato sobre una rama y entró. —Aquí no hay lugar para todos —dijo resuelta a las avellanas a las que empezó a tirar afuera una por una. Satisfecha se fue a por sus cosas. Pero vino el viento del sur por detrás del tronco y tiró su hato árbol abajo, hacia las raíces. El nudo se desató y los trastos se esparcieron por todo el bosque. El botón azul fue a parar debajo del roble y los espejos pequeños debajo del abeto. —¡Vieeeeentooo! —lanzó el haditerrible un grito. Estaba tan furiosa como un trueno, crujía los nudillos, rechinaba los dientes y mientras tanto, chillaba y vociferaba a voz en grito. Pasó andando por allí un erizo. —¿Pero quién hace este tremendo ruido? —refunfuñaba ya de antemano de mal humor. —Oiga —exclamó al observar la tetera vertida. —¿Hay alguien aquí? Acto seguido de percibir al erizo, el haditerrible ya estaba a su lado. —Hoy todavía no me he peinado —dijo, y agarró al erizo erizándose el pelo con él. Al principio el erizo estaba callado, pero luego empezó a enfadarse. —Oye, ¿un poco de cortesía no te vendría mal, eh? —le echó en cara. —Soy un erizo, no un cepillo para tus alambres. El haditerrible se estaba observando satisfecha en los pequeños espejos. ¡Ahora sí que su pelo le estaba quedando bien! —¿Y por favor y gracias? —seguía gruñendo el erizo. —Tu mamá podría haberte enseñado estas palabras, ¿no crees? —Mi bisabuela —respondió la pequeña— tiene en su cajón diecisiete erizos vivos. Uno para cada día del mes. ¿Sabes que ninguno de ellos se lo ha agradecido jamás? Es que son muy mal educados. Quizá porque solo les alimenta con ciruelas secas. He escuchado decir que las ciruelas secas provocan descortesía. El erizo estaba pensando si el mes tenía exactamente dieciséis días, pero no logró aclararse la cuestión a fondo. —Pero yo no soy así, apenas como ciruelas secas —continuaba explicando el haditerrible. —Gracias porque podré peinarme todas las noches contigo. Ven al anochecer a mi guarida. Y no llegues tarde. El erizo se quedó sin palabras. ¡Habrase visto que alguien le tratara de esta manera a un erizo adulto! Nada parecido ni mucho menos le había pasado jamás en el Bosque Furioso. No sabía si pincharle al haditerrible, o mejor ir a chivarse al búho. Desapareció furioso. El haditerrible se fue a indagar a la parte más profunda del bosque, dejando por el suelo sus cosas. «Así van a aprender», pensaba. El bosque era bello y silencioso. En el camino se topó con distinguidos charcos. «Voy a probarlos cuando salga la luna», se dijo. Regresó a su haya. A su alrededor construyó una escalera de ramas secas. Plantó algunas calabazas silvestres y unas matamoscas de decoración. Colgó un columpio. Le costó mucho sacar de la tetera el sillón que había robado a su bisabuela y se hundió en él, cansada. Cogió el lápiz, dispuesta a escribir en el diario: Querido diario, por fin he encontrado una nueva casa. Aquí hay erizos gruñones y distinguidos charcos. ¡Pero el diario no estaba! Buscó en la guarida, buscó por todo el alrededor. No estaba. Volvió a protestar, a enfurecerse, a enfadarse y a vociferar. Crujía los nudillos y rechinaba los dientes. Primero llegó volando el búho. —¿Por qué gritas? —le preguntó. —¡Alguien me ha robado el diario! —gritaba el haditerrible. —Esto no puede ser —se opuso la salamandra que se encontraba cerca. —Imposible —opinó la lombriz que justo estaba pasando por allí. —En el Bosque Furioso no robamos —explicó el oso que apareció tambaleándose por detrás del abeto. —Pues me lo han robado —afirmaba el haditerrible. —He examinado cada centímetro. Pero todo en vano. He mirado bajo todos los pinos. Y no está. ¿Entonces? El búho estaba pensando. —Hace poco vino el erizo a quejarse de ti —dijo. —Decía que no sabías comportarte. —Qué estúpidos son los erizos —protestaba el haditerrible— tan solo me peiné con él, y él va y monta una. —Decía que ni siquiera le habías preguntado si podías hacerlo —continuaba el búho. —¿Ves lo raro que es? El búho suspiró. «Esta pequeña traerá problemas», se le pasó por la cabeza. El oso propuso llamar a la puerta del erizo y todos estuvieron de acuerdo. El erizo les abrió hecho una furia: —¿Qué pasa? —¿No habrás visto acaso el diario del haditerrible? —preguntó el búho. —Lo vi, me lo llevé y lo leí —respondió el erizo. —¿¡Qué!? —dio un respingo el haditerrible. —¿Has leído mi diario? Pero si no te lo he permitido. —¿Ah, no? ¿Y yo acaso te rogué que tuvieras la bondad de peinarte conmigo? —respondió el erizo enfadado. El búho propuso que el erizo le devolviera el diario al haditerrible. —Pero el diario contiene todos mis secretos —respondió indignada. —Estas cosas nunca son agradables —asintió, comprensivo, el oso. El haditerrible se fue y el erizo suspiró al oído del lirón: —Solo he comprobado si es peligrosa. —¿Y? —el lirón aguzó el oído. —Fíjate —dijo el erizo pensativo. —Su bisabuela puede escupir con tanta fuerza como para derribar de un árbol incluso una pera verde. El haditerrible y la arena milagrosa Aquella noche de sábado los animales ya dormían a pierna suelta en sus agujeros y madrigueras. Tan solo a la salamandra le remordía la conciencia porque un día antes había reñido con el caracol. El viento del sur había ahuyentado las nubes y la luz de la luna se abría camino entre los grandiosos robles. El haditerrible se despertó, saltó de su cama, se puso sus bonitas botas y se fue a saltar por los charcos. —¡Menudos charcos! —decía con entusiasmo. Continuó con su baile mojado hasta la madrugada. Al romper el alba que había teñido el cielo de domingo, el haditerrible volvió cansada a su guarida. A medio camino vio un cartel al lado del pozo: ¡ARENA MILAGROSA, ES MEJOR QUE TE ALEJES! En seguida se metió en el pozo. La arena era negra y estaba mojada. Apestaba a escarabajo de la patata. El haditerrible metió un buen puñado de la arena en su monedero y volvió a casa. * Delante de su guarida estaban conversando el erizo, el lirón y la ardilla. La llevaban esperando toda la mañana desde muy temprano. El erizo no había podido superar la humillación de haber sido utilizado en lugar de un cepillo normal por el haditerrible. Había traído consigo también al lirón. Pensaba que los dos juntos podrían obligarla a que pidiera perdón. La ardilla había venido porque la guarida que se había arreglado el haditerrible, en realidad le pertenecía a ella. Era cierto que no vivía en ella, ¿y qué? —No vas a obtenerla a cambio de nada —estaba dispuesta a pelear la ardilla. —Es que no se puede irrumpir en la propiedad ajena sin contrato de arrendamiento ni sin pago alguno. —Efectivamente —estaba de acuerdo el erizo. El lirón empezó a bostezar. —De acuerdo —asintió el haditerrible. Abrió el monedero y le puso a la ardilla una pizca de arena negra en la patita extendida. —Espolvorea con esto las avellanas y se te multiplicarán. La ardilla apretó contenta el puñado de arena y regresó saltando a casa. —Y yo, ¿qué? También el erizo había extendido su patita pensando en una pera bien gorda. —El cepillado no es gratuito, ¿sabes? El haditerrible le echó también a él la arena negra. Sin comprobar lo que le había dado o al menos olfatearla, también él se fue corriendo a casa. —Yo también quiero —le pedía el lirón. Estaba pensando untar su pelo con el polvo mágico. Para que se multiplicara. Para que estuviera bien tupido. —Pero si a ti no te debo nada —se defendía el haditerrible. —Sí que me debes —insistía el lirón— fíjate qué temprano tuve que levantarme. Y encima, tuve que soportar al erizo que estuvo gruñendo constantemente. —Vale —se encogió de hombros el haditerrible, le echó la arena y se encerró en su guarida. Mientras el lirón se frotaba con la arena negra, no tenía ni idea de lo que le esperaría a su pelo. * Por la mañana el oso jadeante llamó a la puerta del búho: —Compadre, ayúdame, el lirón se ha vuelto loco. Desde detrás del árbol venía andando torpemente el lirón. Llevaba en una mano una rama seca pensando que era una escopeta. Se había puesto sobre las orejas una camiseta verde. Andaba sobre los pies traseros, convencido de que era un cazador. Cavaba trampas y colocaba lazos. —Pero este ha enloquecido —el búho asentía al oso. Lo vieron cómo se metía con la zorra. Si no hubiera sido por el oso, podría incluso haberle hecho daño. —Habría que encerrarlo —dijo el búho. Apenas le metieron en una topera abandonada, empezaron a escucharse gritos por el bosque. —¡¡La ardilla!! —¡Pobre de mí, pobre de mí! —gritaba. —El fin del mundo está cerca. Mis avellanas se han vuelto locas. ¡Quieren devorarme! Era cierto. Toda una tropa de avellanas saltaba detrás de la ardilla. Ni el oso ni mucho menos el búho lograron explicarse cómo aquello era posible. La ardilla precisaba de su ayuda. —Las trampas —se le ocurrió al búho. Gracias a las trampas que había cavado el lirón lograron salvar a la ardilla de sus propias avellanas. Todas cayeron dentro de ellas, ya no quedaba ninguna. La ardilla jadeaba, conmovida. El búho y el oso apenas lograron tranquilizarla, cuando todo volvió a empezar. Esta vez con el erizo. Este estaba llorando en su agujero y se oponía a salir. —Oye, erizo, no seas tan cobarde —procuraba animarle el oso. —Sal afuera. Pero el erizo se oponía una y otra vez. Por fin cedió un poco, solo para permitirles abrir una ventana. El oso y el búho tuvieron que contener el aliento. Todas sus púas se habían convertido en margaritas. —Nunca jamás —se quejaba asustado— podré llevarme una pera a casa. Me voy a morir de hambre. Y antes, de vergüenza. —¡Qué extravagante! —pensó el búho mientras el erizo seguía. —¡Y de todo esto la culpa la tiene el haditerrible! Me dio un polvo mágico diciendo que la pera iba a multiplicarse si la espolvoreaba con él. La espolvoreé, me la puse a la espalda y volví corriendo a casa. Y luego pasó esto. —¿Un polvo mágico? —empezó a verlo claro el búho. —¿Era de color negro? —Sí —asentía el erizo. —¿Apestaba y era húmedo? —Efectivamente —confirmó el erizo. —¿Se lo dio también al lirón y a la ardilla? El erizo asintió. —La arena mágica —dijeron a la vez el oso y el búho. —¡Acompáñanos, erizo! —¿Qué? ¿Con esta pinta? —se estremeció el erizo. —¡Nunca jamás! —Pero, ¿para qué querías más peras? —se enfadó el búho. —¿Una no era suficiente? El erizo se calló y se unió a la expedición. * El búho llamó con su pico a la ventana de la guarida del haditerrible pero esta ni se inmutó. Aún así, el búho siguió llamando tanto tiempo que por fin el haditerrible se levantó de la cama y abrió la puerta. —Escucha —empezó el búho— lo que has hecho al lirón, a la ardilla y al erizo no tiene nombre. Tendrás que empezar a comportarte. —No, gracias —bostezaba el haditerrible. —Prefiero la gelatina de moras. —En nuestro bosque nos ayudamos entre sí —intentaba convencerle el oso. —Si os ayudáis o no, es asunto vuestro —respondió el haditerrible— y si no tenéis gelatina de moras, pienso volverme a la cama. Cerró la ventada y echó el cerrojo a la puerta. —¿Qué os he dicho? —refunfuñó el erizo. —Una absoluta falta de modales. —Un momento —dijo el búho quien divisó en lo alto de una rama las botas del haditerrible. Se fue volando. Dentro de poco volvió. Llevaba en el pico la húmeda arena negra. Echó un poco de ella en las dos botas. El oso suspiró: —No estoy convencido de que este sea el modo apropiado, compadre. —Estoy harto de convencer y suplicar —respondió el búho. * Cuando aquella noche salió la luz de la luna a través de los antiguos robles, en el Bosque Furioso volvieron a escucharse gritos. Era el haditerrible. Quería ponerse a saltar descalza por los charcos a la luz de la luna, pero no podía quitarse las botas. No podía y no podía por más que insistiera. Desde detrás del roble grueso el oso se dirigió hacia ella. Le acompañaban el búho, el erizo, la ardilla y todos los demás. —Por favor, ayudadme —suplicaba el haditerrible. El oso se encogió de hombros. —Pero si querías que te dejáramos en paz. —Es cierto —respondió el haditerrible. —Pero tú has dicho que en vuestro bosque os ayudáis. El búho y el oso intercambiaron las miradas. El lirón, contento de ser de nuevo lirón, asintió. La ardilla, que no le deseaba a nadie pasar por las atrocidades que ella misma había vivido, también asintió. Tan solo el erizo, todavía con el cuerpo mitad púas, mitad margaritas, miraba sombrío al suelo. —Es solo arena mágica —explicó el búho. —Dentro de unas horas el echizo perderá su poder. —Esto es desagradable —añadió el oso— pero hasta entonces no podrás quitarte las botas. El haditerrible miró con ganas el charco de lodo y volvió triste a casa. El oso suspiró afligido. El erizo suspiró al lirón: —Sabes, lirón, en su diario leí que está aquí porque su bisabuela la había echado. —Eso no estuvo bien —dijo bostezando el lirón. El erizo le miró severamente: —Querido lirón, deberías preguntarte por qué lo hizo. Y cómo nosotros vamos a librarnos de ella. Y luego el erizo con hocico respongón de ofendido se fue con sus pequeños pasos a casa. El enfurroñaerizo —He venido a tomar un té —llamó el erizo el miércoles a las tres a la puerta del búho. —¿Ah, sí? —asintió el búho y puso a calentar el agua. —Búho —empezó el erizo— ¿te has dado cuenta de que el Bosque Furioso ya no es como solía ser? —¿Ah, sí? —se asombró el búho. —Es cada vez más como jamás había sido y cada vez menos como solía ser —empezó a divagar el erizo. —Y quizá nunca, nunca jamás será como era. Es terrible que sea como es, pero eso es lo que hay. —A ver, dilo ya —de repente perdió la paciencia el búho. —El haditerrible —respiró por fin el erizo — tendría que irse. —¿Por qué? —se asombró el búho. —Alborota, perturba, vocifera, ejerce una mala influencia en los jóvenes y dice palabrotas —disparó el erizo. —Querido erizo —dijo amablemente el búho. —El haditerrible es una cría pequeña, traviesa y asustada. ¿A dónde quieres que la mandemos? ¿A casa? Deberías escuchar las palabrotas que dice su bisabuela. No, erizo, el haditerrible se queda. Vamos a intentar quererla. Alguna patita calurosa y un par de palabras amables no le vendrían mal. —Pero… —¿Puedo contar contigo? —Pero no puedo si no… —Erizo —dijo severamente el búho. —Ufff —suspiró el erizo, apuró la infusión de manzanilla y se fue. Lleno de pensamientos negros se fue hasta la casa del lirón. Llamó a la puerta. ¡Qué curioso, el lirón no estaba durmiendo! Estaba listo para salir. —Lirón —dijo jadeando el erizo, un poco por la prisa y mucho más por la ira. —Tenemos que deshacernos del haditerrible. Pero no se lo digas a nadie. Nosotros nos ocuparemos de esto. —¡Pero qué cosas dices! —intentaba tranquilizarle el lirón. —¿Y por qué? —¡Está como una cencerro! —perdió el erizo los nervios. —Loquísima, sin más. La arena negra y otras cosas por el estilo. Y aquellos erizos en la casa de su bisabuela. No me digas que no es cosa de locos. —Solo es un poco traviesa —respondió el lirón. —¿¡Traviesa?! Ejerce una mala influencia en los jóvenes —seguía el erizo exaltado. —El otro día, cuando pasaba al lado del lodazal, escuché a los pequeños renacuajos pronunciando una cantidad de palabrotas... ¿Quién sabe adónde vamos a llegar? —Pero la vieja rana también dice muchas palabrotas. Y su esposa, ni te cuento. Y sabes de sobra, erizo —le continuó reprendiendo— que ya habían empezado a decir palabrotas el mes pasado cuando todavía ni sabíamos de la existencia del haditerrible. Por la furia el erizo empezó a tener hipo. —Te arrepentirás, hic, hic, ya verás, hic, hic —le dijo enfadado y se fue hacia su casa. Ante las puertas de su casa se topó con la ardilla que tenía prisa. —Ardilla, hic —empezó astuto el erizo— ¿sabes, hic, que el haditerrible hic tiró todas tus hic avellanas de su hic guarida? Hic, hic. Seguro que las hic tenías guardadas hic para el invierno hic. —No me digas —chilló la ardilla. —¡Se me habían olvidado por completo! ¿Cuántas? ¿Veinte? ¿Veintitrés? ¿Cuántas eran, erizo? ¡Dímelo! Pobre de mí, si fueron muchas, es posible que durante el invierno vaya a pasar mucha hambre. —Seguro, hic —la halagaba el erizo hipócrita —por eso mismo digo yo que habrá que hacer algo. —Si, tienes razón, erizo —asintió rápidamente la ardilla— habrá que hacer algo, ¡sí, señor! Pero ahora no puedo. El lirón y la ardilla estamos invitados a la casa del haditerrible a tomar el té. Y se fue corriendo. La noticia alteró tanto al erizo que se le quitó el hipo enseguida. Enfadado dio un portazo al entrar a su casa y se metió entre las hojas de su inestable cama. Allí estuvo malhumorado y pensativo toda la larga noche. Justo antes de romper el alba se le ocurrió algo. —Me voy a librar de ella —se dijo mientras buscaba en el armario,— simplemente me voy a librar de esta pequeña miserable. Yo mismo. Y si esto no me sale bien… —decía para su barbilla. —No, no, todo saldrá bien —estaba convencido mientras se ponía un viejo calcetín de lana sobre la cabeza. Lo había heredado de su abuelo materno y lo quería mucho. Aun así hizo en él dos agujeros para los ojos. —¿Qué más podría ponerme, qué más? —se preguntaba mientras buscaba por el armario. Encontró una estrafalaria manta azul y dos ollas viejas. En estas metió sus patitas. —Yo soy el terrible Enfurroñaerizo —repetía con la voz profunda mientras se acercaba por la morera hacia la guarida del haditerrible. Decidió añadir además cada dos por tres la palabra furioso. Para sonar realmente espantoso. Con todos estos trastos y ollas en las patas le costó llegar hasta el haya. Allí empezó a hacer ruido y continuó así hasta que el haditerrible abrió la puerta. —¿Quién hace este ruido? —¡Yo! El terrible y furioso Enfurroñaerizo —tronó el erizo. —¡Y furiosamente vine a comerte! —Ay, Enfurroñaerizo, no me comas —chilló el haditerrible. —Poderoso Enfurroñaerizo, permíteme despedirme de mis amigos. El erizo respondió: —¡Qué despedidas ni que ocho cuartos! Furioso tengo un buen corazón, aunque furiosamente enfadado, y furioso te permito abandonar en seguida el Bosque Furioso. —Enfurruñaerizo de corazón bueno y furioso —exclamó el haditerrible—solo permíteme coger mi hato antes de salir. Gracias. Y se fue. El erizo se imaginaba cómo estaría temblando. Se fue a casa y por primera vez en mucho tiempo exclamó de alegría: —¡Qué día más maravilloso! * Cuando llegó a casa se metió en la cama. Estaba cansado, pero feliz. Justo en el momento cuando se proponía cerrar los ojos, empezó a sentir algo raro. Como si alguien le observara. Miró hacia el fogón. Era cierto. Allí había alguien, quieto, mirándole. —¿Lirón, eres tú? —preguntó vacilante. —No, yo soy, la Terripilante Hadihorrorosa —respondió una voz terrible. —¿Piensas comerme? —temblaba la voz del erizo. —No sé, si no me apetecerás terriblemente —respondió la Terripilante Hadihorrorosa. —S-se-gu-ro q-que-que n-no t-t-e g-gus-ta-rí-a —tartamudeaba el erizo. —E-es q-que t-ten-go l-l-as p-púas y t-t-e-rri-ble-men-te p-pue-do ca-can-tar-te a-tra-gan-tar-te. —Me encantan las púas —respondió el fantasma. —Pero antes de comerte, dime, ¿soy más terrible que el Enfurruñaerizo? —Mil veces más terrible —admitió sinceramente el erizo. —¡Yuuupiii! —chilló el fantasma y de la Terripilante Hadihorrorosa salió el haditerrible. La manta en la que había estado envuelta cayó sobre el suelo de la cocina del erizo. —He ganado, he ganado —exclamaba bailando el haditerrible alrededor de la cama del erizo. —Tenías tanto miedo que temblabas como una varita. —No, que no temblababa —se oponía el erizo. —Querido erizo —seguía bailando el haditerrible— ¡has pasado mucho miedo! Admítelo. Faltaba poco para que empezaras a chillar de puro terror. Igual que mi prima cuando la abuela la levantó por las orejas. —¿La levantó por las orejas? —preguntó horrorizado el erizo. —Sí, y luego la prima empezó a chillar como enloquecida —continuó el haditerrible. —Pero puedo entenderla. Imagínate estar sentada en un sillón y que de pronto tu bisabuela te suba en el aire por las orejas. Y claro las orejas del sillón quedaron totalmente destruidas. La bisabuela puede ser mala, sobre todo los jueves. Si hubiera sido viernes, hubiera movido el sillón solo por los brazos con mi prima todavía sentada. Porque el sillón era viejo y estaba desgastado. Los viernes es mucho más amable. El haditerrible empezó a bostezar. —Y perdona por haberte asustado tanto —le dijo al erizo, cogió su manta y se fue. —Pero si te digo que no me he asustado —respondió bruscamente el erizo. El Rompus buu —Al menos el lirón tiene que entrar en razón —decidió el erizo el jueves por la tarde. El lirón dormitaba. —Levántate, habrá que prepararse para la lucha —le gritó el erizo al oído. —El turón, el ánade silvestre y el topo actúan como si esto no les concerniera en absoluto. —¿Qué les tendría que concernir? —bostezó el lirón, parpadeándole al erizo. —El haditerrible —desvariaba el erizo. —Lleva tres días recogiendo fresas y arraclanes. —Quizá está preparando mermelada —se encogió de hombros el lirón y empezó a estirarse. —Ves, fue precisamente esto lo que dijo el topo —se enfureció el erizo— pero al topo le importa poco lo que nos pueda pasar a nosotros. Él se meterá bajo la tierra y nosotros, ¿qué? —No entiendo sobre lo que estás protestando —dijo el lirón tranquilo. —Claro que no —seguía protestando el erizo— porque en este bosque a nadie le importa nada. Lo único que os importa son vuestros pequeños ombligos. Pero si te lo estoy diciendo, querido lirón, lleva toda la semana recogiendo espinos y menta de gato. Y no pienses que los recoge tan solo para ponerlos en un florero. —Qué pesado eres —suspiró el lirón y siguió al erizo en espera de poder descansar luego en paz. En el camino se toparon con la ardilla. —Querida ardilla —anunció con aires de superioridad el erizo— si no hacemos algo, estamos acabados. —Lo sabía —dijo la ardilla con un nudo en la garganta. —Tengo una sensación. No sé explicarlo. Todo ha empezado en medio de la noche. Nada bueno. Y ahora esto. —Chsss —se agachó el erizo al lado del abeto en frente de la guarida del haditerrible. Había preparado un pequeño biombo de piñas para que el haditerrible no lo pudiera ver. Por los corazones de peras que yacían alrededor, el lirón dedujo que el erizo llevaba tiempo espiando al haditerrible. El haditerrible discutía con las flores del diente de león y reñía a las espinas de frambuesa. —¿Acaso no sabéis que picar y arañar no es nada agradable? Tan solo pensad en lo que os diría el búho. El haditerrible suspiró: —Me importa un bledo ser amable, diga el búho lo que diga. Se sentó cansada en el columpio balanceando las piernas mientras pensaba en las tazas de porcelana de su abuela y tarareaba: —Mañana tra-la-la, mañana chim-pum-pum, mañana mi rompus buuu ya estará aquí. —¿La habéis oído? —silbaba el erizo. —Va a llegar el Rombus Buu. —Madre mía —empezó a temblar la ardilla. —¿Quién es el que viene? —Tiene que ser bastante robusto —respondió el erizo— yo diría que lleva consigo un garrote y trampas para los animales. —Exageras —intentaba tranquilizarle el lirón. El haditerrible mientras tanto había traído trozos de musgo. —Espero que vengan todos los animales —estaba hablando consigo misma. —¿Y si no vienen? Este sería un rompus buu terrible. Tengo que esforzarme mucho para inducirles a que caigan en la trampa. —Una trampa —seguía temblando la ardilla. —Rompus Buu nos comerá a todos. Nos masticará. Nos tragará. Y al final incluso nos digerirá. Por la noche el erizo convocó una reunión. —Erizo —lo resumió todo el caracol— todos sabemos que el haditerrible puede ser insoportable. Pero estas acusaciones son un poco exageradas. Entonces desde detrás del árbol vino saltando el haditerrible. En un plisplás les entregó a los animales un montón de cartas moradas. De paso arrancó unas cuantas raíces de altabaca y desapareció. La reunión se interrumpió. Los animales empezaron a abrir cada uno su carta. Querido lirón, querida ardilla, estimado caracol, ponía en los sobres. —Mañana sucederá. He preparado espinos y arraclán. Se servirá agua de melisa y lecho de menta. Ven en cuanto te despiertes —leyó el lirón en voz alta. —Mi mensaje es igual —dijo el caracol. Y el del turón y el del arrendajo y el de todos los demás era exactamente igual. —Desde luego que no pienso beber ningún bebedizo de altabaca —dijo el erizo con ironía. —Ni pensarlo. Una vez allí, el Rumpus Buu va a terminar con nosotros. El haditerrible traerá a sus hermanas y primas y tías del lado materno y paterno. Y todas ellas se trasladarán a vivir a nuestras madrigueras. ¡Se comerán nuestras avellanas! ¡Y castaños! ¡Y frambuesas y fresas! El grupo de animales empezó a murmurar vacilante. —Ha sido imposible encontrar al búho y al oso —dijo acusador el erizo. —El pájaro carpintero examinó todo el bosque. Es probable que ya hayan estirado la pata. El pájaro carpintero tuvo que asentir. —El único remedio que nos queda —continuó el erizo y subió a un tocón para que también los animales que quedaban por detrás pudieran escucharle— es la expulsión del haditerrible de nuestro bosque. El lirón propuso que primero todos deberían dormir bien. Muy temprano, antes de que llegara Rompus Buu, podrían ir a la casa del haditerrible. Todos estuvieron de acuerdo, excepto el erizo. La noche estaba inquieta. Llena de sueños amenazantes. * —El haditerrible —gritó al amanecer el erizo. Delante de la guarida del haditerrible se amontonaban los animales medio enfadados, medio asustados. El erizo buscaba con la vista algún tocón. No lo encontró, por eso se subió a una de las calabazas silvestres. —Así son las cosas —empezó a hablar, interrumpido por la tos. Al fin y al cabo, echar al haditerrible del bosque no era nada agradable y el erizo no era del todo insensible. —Así son las cosas —volvió a empezar. El haditerrible estiró su cabeza despeinada de la guarida. —Enhorabuena por tu rompus buu —gritaron el búho y el oso que se estaban acercando con un gran regalo. —¿Qué? —escupió el erizo. —¿Cómo? —quedaron atónitos los animales. —Hoy es el rompus buu del haditerrible —explicó el oso. El haditerrible se fue corriendo hacia el regalo y empezó a romper el papel amarillo en el que estaba envuelto. —¿Quieres decir que es una especie de cumpleaños? —intentaba saciar su curiosidad el lirón. —El día en que las haditas terribles entierran su primera moneda de oro —asintió el búho. —A partir de este día lo celebran cada septuagésima séptima semana. —Y reciben regalos —frunció las cejas el oso al ver que los animales venían con las manos vacías. —Erizo, ¿acaso no has leído el mensaje? —Lo clavamos en la puerta de tu guarida —añadió el búho. —En ese mensaje te lo explicamos todo —negaba con la cabeza el oso al ver que el erizo miraba cada vez con más disimulo. —Te pedimos que se lo dijeras a los demás —lo miró severamente el búho. —Bueno, quizá no estuve mucho en mi casa —murmuró el erizo sonrojado. —Unas zapatillas de lana —se puso contenta el haditerrible al abrir la caja. —Nos las dio la oveja —dijo el oso con orgullo. —En realidad las hemos cambiado por el mal humor del erizo —añadió el búho serio. —¿Qué? —escupió el erizo. Todos se echaron a reír. —¿No habrá tarta? —preguntó el jabalí. —No —dijo el haditerrible. —Rompus buu no se celebra con una tarta sino con una competición de narración de cuentos horripilantes. Empezó el búho. —En plena noche tuve el presentimiento de que iba a pasar algo malo —chilló la ardilla—esto ya no lo puedo soportar. Y se fue corriendo a su casa. La competición seguía y uno tras otro, muertos de miedo, se fugaron disimuladamente. También los conejos, tanto los jóvenes como los viejos, lo mismo que el turón y el caracol. Horrorizada se marchó también la salamandra. —Cuentos de horror, ya os digo —murmuraba, indignado por el mal gusto que se había extendido por el Bosque Furioso. Él era una de aquellas salamandras sabias que prefería la poesía. Pronto hasta a los más intrépidos empezó a faltarles el coraje. Quedaron nada más que el erizo, el lirón y el haditerrible. Bueno, y luego el haditerrible contó un cuento tan horroroso que ni el lirón ni el erizo pudieron aguantar más. —Que rompus buu tan maravilloso —suspiró el haditerrible al quedarse sola. —Nos lo hemos pasado pipa y jamás había ganado la competición de cuentos horripilantes. Siempre ganaba la bisabuela. Era imposible vencerla. Solo con recordar sus cuentos se le ponía la piel de gallina. Se escondió en la cama y se tapó hasta la nariz con la manta. Como el erizo se contagió de rabia Un miércoles ventoso se encontraron bajo el roble el haditerrible y el lirón. El lirón tenía prisa. —El erizo se puso enfermo —le explicó al haditerrible. El haditerrible se acordó de la pera que el día anterior el erizo trajo cargando hasta su guarida. Dijo que estaba cansado, la dejó allí y se fue a su casa. —Voy a por la pera —le dijo al lirón. El lirón y el haditerrible se fueron cada uno hacia su dirección. El caracol deslizándose lentamente al lado del roble estaba demasiado lejos para escucharles bien. ¿Por qué el haditerrible se habrá ido a por una sierra? ¿Y por qué el haditerrible tenía una sierra? ¿Y qué tenía esto que ver con el erizo enfermo? Cuando llegó deslizándose hasta el abedul y allí se encontró con el topo, ya estaba fuera de sí. —El haditerrible se va a por una sierra porque el erizo está enfermo —le dijo. —Mejor me voy enseguida donde el búho —dijo el topo y se volvió a meter en su topera. Se fue corriendo hacia el abeto donde solía estar el búho durante el día. Pero hoy este no se encontraba allí. Tan solo el pájaro carpintero estaba sentado en su rama. —Anda, búsca rápidamente al búho — le dijo el topo. —¡El haditerrible va con su sierra a por el erizo! Tan solo porque se puso enfermo. Espero que no tenga la rabia — añadió, preocupado. El pájaro carpintero volaba despistado de un lado al otro hasta toparse con el lirón. —¿Has visto al búho? —preguntó, gritando. —El erizo tiene la rabia y el haditerrible va a por él con una sierra. —Erizo —gritó el lirón a través de la ventana de su guarida al llegar a su casa. —¿Sabes qué te pasa? —Me dolía un poco la garganta, pero ya estoy mejor —respondió alegremente el erizo. —Lo dudo, porque tienes la rabia —suspiró el lirón. Prefirió no decirle nada sobre el haditerrible y la sierra. Se dijo a sí mismo que el erizo no podría soportar dos noticias tan malas a la vez. El lirón se fue, triste. La salamandra que estaba aguzando el oído en la puerta se dijo que habría que hacer algo. Cuando el haditerrible vino tirando de la pera hacia la guarida, vio a la salamandra que tenía en la mano una piedra grande. Estaba clavando un rótulo en la puerta del erizo. En ella había dibujada una calavera. Debajo, ponía: ¡Entrada prohibida! ¡Cuidado con el erizo! ¡¡¡Muerde!!! Tiene LA rabia. El haditerrible reflexionó durante un rato qué hacer con la pera. Seguro que el erizo ya tendría mucha hambre. La salamandra muchas veces tenía aire de poeta, pero esta vez no. Se horrorizó cuando el haditerrible llamó a su puerta. —¡¿Acaso no sabes leer?! —le echó la bronca. El haditerrible volvió a llamar a la puerta. Desde el interior salía una tenue voz de erizo: —¿Quién es? —¿Prometes que no vas a morderme si entro? —preguntó el haditerrible. —Pero si apenas puedo levantarme. Los pies ya no me sostienen —respondió el erizo. —Ha llegado mi final. El haditerrible abrió la puerta y arrastró hacia dentro una pera enorme. Observó al erizo durante un buen rato. Luego los dos con tristeza fijaron su mirada en la pera. —Nunca jamás cargaré ninguna pera sobre mi espalda —suspiró el erizo. —Pero qué tonterías son estas —dijo el búho que justo en este momento había llegado volando hacia la puerta. — Tengo la rabia —le explicó el erizo. El búho se echó a reír. —¿Quién te dijo semejante tontería? —El lirón —respondió el erizo. —Es lo que a mí me dijo el pájaro carpintero —dijo el lirón que estaba escuchando delante de la casa. El pájaro carpintero que estaba sentado en una rama, se enfadó: —¿Ahora voy a ser yo el culpable si fue el topo el que se lo inventó todo? El topo sacó en seguida la cabeza de la topera de al lado del árbol y dijo: —Yo no me inventé nada, me lo dijo el caracol. También me dijo que el haditerrible iba a por él con una sierra. El caracol que se deslizaba lentamente por el otro lado del bosque no dijo nada porque no estaba presente. El búho estuvo mirando la pera y cada vez tenía más claro lo que había pasado. —Erizo —le dijo después de ponerle un ala sobre la frente. —Me parece que ya estás sano. El erizo estaba tan contento de que no se iba a morir que saltó de la cama. Propuso que lo celebraran todos juntos, comiéndose la pera. Jamás había sido tan generoso. El haditerrible doma al Rabiajo Al final de un sábado brumoso, el haditerrible se disponía justo a entrar en la cama cuando vino corriendo el lirón y ROMPOMPOMPOMPOM empezó a golpear a la puerta. —¡Abre! —gritaba. —¡Es una cuestión horrible de vida o muerte! Cuando apenas el haditerrible había abierto un poco la puerta, el lirón entró rápidamente. Cerró las puertas con llave, echó el cerrojo y colocó un armario delante. —Viene el Rabiajo —dijo susurrando y se metió en la cama, cubriéndose con una manta. Fuera empezó a escucharse mucho ruido. Los árboles reventaban y las ramas se rompían. —El erizo está fuera —dijo el lirón desde debajo de la manta. —No podrá sobrevivir a esto. El ruido se calmó. El haditerrible empezó a bostezar y se metió en la cama. Pero la tranquilidad duró muy poco tiempo. ROMPOMPOMPOMPOMPOM. Alguien de nuevo estaba golpeando a la puerta. —Déjame entrar. —El lirón y ella reconocieron la voz chillona del erizo. —¡Esto va a acabar con mi vida! El haditerrible se levantó, descorrió el armario de delante de la puerta, quitó el cerrojo y le dejó entrar al erizo. —¡Horrible! —dijo el erizo todo blanco. —Durante todo un año nos ha dejado en paz. Cerró rápidamente la puerta con llave y echó el cerrojo. Corrió delante de la puerta el armario junto a la mesa y se metió en la cama al lado del lirón. Afuera algo rabiaba, reventaba, rompía y chillaba. Cuando se hizo el silencio, el haditerrible estaba ya muy cansada. Se metió en la cama junto con el lirón y el erizo. Le faltaba poco para empezar a soñar cuando alguien ROMPOMPOMPOM golpeó a la puerta. —¡Esto es el fin! —gritaba fuera la ardilla. —¡Nadie sobrevivirá! ¡Pobre de mi!— El haditerrible se tapó la cabeza con la manta, intentando dormir. Pero la ardilla seguía gritando descaradamente. —¡Haditerrible! ¡Escúchame y levántate! La pequeña hada rechinó los dientes y salió de la cama. Descorrió la mesa y el armario, quitó el cerrojo y abrió la puerta. A su pequeña guarida entraron corriendo la ardilla, y detrás de ella, también el turón y el pájaro carpintero. Se disponía a cerrar la puerta cuando vinieron corriendo también la comadreja y su pequeña. —Horrible, espantoso, horroroso —murmuraban los animales— qué manera de rabiar y de alborotar. Menudo atrevimiento. La ardilla cerró la puerta con llave y el turón echó el cerrojo. La comadreja y su pequeña corrieron el armario, la mesa y hasta la silla. Todos se metieron debajo de la manta junto al lirón y al erizo. La noche dejó paso a la madrugada. Hacía tiempo que el haditerrible debía haberse dormido. Sin embargo, en su cama se hallaban el lirón, el erizo, la ardilla, el turón, el pájaro carpintero, la comadreja y su pequeña. Al haditerrible no le quedó más remedio que echarse en el borde de la cama. Pero en este lugar tan diminuto ni siquiera un ratón hubiera podido dormir con comodidad. En cuanto se dio la vuelta, se cayó al suelo. —Uffff —rechinó con los dientes. Pero a ninguno de los huéspedes se le ocurrió salir de su cama. El haditerrible se acercó a la puerta. Ella sola descorrió la silla, la mesa y el armario. Quitó el cerrojo de la puerta y la abrió. Descolgó las botas de la rama, se las puso y se dirigió al Bosque Furioso. —Esta se ha vuelto loca —estaba convencido el erizo. —Tenía una mirada un poco salvaje —explicaba con preocupación el lirón. —¿Puede el rabiazgo contagiarse? —¡Hay que pararla! El haditerrible se dirigía furiosamente hacia el ruido que se levantaba desde el Precipicio fantasmal. —Oye —le gritó desde su madriguera el búho. —Es mejor que te vayas a casa. El haditerrible ni siquiera se dio la vuelta. Ni tampoco levantó la cabeza cuando el viento del sur le tiró una piña. —Que te vayas —dijo murmurando y continuó andando. «Habrá que ir a por el oso», se dijo el búho. El haditerrible alcanzó el precipicio y gritó: —¡Rabiajo! El Rabiajo se volvió todavía más rabioso, la tierra temblaba y los árboles se sacudían. —¡Estás asustando a mis amigos! —continuó gritando el haditerrible. —¡Mi cama está repleta de ellos! Y si hoy no duermo como es debido, mañana estaré de muy mal humor. El ruido se tranquilizó y la tierra dejó de temblar. Volvió la tranquilidad. En los arbustos se escuchó un susurro. Luego se rompió una pequeña ramita. Primero aparecieron unas pequeñas garras y luego una cabeza despeinada. —¿Tú eres el Rabiajo? —se asombró el haditerrible. Un ser peludo asintió. —¿Pero por qué eres tan rabioso y no nos dejas dormir? —T-t-t-engo m-m-m-iedo —respondió Rabiajo. —Cada año mi mamá me manda a pasar las vacaciones con la tía en el norte. Y cada año tengo que pasar este b-b-bosque f-f-urioso. Aquí viven unas criaturas muy raras. Rompen las ramas y hacen mucho rompompom. Pero jamás he visto a nadie. Al Precipicio fantasmal llegaron corriendo el oso, el búho, el lirón, el erizo, el turón, la ardilla y la comadreja con su pequeña. —Aquí está vuestro Rabiajo —bostezó el haditerrible. Y los animales no dieron crédito a lo que estaban viendo. —Me he perdido —se echó a llorar Rabiajo. —Tengo miedo de los que hacen ruido en los árboles. Y a los que chillan y gritan. Y más todavía al que repite sin cesar que esto es el fin. Desde hace tres día no como ni duermo. Tenía miedo de que alguien me comiera si parara. El lirón, el erizo y el turón estaban un poco avergonzados. La comadreja se fue con su pequeña a su agujero. El búho y el oso respiraron aliviados. Y la ardilla le dijo: —Pobrecito, yo sé cómo te sientes. —Ven —y el haditerrible cogió la mano peluda de Rabiajo. —Primero vas a comer algo y luego vamos a echarnos a dormir tranquilamente. Y se dirigieron poco a poco hacia la guarida del haditerrible. El lirón quiere batir un récord Era un lunes normal y corriente cuando el erizo se puso a reprocharle al lirón que no hacía más que holgazanear. —No tienes ninguna obligación —estuvo repitiendo que repetiendo desde las once hasta el mediodía. —Ninguna preocupación. El lirón se sorprendió mucho y se quedó pensando hasta el amanecer. El viernes, justo después del desayuno, le dijo al erizo, a la ardilla y al haditerrible: —Voy a batir un récord. Pero ni siquiera él mismo sabía qué récord sería. El erizo se enfadó consigo mismo porque no había sido él al que se le había ocurrido esa idea. —Podrías batir un récord en pintura —soltó una sandez la ardilla. —Podrías subir al árbol más alto del Bosque Furioso —propuso el haditerrible. Al lirón esta idea le gustó. El más alto era un álamo. Para el lirón, subir al punto más alto de la copa, fue coser y cantar. Y apenas había vuelto a tocar el suelo, encima del mismo álamo apareció la ardilla. —¡Hola! —les saludó. —Mira, lirón, he subido más alto que tú. He batido tu récord. Durante un buen rato estuvieron sentados al lado de un tocón, calladitos. De repente, al haditerrible se le ocurrió algo: —¿Y si bates un récord corriendo alrededor de algún roble realmente grueso? —Sí, esto podría hacerlo —dijo el lirón y buscaron un roble realmente grueso. El lirón se preparó y echó a correr. La ardilla corrió detrás de él. El erizo contaba. Veintidós, veintitrés. Después de una hora el lirón todavía seguía corriendo. —Tres mil ochocientos veintidós, tres mil ochocientos veintitrés —seguía contando el erizo. En la vuelta número ocho mil quinientos trece el lirón estaba ya bastante cansado y el erizo muy harto de contar. En la vuelta nueve mil trescientos cinco el lirón apenas podía moverse. En la vuelta número nueve mil trescientos seis el lirón se cayó al suelo. La ardilla también había estado corriendo persistentemente detrás de él. Todavía se estaba moviendo a duras penas, y consiguó reunir sus últimas fuerzas para dar una vuelta más que el lirón. Finalmente, ella también se cayó al suelo. —La ardilla ha vuelto a batir tu récord — dijo el erizo. El lirón no dijo ni pío. Dentro de un rato recuperó sus fuerzas y volvió a ponerse de pie. Igualmente, la ardilla recuperó sus fuerzas y se puso de pie. El haditerrible fruncía las cejas mientras estaba pensando. —Si la mordiera la cola a la ardilla — pensaba— el búho seguramente me echaría una bronca. —Podrías batir el récord en mover árboles —dijo con astucia, decidida a que de esa manera se librarían de la ardilla. —¿Qué? —se asombraron el erizo, el lirón y la ardilla. —Si el haya lo movieras donde el roble, y el roble donde están creciendo los álamos —le hizo un guiño el haditerrible al lirón— cuando lograras mover todos los árboles del Bosque Furioso, seguro que te convertirías en el campeón mundial de movimiento de árboles. La ardilla empezó a sentir angustia. Si el lirón moviera los árboles, nunca jamás volvería a encontrar sus avellanas. —No me parece una buena idea —dijo. —A mí, sí — respondió el lirón. La ardilla dijo que estaba harta y se fue a su casa. El lirón, el erizo y el haditerrible se pusieron a caminar. Al erizo no le gustaba haberse librado tan rápidamente de la ardilla. Ahora el lirón sí podría batir el récord. Y dale que te dale, empezó a decir que tenía hambre y sed. Que ya no podía andar. Que en este bochorno ni siquiera las hormigas podían respirar, ni mucho menos un animal de su tamaño. En realidad el día era agradablemente fresco, pero el erizo seguía quejándose de todo. —Más me valiera haberme quedado en casa —siguió protestando—porque vaya tonterías, lirón, que te estás inventando. Se estaba portando cada vez peor, exigiéndole al lirón que cargara con él. De repente el lirón se hartó. Se paró y le dio un golpe en el hocico. Durante mucho, mucho tiempo anduvieron calladitos. Nadie sabía adónde se dirigían ni tampoco nadie quería saberlo. Casi habían alcanzado el nacimiento del arroyo. Subieron por encima de enormes piedras resbaladizas, cubiertas de musgo. Era peligroso. Era fatigoso. Pero el erizo no dijo ni pío. En una de las rocas había una nutria. Parecía bastante razonable porque a veces las nutrias pueden ser un poco raras. —¿Habéis venido a verme? —les preguntó. —No, hemos venido a batir un récord —respondió el haditerrible. —Bien —dijo la nutria— procurad batirlo de manera que no se bata demasiado el entorno. —Precisamente esto era lo que pensábamos —le respondió el haditerrible. —Parecéis amables —dijo la nutria— por eso os doy un consejo. No os hagáis amigos de una nutria si no teneis lugar para su sabiduría. Luego desapareció entre las rocas. Al lirón de repente se le ocurrió algo: —Me beberé todo el arroyo. —¿Te beberás todo el arroyo? —frunció las cejas el haditerrible. —Este va a ser mi récord —explicó el lirón— y ninguna ardilla podrá batirlo porque ya no habrá arroyo. —No hagas tonterías —le dijo el erizo. El lirón se inclinó hacia el arroyo. Estaba a punto de abrir el hocico cuando justo delante de él algo salió del agua y dijo: —¡Buuuuh! Se asustó muchísimo. Había sido la nutria. —¿Querías batir un record? —preguntó riéndose. Se zambulló por un momento y salió del agua. —Mira estas piedras —continuaba— hace siglos que crece sobre ellas musgo. Una vez vino una gaviota. Vino volando desde el mar. Estaba muy orgullosa de sí misma. Ninguna gaviota había llegado tan lejos. Luego se fue. Y las piedras se quedaron y el musgo todavía sigue creciendo. —Esta nutria —susurró el erizo al haditerrible— es muy rara. —O puede ser —le respondió en voz baja el haditerrible— que sea muy sabia. La nutria bostezó. —No obstante —prosiguió— también le llegará el fin a este arroyo y a estas rocas. Y volvió a desaparecer en el arroyo. Al lirón, las palabras de la nutria le impresionaron mucho. Se dio la media vuelta y se dirigió hacia su casa. Nunca jamás tendría que batir ningún récord. Porque ahora ya tenía la respuesta. Cuando el erizo se volviera a poner pesado, lo sabría: algún día también le llegará el fin a esto. El haditerrible construye una piscina Un martes terriblemente caluroso todos los animales se metieron muy al fondo de sus guaridas. En vano soñaban con una brisa fría. El mundo se había quedado paralizado. Las copas de los árboles nunca antes habían estado tan quietas. Tan solo el húmedo bochorno despedía vapor y erizaba el aire. El haditerrible echó agua a una olla vieja y se pasó toda la tarde bañándose en ella. No le sirvió de mucho. El húmedo bochorno seguía despidiendo su vapor hacia la noche y el haditerrible apenas podía esperar a que llegara la luz de la luna. Quería refrescarse los pies metiéndolos en el charco. —¡Menuda sorpresa! —refunfuñó al llegar allí. Y es que dentro del charco ya estaban el jabalí junto con sus seis crías. En la parte menos profunda una rana estaba ligando con otra pequeña rana. Y el pájaro carpintero saltaba de un lado al otro. El haditerrible se abrió camino para dirigirse hacia algún lugar vacío, cuando debajo de sus pies algo comenzó a moverse. Desde el fondo empezó a gritar una lombriz: —¡Qué mala! ¡Mira por donde pisas! El haditerrible se fue a casa. El bochorno se prolongó hasta el día siguiente y no cedía. El haditerrible se acercó donde estaba el lirón. —Ni un poco de brisa —suspiró el lirón. —No nos queda más remedio —dijo el haditerrible— que construir una piscina. El lirón se lo estuvo pensando durante un buen rato y luego dijo: —Vamos a preguntarle al castor si quiere ayudarnos. El castor vivía al otro lado del Bosque Furioso. Era un castor bastante vago y malhumorado, siempre sentado en un gastado sillón viejo. No tenía amigos. Y frunció las cejas con solo pensar en tener que charlar tomando un té y unas galletas. El haditerrible llamó a su puerta. El castor cerró los ojos y disimuló que no estaba en casa. No tenía la intención de abrir. —Este calor es insoportable —le dijo el haditerrible al castor cuando se hartó de llamar y entró a su casa. —Tendrás que hacer un dique. El castor tuvo que abrir los ojos. Delante de él se encontraba una pequeña boba que no le dejaba en paz. —El charco se ha secado —se quejaba. —Hay grietas en la tierra —se puso a explicarle. Le quería decir que dejara de fastidiarle con sus molestos deseos. Pero para el castor estas eran demasiadas palabras, por eso se limitó a decir: —¡Ey, tú, fuera! Pero ella no se fue, siguió allí, aclarándole: —Ni yo ni las ranas ni el jabalí con sus crías ni los conejos tenemos sitio donde meter los pies. El castor tuvo que levantarse y ponerse muy serio para que la pequeña y el lirón se fueran. —¡Menudos bichos! —murmuró y se dirigió hacia la puerta para echar el cerrojo. Y de repente se le ocurrió: —Voy a construir un dique. No lo he hecho desde hace mucho. La ardilla, el lirón, el erizo y el haditerrible estaban sentados en la tierra agrietada, cuando empezó con el dique. Primero salió disparado el topo de su topera. —¡Diluvio! —gritaba. —El agua ha entrado en todas mis galerías. Luego salieron de todos sus agujeros los conejos que tampoco eran pocos. A través del bosque empezó a esparcirse el agua. Humedeció las grietas de la tierra, la hierba seca y todo el polvo de este verano, pero también todos los agujeros y las guaridas. Y seguía subiendo. —Habrá que empezar una acción de rescate —constató el oso cuando se fue por el agua hacia el búho. —Sí —asintió— unos cuantos se quedaron en casa. El topo y el erizo están a salvo donde el lirón. Los conejos tienen más problemas. De momento están en las ramas del viejo roble. El jabalí junto con sus crías fueron trasladados a la copa de una imponente haya. Le construyeron un pedestal y hasta le pusieron una valla. Pero al jabalí le daba miedo la altura. —¡Nos vamos a caer, os digo que nos vamos a caer! —chillaba. —¡Qué raro! —se extrañaba al tercer día de la inundación el búho. —Pero si apenas ha llovido. —Es cierto —estuvo de acuerdo el oso— ¿y por qué el agua no se va? El haditerrible se sonrojo y se tiró al agua. Esa mañana ya se había tirado unas trece veces al agua. —Pronto se nos acabará la comida para las crías del jabalí —opinaba el búho. —Y ni siquiera me atrevo a pensar en los gazapos. La ardilla pasó al lado montada en un gran paraguas amarillo. Estaba recogiendo las avellanas y las bellotas que flotaban sobre el agua. —Todos nos vamos a morir de hambre —dijo sombría. El lirón fue el primero en divisar una gran caja de madera que bajaba flotando de entre los troncos. En ella se podía leer EJÉRCITO. —Pero si aquí no hay ningún ejército —se enfadó la ardilla. —Lo han enviado a la dirección errónea. —No hay mal que por bien no venga —dijo el erizo alegrándose del error cometido. Tan solo se le ocurrió que podrían abrir la caja al haditerrible. —Dentro hay queso —dijo cuando levantó la tapa. —Probablemente el ejército nos lo haya mandado a nosotros. Puesto que el queso estaba bastante sabroso, no le tenían demasiado miedo al ejército. —Muy amable este ejército —opinó el lirón cuando divisó otra caja al lado del abeto. Dentro de este había unas grandes botas negras. IMPERMEABLES, ponía. —Este ejército tiene ideas muy buenas —se alegraba el búho— las vamos a repartir entre los gazapos para que viajen un poco metidos en ellas. Había más cajas. En una estaba sentado un sapo que nadie conocía. —El almacén se ha inundado —explicó al pasar. —Me ha parecido una oportunidad única para ver un poco de mundo. Esto es muy bonito. —¿Has visto al Ejército? — quería saber el erizo. El sapo asintió. —¿Y cómo es? —A ver... —se puso a pensar el sapo. —El ejército es uno y dentro de sí es a la vez muchos. Y se fue, flotando. —Tiene que ser alguna especie de dios —pensó el haditerrible mientras abría la siguiente caja. —Cuando no hay nada, aparece por sorpresa encargándose de todos, incluso de nosotros. Sacó de la caja un puñado de mapas. MAPAS, ponía. Todos estaban bastante mojados. —¿Qué puedo hacer con esto? —dijo decepcionado el erizo. —Este ejército no es muy inteligente que digamos. Ni siquiera sabe que el agua destruye el papel. —¡Cállate! —le echó la bronca la ardilla— ¡no vaya a ofenderse! —También ha mandado luces —se puso contenta el haditerrible cuando sacó de debajo de la caja unos palillos. Leyó: —Para marcar los puntos peligrosos, para leer los mapas en oscuridad total. Duración: hasta ocho horas. —Bueno, parece que no es tan tonto —se volvió hacia el erizo el haditerrible. —Le ha parecido que nos aburriríamos porque a causa del agua no podemos ir a ninguna parte, y por eso nos ha mandado los mapas junto con las luces, para que pudiéramos leerlos. —Ejército, gracias —gritó el lirón mirando hacia el cielo e inclinándose con respeto. —Qué bien que nos cuides tanto, mandándonos todo esto. No te ofendas, pero ahora no nos apetece leer, hace calor y preferimos bañarnos. —Ya es tiempo de que los jóvenes aprendan a nadar —pensó el haditerrible y ató las cajas formando un largo tren. —Lirón, ayúdame a coger las botas donde están los gazapos. —No hará falta —dijo el oso que fue andando por el agua hasta ellos. —El castor ha hecho un dique y por eso se ha inundado todo. —Ya me parecía a mí que podía ser algo así —asentía el búho. —He roto el dique —explicó el oso. —Dentro de unas horas, el agua desaparecerá y todo el mundo podrá volver a sus agujeros. El haditerrible se quedó de piedra. —Pero si nos lo estábamos pasando tan bien —objetaba, suplicante. —Entiendo —la consolaba el oso— pero a causa de la inundación algunos tuvieron que abandonar el Bosque Furioso y ahora están esperando a poder volver. No sirvió de nada. El haditerrible rompió a llorar desesperadamente. Desapareció en su guarida y ya no dejó verse. El búho consoló al oso: —No hay manera de que todos estén conformes.— Contentos observaban como el nivel del agua iba bajando. Por la noche el lirón y el erizo vinieron a buscar al haditerrible. —Tienes que ver esto —se pusieron a empujarla a través del bosque mojado. —El agua se ha ido —explicaba entre risas el lirón— ¡pero mira esto! Se pararon delante de un claro que estaba lo suficientemente inclinado para que el agua no hubiera desaparecido. Así que se formó la charca más grande que se había visto en el Bosque Furioso. Se estaba expandiendo por todo el claro. El oso y el búho colgaron los palillos brillantes por las copas cercanas. Los gazapos decoraron los árboles con unos hilos de colores para marcar que habían aparecido en la última caja. Todos los animales se tiraban y revolcaban por la charca. —¡Juuuuuuupi! —se tiró también el haditerrible. Nadie sabía de donde había llegado un jabalí que empezó a ofrecer helado a todos. Y cuando en la charca más grande del bosque se reflejó la luna, todos se pararon de asombro. —¡Qué noche! —exclamó el erizo, alegre. El viento del sur se topa con el viento del norte Un miércoles aburrido cuando empezó a olerse el otoño, el viento del sur se fue de excursión. Volvió con muchos trastos. —¡Dame esto! —saltó por el aire el haditerrible, intentando quitarle un precioso sombrero de dama. Sin embargo, el viento dejó el sombrero muy arriba, en la copa del haya. Entre las ramas del roble dejó un reloj cucú de pared. En el abedul, una elegante tetera de porcelana. —¡Oye! —gritó el haditerrible —Tú, ¡endiablado viento! ¿Podrías traerme el juego de té? Aquel cuyo borde es tan fino como el papel y que lleva en el fondo la imagen de la reina. En respuesta, el viento sacudió las copas y le quitó soplando al haditerrible una hoja de la horcadura que se salía de su gorro. —Apuesto a que no te atreves —siguió gritando el haditerrible. —Tienes miedo, ja, ja, tienes miedo de mi bisabuela. En aquel momento, desde el Precipicio fantasmal se levantó un terrible viento del norte. El viento del sur intentaba escapar, pero el viento del norte era mucho más fuerte. El haditerrible se fue corriendo hacia aquel helecho donde tenía guardada su moneda de oro. Se puso a excavar con tanto fervor que se le pusieron las uñas completamente negras. El viento del sur aullaba y chillaba. El viento del norte casi se lo había comido del todo. —¡Date prisa! —gritó el haditerrible— ¡escóndete rápidamente dentro de la moneda de oro! El viento reunió las últimas brisas calurosas, se escapó del viento del norte y se escondió, tambaleándose, dentro de la moneda de oro. —Uy, viento del norte, ¡qué corte! —saltaba de alegría el haditerrible. Le sacó la lengua al tremendo viento del norte, enseñándole la moneda de oro. En un momento el viento del norte chocó con todas sus fuerzas contra el haditerrible. La levantó muy alto hacia el cielo. Luego la tiró hacia un árbol. La moneda de oro salió rodando y el haditerrible se quedó en el suelo, yaciendo sobre el musgo. El oso, totalmente pálido, golpeó en el tronco del búho. —Compadre... el haditerrible... horrible —apenas logró balbucear con un nudo en la garganta. —Ha sido el viento del norte... está muy mal... El búho salió de su guarida. —Me temo que está muy mal —pronunció el oso al borde de las lágrimas. Al lado de la guarida del haditerrible estaban reunidos casi todos los animales del bosque. La salamandra que casualmente había presenciado el horrible suceso, volvió a contárselo también al búho. —Y se quedó tirada en el suelo —concluyó. —Y el viento del norte se llevó su moneda de oro. El búho negaba con la cabeza. —Las haditas terribles nunca deben perder su moneda de oro. Si no la recupera en tres días... El búho se calló y se quitó las lágrimas con el ala. —¿Por qué no has hecho algo? —le espetó ladrando el erizo a la salamandra. El lirón llevó al haditerrible a su cama y se quedó a su lado. No dejaba que nadie más estuviera allí. —¡Ni pensarlo! —susurraba. A toda costa quería creer que lo único que necesitaba el haditerrible era tranquilidad y que así se arreglaría todo. Los animales organizaron una acción de búsqueda. Pensando que el viento del norte podría haber tirado la moneda de oro en cualquier parte, buscaron en todos los rincones del bosque. El que lo hacía con más diligencia fue el erizo. Durante dos días y dos noches no cesaron en la búsqueda. El lirón se encargaba de arreglar la almohada del haditerrible y la dejó tan solo un momento en el que se fue corriendo hasta su casa para traer otra manta. El haditerrible estaba cada vez más pálida y el lirón pensaba que era porque tenía frío. El viernes por la tarde el búho tuvo que aterrizar urgentemente en una rama del abeto. Tenía los ojos llenos de lágrimas, por lo cual ya no podía volar. Por eso tampoco pudo ver lo que con una velocidad extrema se estaba acercando al bosque. Tan solo pudo escuchar el tintín de la porcelana. El viento del sur chocó directamente contra el haya del haditerrible. El lirón, enfadado, miró hacia fuera. —Habráse visto semejante idiota... —empezó la frase, pero no la terminó. El viento del sur había pasado de él. Se había ido volando directamente hacia la cama del haditerrible y le había puesto tiernamente una moneda de oro en la mano fría. Durante algún tiempo estuvo soplando calurosamente alrededor de su cabeza. Poco después, cuando los animales estuvieron hablando sobre aquellos acontecimientos, no lograron ponerse de acuerdo. ¿Había ocurrido a causa de la calurosa brisa del viento? ¿Acaso fue por la moneda de oro? ¿O fue gracias a la manta del lirón? No importaba. Lo que sí era importante era que en las mejillas del haditerrible empezó a notarse más color. Y que ella abrió los ojos y sonrió débilmente al viento: —¡Aullaviento! A partir de ahora te llamaré Aullaviento. Si eres capaz de espantar al temible viento del norte, también tú te mereces este temible nombre. El viento se frotó contra su mano y tambaleó el pequeño armario para que se escuchara el tintineo de las tazas. —¡No me lo puedo creer! —el haditerrible intentó levantarse pero el lirón no se lo permitió. —¡Las has robado! ¡Has robado las tazas de té de mi bisabuela! Con los bordes tan finos como el papel y con la imagen de la reina en el fondo de las tazas. Seguro que la bisabuela ya está escupiendo y enfadándose y maldiciendo. El haditerrible se reía a carcajadas y el lirón se puso todo nervioso. —Hala, afuera —el lirón cogió una escoba y echó al viento de la guarida. —Ya basta de calentarle la cabeza. —La risa es salud y lo cura casi todo —se echó a reír el erizo que estaba apoyado en el tronco. Pero el lirón le echó una mirada tan seria que se calló en seguida. Al haditerrible no le dejó salir de la cama durante tres días. Mientras tanto, los animales más o menos volvieron a calmarse. En el Bosque Furioso jamás habían experimentado semejante miedo. —Pobre de mí —le contaba la ardilla a una golondrina que viajaba hacia el sur. —Por la desesperación experimentada durante este accidente ya no puedo acordarme de dónde he escondido mis avellanas. El haditerrible organiza un té literario Un jueves triste empezó el mal tiempo. El otoño empezó a cubrir el Bosque Furioso de humedad, bruma y frío. Los animales estaban acurrucados cada uno en su guarida. Algunos ya se estaban preparando para el letargo invernal. El viento estaba amontonando cada vez más cosas, dejándolas en las hayas, bajo los abetos y entre los arbustos. El haditerrible pisaba las hojas mojadas que se habían quedado pegadas al suelo. Pensaba en lo bonito que era ese tiempo. ¡Las hojas mojadas estaban preciosas! ¡Esta era la parte del año más bonita! Se dijo que en realidad no daría ni dos cucharadas de bruma a cambio de todo el vaivén estival. Las horcaduras parecían todavía más sombrías y tenían más forma de horcaduras. «Prefiero los árboles sin hojas», reflexionaba. «Todo es tan visible y claro. No hay ningunas copas para esconderse ni para guardar secretos...» ¡PLAF! De repente algo duro chocó contra la nariz del haditerrible. Era una portada grande de un libro viejo. —C-U-E-N-T-O-S —pudo leer y se guardó la portada debajo del brazo. «Esto será una bandeja perfecta para las tazas de té», se dijo. Un rato después llegó volando un manojo de papeles. —Caperucita Roja —empezó a leer el haditerrible. De vez en cuando se mordió alguna uña y al final dijo: —¡Ay, Aullaviento, pero si le falta el final! Y justo cuando el lobo está a punto de comer a la niña. En seguida se puso a buscar entre los arbustos, dirigiéndose hasta el Precipicio fantasmal. Al lado de este, entre las ramas de un abeto estaba revoloteando un nuevo manojo de hojas. El haditerrible suspiró aliviada al leer que tanto la niña como su abuela se salvaron. Aunque el lobo también le daba un poco de pena. Conocía a unos cuantos, pero ninguno era tan malo. Continuó leyendo sobre la bella durmiente y le costaba creer que se hubiera pinchado de verdad, pues en el castillo habían destruido todas las ruecas, pero resultó que justo se habían olvidado de una en la parte más alta de la torre del castillo. Y de nuevo se acabaron las hojas. El haditerrible estaba bastante enfadada con el viento. —¿Es que no puedes traerme un libro entero? El viento se frotó contra ella y se fue corriendo quien sabe adónde. Dentro de un poco le dejó el resto del libro justo delante de sus pies. Acto seguido empezó a llover. Con una portada sobre la cabeza y un legajo de hojas pesadas bajo el brazo el haditerrible se fue corriendo hasta su guarida. Tardó mucho en volver a salir. No regresó hasta que lo hubo leído todo. Luego abrió la puerta y miró hacia el bosque. No había nadie. Ninguna alegría, ninguna riña, ni tampoco pelea ni gritos. Después estuvo observando su valiosa colección de cuentos. —Voy a compartir estos cuentos con los demás —decidió. —Ya sé —se le ocurrió— voy a preparar un té literario. De un cajón sacó hojas de color malva y escribió en ellas unas amables invitaciones. Querido erizo, amigo conejo, apreciada salamandra, fue lo que puso al principio. Lo que seguía fue igual para todos. El jueves por la tarde ven a mi haya. Vamos a tener un té literario. Quitaremos la luna del cielo, montaremos en dragones y cogeremos los pájaros de sus colas. El haditerrible Se puso el mejor vestido. Durante todo el día el viento le ayudaba a secar el musgo. Lo puso con cuidado sobre las hojas para que sus huéspedes estuvieran cómodos. Eran las diez de la noche, y no había venido nadie. Cuando el reloj marcaba las once, todos ya dormían. Ofendida el haditerrible se fue a ver al erizo. —Al menos tú podrías haber venido —le echó en cara. —Pensaba que eras mi amigo, ¿sabes? El erizo se excusó explicando que no tenía ganas de ir quitando la luna del cielo. Porque se le podría caer encima. Con lo pesada que era podría romperle las púas. Lo cual nada tenía que ver con su amistad. Pensativa, el haditerrible continuó su camino y se fue a la casa del lirón. —Hoy he tenido una velada literaria y tú no has venido —le dijo. —¡Ay! —respondió el lirón— jamás he montado en un dragón. Hablando claramente, este deporte no me interesa para nada. De vuelta a su casa el haditerrible se topó con una pequeña ánade silvestre. Pero antes de que pudiera preguntarle por qué no había venido, el ánade le echó una bronca: —¡Qué sinvergüenza! ¿¡Cómo se te ocurre proponer quitar las colas a los pájaros?! No me lo esperaba de ti. —Ofendida, se fue volando. El haditerrible suspiró y se puso a escribir de nuevo. Querido armiño, amigo turón, estimado jabalí, etcétera y luego puso: El jueves por la tarde te invito a tomar un té acompañado de la lectura de libros debajo de mi haya. Voy a leer cuentos sobre una princesa que besó un sapo. Sobre un lobo malvado (no apto para las crías) y sobre unas terribles espinas (alucinante historia de una princesa). El haditerrible Entregó todas las invitaciones a los destinatarios. Llegó el jueves. El viento y ella volvieron a secar el musgo que se había humedecido mucho. Esperaba impacientemente. No vino nadie. Todos estaban encerrados en sus guaridas y madrigueras. El haditerrible estuvo llamando a sus puertas, pero ni siquiera la abrieron. Cuando ofendida volvía a su casa, se topó con la rana y con el jabalí. —¿Pero qué te has creído? —la reprimió la rana. —¿Que voy a dejar que cuentes a mis renacuajos las sandeces sobre una princesa y una rana? ¡Qué cara tan dura que tienes! —¡No metas a los jabalíes en esto! —la riñó también el jabalí. —Además, una vez la salamandra preparó una velada literaria. ¿Y para qué? Durante tres horas estuvimos escuchando sus aburridos poemas. * Cuando el búho voló el día siguientes sobre el bosque, divisó delante de la guarida del haditerrible el siguiente cartel: ¡PROHIBIDO PARA EL JABALÍ! Y otro: ¡PARA EL LIRÓN, LA ENTRADA PROHIBIDA! Y otro: ¡¡¡LA PRESENCIA DEL ERIZO ES INDESEADA!!! Y un cuarto: ¡¡¡¡LA ARDILLA Y EL ÁNADE NO SOIS BIENVENIDOS!!!! Y había más carteles con un contenido parecido. El búho aterrizó en el haya y llamó a la puerta. —¡Vete a freír espárragos! —gritó el haditerrible. A pesar de todo el búho entró. El haditerrible estaba que echaba chispas. —Solo quería que nos lo pasáramos bien juntos. ¡Pero parece que a nadie le interesa! El búho se puso a reflexionar. Cogió el resto de las hojas de color malva y le ayudó al haditerrible a redactar un nuevo mensaje. Querida ardilla, amigo jabalí, estimada salamandra, pusieron también esta vez, y lo que seguía era: Hoy por la tarde organizo un té literario. Escucharemos unos preciosos cuentos, comeremos galletas y nos divertiremos. Todos los que quieran pasar una tarde maravillosa que vengan a las ocho delante de mi guarida. Nos calentaremos con un té caliente. El haditerrible Mientras el viento entregaba las cartas, el búho se fue volando hasta la guarida del oso. —Querido oso —le sacudió— no es que quiera despertarte pero si no hacemos algo, el haditerrible va a pasar todo el invierno muy sola y tremendamente desgraciada. —De esto no puede salir nada bueno —bostezó el oso. A las ocho el oso y el búho trajeron a la casa del haditerrible al erizo, al conejo con su familia, al armiño, a la ardilla y al ánade silvestre. Algunos, como por ejemplo toda la familia de ranas, vinieron solo por las galletas. Pero al final todos estuvieron de acuerdo en que habían pasado una tarde agradable, que los cuentos habían sido muy buenos al igual que las galletas, y que volverían a acudir al té literario el jueves siguiente. Tan solo la salamandra, con su aire poético, torcía la nariz. El haditerrible tiene que volver a casa Una triste noche de domingo el búho volaba sobre el Bosque Furioso. A la luz de la luna vio al haditerrible que estaba sentada al lado del charco. Tenía los pies metidos en el agua fría. El búho no había notado ninguna alegría, ningún movimiento alegre. —¿Estás enferma? —el búho aterrizó a su lado. —Hay luz de luna, pero tú estás aquí sentada y no das ningún salto. El haditerrible guardaba silencio. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Tenía un nudo en la garganta. El búho dejó de molestarla. Ese no era su estilo. Se fue volando y la dejó sola. Pero aún así estaba muy preocupado. Durante un buen rato estuvo observando al haditerrible que estaba acurrucada al lado del charco, llorando. «Va a coger frío si va a tener metidos los pies en el charco helado durante mucho tiempo», pensaba. «Si no se le pasa hasta el día siguiente, habrá que despertar al oso.» Pero por la mañana, desde lejos, el búho, el lirón, el erizo y el oso, este todavía muy dormido, oyeron el llanto que llegaba desde la guarida del haditerrible. Aullaviento aullaba alrededor del haya. —Haditerrible —llamó el erizo tiernamente a la puerta— ¡abre! La pequeña puerta se abrió y salió jadeante el haditerrible. Quería decir algo, pero rompió a llorar. Le hizo una señal al viento y este le llevó un sobre azul al búho. El búho leyó: Has domado el viento. Has cumplido el castigo. Ahora puedes volver a casa. ¡No se te vaya olvidar mi juego de té! ¡Ni mi sillón! —Es de mi bisabuela —lloriqueaba el haditerrible. —Le rompí una taza de té con el borde tan fino como el papel y con una imagen de la reina en el fondo. Me castigó a irme lejos. Me dijo que podría volver cuando domara el viento. Pensé que se había olvidado de mí. Y ahora va y me manda esto. Todo el bosque se calló. Nadie, ni el búho ni el oso ni el lirón ni tampoco aquellos que estaban aguzando las orejas en sus madrigueras y galerías, no hubo nadie en todo el Bosque Furioso que supiera qué decir. El haditerrible trajo lentamente su hato. —Está claro que podrías quedarte —dijo el erizo. —Claro que podría quedarme —respondió el haditerrible. —Pero tengo frío. Viene el invierno. Y excepto las zapatillas de lana no tengo nada para ponerme. —Podemos pedir lana a las ovejas —propuso el erizo. —La corza es muy ágil con las agujas. Y el armiño también podría contribuir algo con su piel. El haditerrible volvió a llorar. —Aunque Aullaviento es muy valiente, pronto le va a ganar el viento del norte. Y este se cuela hasta los huesos. Y en mi pequeña guarida entra el aire por todas partes. —Pero si tan solo es un almacén de avellanas —se estaba justificando la ardilla— es que las avellanas se secan mejor al aire. Aullaviento aulló y el haditerrible lo acarició, rascándolo. —Podrías pasar el invierno en mi casa —propuso el lirón— no me vas a molestar. Yo voy a estar hibernando. Ni me daré cuenta de que estás allí. La pequeña hada se sorbía los mocos, tosía y estornudaba y luego en voz muy baja dijo: —Es que echo de menos a mis hermanas y mis primas. —Esto se sobreentiende —asintió el oso. Le ayudó al haditerrible a llenar el remendado globo de distintos colores con el viento caluroso. Le ayudó a poner todas las cosas en la tetera. Y a desenterrar la moneda de oro que de nuevo se encontraba enterrada bajo el helecho. Había muchas cosas por hacer. El lirón y la ardilla le ayudaron con el sillón. El haditerrible repartió los pequeños espejos entre los gazapos. —Quiero que los tengáis vosotros —dijo. —Os quiero mucho. Ni siquiera pudo mirar al búho, al erizo, al oso, al lirón, a la ardilla, al turón ni al ánade. Dijo adiós con la mano tan solo a las crías del jabalí y se metió en la tetera. El globo empezó a levantarse lentamente. El Bosque Furioso empezó a inundarse de tristeza, silencio, desesperación y otras cosas por el estilo. —¡Oye! —gritó el erizo cuando el haditerrible estaba ya bastante alta. —¡Pero si ni siquiera sabemos cómo te llamas! —¡Erizamadora! —gritó el haditerrible desde las nubes. —Soy Erizamadora. —Erizamadora —repitió el erizo en voz baja — qué nombre tan bonito. —Menos mal que lo has preguntado —dijo el lirón. —Porque si tarda demasiado en volver, iremos a buscarla. —Así es —asintió el oso— menos mal que lo has preguntado. ¡Cómo si no hubiéramos podido encontrarla entre todas aquellas haditerribles! AQUELLA HADA CON NOMBRES TAN EXTRAÑOS Las palabras que siguen no son una continuación de las aventuras del haditerrible. Tampoco llegarás a saber qué le pasó a nuestra protagonista al volver a casa – quizá esto se narre en el segundo libro sobre esta hadita que por ahora sólo existe en esloveno. Estas palabras no son sino una invitación a la reflexión sobre el texto que acabas de leer. ¿Quieres seguir imaginándote por tu cuenta cómo fue el reencuentro del haditerrible con su familia? Bien. ¿Quieres saber sobre lo que voy a llamar la atención a continuación? Bien también. Tú eliges. La novela corta El haditerrible en el Bosque Furioso contiene once capítulos que pueden leerse también por separado, como cuentos cortos. Fue escrita por Jana Bauer, una de las mejores escritoras y editoras eslovenas nacida en 1975 en Liubliana, la capital de Eslovenia, aunque creció en Kočevje, una pequeña ciudad en el Sur de Eslovenia donde pasaba los veranos con su abuela en el río Kolpa en la frontera eslovena con Croacia. Su padre fue un apasionado cuentacuentos y fueron sus narraciones sobre brujas, fantasmas y contrabandistas las que despertaron su imaginación, hecho que la marcó tanto que en la actualidad quiere compartirla con los pequeños y grandes lectores. Jana Bauer es autora de seis novelas juveniles: El desaparicidor de las brujas (Izginjevalec čarovnic, 2002), La palabra mágica (Čarobna beseda, 2004), En el país de pan de miel (V deželi medenjakov, 2006), Las aventuras de los detectives Fokus y Kolumna: el secreto de la tumba saqueada (Detektivske prigode Fokusa in Kolumne: Skrivnost izropane grobnice, 2007), Las aventuras de los detectives Fokus y Kolumna: en el hotel horroroso (Detektivske prigode Fokusa in Kolumne: V strašljivem hotelu, 2009) y El haditerrible en el Bosque Furioso (Groznovilca v Hudi hosti, 2011). Todavía queda por publicar el nuevo libro sobre el haditerrible. Sus obras han sido traducidas al inglés, polaco, lituano, turco, croata y ahora también al español. La Eslovenia en la que nació y vive Jana Bauer nada tiene que ver con el Bosque Furioso al que en el libro El haditerrible en el Bosque Furioso llega nuestra protagonista. El lugar en el que aterriza –nos estamos dando cuenta según avanza la historia– es un sitio en el que tiene que pasar su tiempo de castigo. Y allí va conociendo a los diferentes animales que lo habitan: el erizo, el lirón, el oso, el búho, la ardilla, la comadreja, el jabalí, la salamandra, y otros que no caben en esta frase, pero que pueden parecerse a los habitantes de cualquier bosque del mundo. No obstante, estos animales hablan y hacen cosas parecidas a los humanos, de ahí que sea obvio que este bosque no solo que no se parece a los demás bosques que hayamos podido conocer, sino que al entrar en él nos vamos alejando cada vez más de la realidad cotidiana para adentrarnos poco a poco en el bosque de los cuentos. En cuentos como en el de la Caperucita roja, Hansel y Gretel, Winnie de Puh o Alicia en el País de las Maravillas, el bosque siempre es un lugar especial en el que los protagonistas tienen que superar alguna prueba para conocerse mejor a sí mismos y seguir viviendo en una mayor armonía consigo mismos y, consecuentemente, también con el mundo que les rodea. Pero las personas y los animales con los que los protagonistas se topan en los cuentos suelen ser un reflejo de los propios protagonistas, por muy diferentes que sean a ellos mismos. En nuestra historia el haditerrible al principio se encuentra con el más gruñón de los animales, el erizo, quien en el inicio intenta librarse de ella, pero poco a poco se van haciendo amigos y seguro que aún te acuerdas cómo termina la historia. Allí también están otros animales: un lirón bastante vago, un oso fuerte que garantiza el orden en el bosque, un búho sabio, una ardilla olvidadiza y un poco nerviosa, una salamandra soberbia, unos gazapos juguetones, una rana ligona, un jabalí protector. ¿Acaso no todos de vez en cuando somos como los animales de nuestro cuento? ¿Crees que es una casualidad que la protagonista de este libro sea una chica? ¿Un hada nada típica, como indica ya su nombre? ¿Te acuerdas cómo es el haditerrible cuando llega al Bosque Furioso? Es »un ser menudo. Fruncido. Enfurecido. [Lleva] un vestido de verano y un gorro del que salían una especie de dos horcaduras” Está muy enfadada, muy sola y muy asustada. Como está molesta por el castigo impuesto por su bisabuela, los habitantes del Bosque no le importan en absoluto por lo que los utiliza como mejor le viene en gana. Aunque el haditerrible “alborota, perturba, vocifera, ejerce una mala influencia en los jóvenes y dice palabrotas” los animales del bosque deciden que van a tratarla como “una cría pequeña, traviesa y asustada [y que van] a intentar quererla. [Y que] alguna patita calurosa y un par de palabras amables no le vendrían mal.” Y así es como el haditerrible paulatinamente pasa de ser un “haditerrible” horrible, enfadada, asustada y traviesa a una persona generosa y buena amiga que tiene en cuenta sus nuevos amigos, procurando ayudarles siempre que puede. Es también en el Bosque Furioso donde a nuestra protagonista la bautizan con nombres tan extraños como son el de haditerrible o Terripilante Hadihorrorosa, hasta descubrir finalmente su nombre verdadero, Erizamadora. Y es en el Bosque Furioso donde se enfrenta con el terrible Viento del Norte, donde se da cuenta de que su mejor amigo es en realidad el travieso Viento del Sur. Y las casi fatales consecuencias del enfrentamiento con el Viento del Norte coinciden con el momento en el que todos, los animales del Bosque Furioso y nosotros los lectores, nos damos cuenta de que el haditerrible no solo no trae problemas sino que gracias a su evolución y maduración ayuda a crecer y madurar también a los demás habitantes del Bosque. ¿Acaso no te has dado cuenta de que a lo largo de la historia no solo cambia el nombre de la protagonista sino que cambian también los nombres de algunos de entre los animales, sobre todo de los que se encuentran más cerca del haditerrible? ¿A qué desafíos se enfrenta el haditerrible en el cuento? Con la llegada al bosque la haditerrible tiene que enfrentarse igualmente a su bosque de emociones interior.¿Cómo vivir auténticamente la ira y no perjudicar a los demás? ¿Cómo enfrentarse al miedo y no morir en el intento? ¿Cómo ser uno mismo y convivir con los demás? ¿Cómo ser un buen amigo? ¿Es la competitividad necesaria? ¿Cómo ser auténtico, cómo dejar huella? Todas estas son grandes preguntas vitales que tanto los pequeños como los grandes nos formulamos a lo largo de nuestras vidas. Como cada uno de nosotros es diferente, buscará igualmente respuestas diferentes. Porque no hay una respuesta única y universal. Por eso lo que cuenta es seguir planteándose preguntas, como hace constantemente la protagonista de este libro. En los cuentos tradicionales los protagonistas suelen aprender algo y a nosotros nos gusta escuchar y leer sobre ello porque también a nosotros nos gusta aprender y crecer. Porque si ellos, los hijos menos queridos y más despreciados pueden hacerlo, también lo podemos hacer nosotros. ¿Qué crees que ha aprendido en su aventura el haditerrible? O quizá debería mejor plantear ¿qué he aprendido yo en esta historia del haditerrible? Quizá cada uno de nosotros sea en su propio bosque muchas cosas al mismo tiempo: terrible y bondadoso, travieso y tierno, egoísta y generoso, miedoso y valiente. Sin embargo, aceptar cada uno de ellos amándolos es amarse realmente a uno mismo sin condiciones.¿Y tú, qué crees? Barbara Pregelj SOBRE LA AUTORA DEL TEXTO JANA BAUER (1975) es, además de editora, una reconocida escritora juvenil e infantil. Creció en Kočevje, una pequeña ciudad en el Sur de Eslovenia donde pasaba los veranos con su abuela en el río Kolpa en la frontera eslovena con Croacia. Su padre fue un apasionado cuentacuentos y fueron sus narraciones sobre brujas, fantasmas y contrabandistas las que despertaron su imaginación, hecho que la marcó tanto que en la actualidad quiere compartirla con los pequeños y grandes lectores. Es autora de cinco novelas juveniles. En su escritura destacan los protagonistas entretenidos y traviesos, y también las narraciones convincentes y cautivadoras. Ha sido nominada a los premios más prestigiosos en el ámbito de la literatura infantil y juvenil en Eslovenia, obteniendo, en varias ocasiones, el reconocimiento de literatura infantil la «Pera de Oro». SOBRE LA AUTORA DE LAS ILUSTRACIONES CAROLINE THAW es una ilustradora inglesa que al principio trabajaba en el teatro, pero poco a poco fue dejándose seducir por la ilustración en la que logró crear su propio estilo poético. Su técnica favorita es la combinación del lavado con tinta china y lápices de colores. El haditerrible en el Bosque Furioso es su primer libro ilustrado en el que logró construir un maravilloso mundo fantástico, lleno de detalles que complementan el texto hasta la perfección y cautivan con sus imágenes al lector. Sus ilustraciones han llegado a decorar escaparates, páginas web y vestidos. SOBRE LAS TRADUCTORAS BARBARA PREGELJ es profesora titular de la Universidad de Nova Gorica, investigadora, traductora, intérprete jurada y editora. En su función de traductora al esloveno y al español y del euskera, del catalán y del gallego desempeña un papel de mediadora entre los espacios culturales esloveno, ibérico e hispanoamericano. Como traductora e intérprete le interesa apasionadamente la cuestión de la lectura y la interpretación de los textos, y como editora cómo contagiar con el virus de la buena literatura a cuantos más lectores sea posible. GEMMA SANTIAGO ALONSO es profesora en la Universidad de Liubliana. Desde hace años se dedica a la investigación la enseñanza significativa de la gramática desde la perspectiva de la lingüística cognitiva. Su pasión por la enseñanza la comparte con su pasión por el maravilloso mundo de los cuentos, espacio que atraviesa ocasionalmente para traducciones en colaboración del esloveno al español. Jana Bauer El haditerrible en el Bosque Furioso Ilustraciones de Caroline Thaw Colección: MAS Titulo del original esloveno: Groznovilca v Hudi hosti © Jana Bauer / Sodobnost International, 2011 © Caroline Thaw / Sodobnost International, 2011 Para la edición española de 2017 la editorial Založba Malinc Traducción de Barbara Pregelj en colaboración con Gemma Santiago Alonso © Barbara Pregelj y Gemma Santiago Alonso / Malinc, 2017 Edición de Založba Malinc, Medvode, 2017 www.malinc.si Para la editorial: Aleš Cigale Diseño: Aleš Cigale 1a edición electrónica www.amazon.com No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. Diríjase a Založba Malinc si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con Malinc a través de la página web www.malinc.si, correo electrónico info@malinc.si o por teléfono en el +386 1 361 6699. Kataložni zapis o publikaciji (CIP) pripravili v Narodni in univerzitetni knjižnici v Ljubljani COBISS.SI-ID=290022656 ISBN 978-961-6886-34-5 (azw)