~erba ~ispanica VIII VERBA HISPANICA VIII Ljubljana, 1999 ISSN 0353-9660 VERBA HISPANICA VIII ANUARIO DEL DEPARTAMENTO DE LA LENGUA Y LITERATURA ESPAÑOLAS DE LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS DE LA UNIVERSIDAD DE LlUBLJANA ESLOVENIA Director: Mitja Skubic Secretario: Matías Escalera Cordero Consejo de redacción: Branka Kalenié Ramsak, Jasmina Markic, Juan Octavio Prenz, Nubia Zrimec, Maja Turnher, Damjana Pintaric Diseño de la portada: Franco Jurí Edición a cargo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Ljubljana, Eslovenia, con el patrocinio de la Embajada del Reino de España en Eslovenia TOMAZ SALAMUN LJUBLJANA El poeta y traductor Tomaz Salamun, nacido en 1941 en Zagreb, es uno de los representantes más destacados de la vanguardia de los años sesenta. Su obra poética se ha iniciado con un abandono formal y conceptual de la tradición literaria eslovena, sustituyendo la métrica y el estilo prevaleciente de composición por un verso libre, en apariencia arbitrario, caprichoso, espon- táneo, sujeto a una lógica propia, e su poesía, marcada por el atrevimiento, las asociaciones, las impresiones, la conjunción de elementos disímiles y lenguajes dispares, delata cierta deuda originaria con el dadaísmo, el surrea- lismo y el arte pop, ha logrado perfilarse no obstante como una voz autó- noma y distintiva, conquistando un lugar privilegiado y clave en el desaro- llo de la literatura eslovena contemporánea. Su extensa obra poética - hasta el momento ha publicado 28 libros - cuenta con numerosas traducciones al alemán, castellano, croata, checo, francés, holandés, húngaro, inglés, polaco, serbio y sueco. A continuación siguen algunos poemas de su libro Selección de poemas, publi- cado en la colección Visor de Poesía, Madrid 1999, traducido por Pablo J. Fajdiga. 3 4 DREVO ZIVLJENJA Rodil sem se v zitu in tleskal s prsti. Bela kreda je sla cez zeleno tablo. Rosa me je polozila na tia. Igral sem se z biseri. Njive sem si prislonil na uho in polja. Zvezde so cvreale. Pod mostom sem vklesal napis: ne znam brati. Tovarne so spirali s slano vodo. Cesnje so bili moji vojaki. Rokavice sem odmetaval med trnje. Jedli smo ribe z zlatim noiem za kruh. V lustru nad mizo niso gorele vse svece. Mama je igrala klavir. Splezal sem ocetu na rame. Stopal na bele gobe, gledal oblake prahu. Se z okna sobe dotikal vej. EL ÁRBOL DE LA VIDA Nací en el trigo, chasqueando con los dedos. Una tiza blanca cruzó el verde pizarrón. El rocío me depositó en el suelo. Jugué con perlas. Apoyé campos y sembradíos contra mi oído. Crepitaban las estrellas. Bajo un puente tallé esta inscripción: no sé leer. Limpiaban las fábricas con agua salada. Las cerezas eran mis soldados. Tiraba los guantes a las espinas. Comíamos pescado con un cuchillo de oro para el pan. En la araña sobre la mesa no ardían todas las velas. Mamá tocaba el piano. Me trepé a los hombros de mi padre. Caminaba por hongos blancos, observando las nubes de polvo. Desde la ventana de mi habitación tocaba las ramas. 5 6 BOG, K.AKO RASEM bog, kako rasem kako sem mofan, strasen in zvit kako se slaCim, lupim in selim to je tvoje delo gospod, ubijam na vrtu so roze, zrak mi hodi v usta v puseavi so metulji, v materi meso ce si dam uro okrog zapestja vriskam bóbni, bóbni, para tece, lije blafoni fuk, vladar, nasa je tvoja hrana breskve, telesa, gore, dim mrtvi, njihova kofa, ogrlice pulim zlate zobe, jih prodajam za kruh angeli vstajajo z morja, kerubi plapolajo moji verzi so kot bi sekal skale drobil celjusti in krieal daj bog da se najem, da sem tvoja postava do dna DIOS CÓMO CREZCO dios, cómo crezco qué fuerte soy, terrible y astuto cómo me desvisto, me pelo y me traslado esto es tu obra, señor, mato hay flores en el jardín, el aire camina a mi boca en el desierto hay mariposas, en la madre carne si me pongo el reloj en la muñeca, grito de alegría tambores, tambores, el vapor fluye, se derrama bienaventurado polvo, soberano, nuestro es tu alimento duraznos, cuerpos, montañas, humo muertos, su piel, collares extraigo dientes de oro, los vendo para comprar pan los ángeles se yerguen del mar, los querubines revolotean mis versos son como si estuviese hachando rocas triturando dentaduras y gritando permite dios que me sacie, que sea tu ley hasta el fondo 7 8 UTRUDIL SEM SE TE INCEST utrudil sem se te incest, jezik folim si sonca, mirnega sepetanja !judi naj bodo vezi sveta kot so za!jub!jenec sem, ne vojak naj bodo iskre v oceh zivali srecne kamni ob drevesih, skoljke ob sipinah naj p!ujejo ladje mimo ceri bodi nedotakljiva, nedo!Cnost naj bo pomlad bogata, sence hribov blage besede preproste, naj bo nefon topli kruh naj rusevine prerase ze!enje, premis!janje popotnikov na konju jezdim, pod starimi hrasti spim ni krvoskrunstva v letu ptic ne ironije v campu santu v morju je lesk !uci v levih kazen za greh, prieakovanje ME CANSÉ DE TI, INCESTO Me cansé de ti, incesto, lenguaje añoro el sol, el pausado murmullo de la gente que los vínculos del mundo sean como son soy un enamorado, no un guerrero que el brillo en los ojos de los animales sea feliz felices las piedras junto a los árboles, las conchillas en el arenal que los barcos naveguen, eludiendo los escollos que seas intocable, inocencia que la primavera sea copiosa, las sombras de los montes suaves las palabras sencillas, que sea tierno el pan caliente que las ruinas se cubran de verde, meditación de los viajeros cabalgo sobre un caballo, bajo antiguos robles duermo no hay incesto en el vuelo de las aves ni ironía en el campo santo en el mar hay un destello de luz en los leones la pena por el pecado, la espera 9 10 SPET SO TIHE CESTE spet so tihe ceste, temni mir spet so cebele, med, tiha zelena polja vrbe ob rekah, kamni na dnu dolin hribi V OCeh in V zivalih spanje spet je v otrocih nemir, v pisealih kri spet v zvonovih bron, v jeziku aura popotniki se pozdravljajo, kuga je utrdila sklepe divji jeleni so na dlani, sneg fari vidim jutro, kako hitim vidim kofo v pobofoem prahu vidim vriskanje, kako se pomikava proti jugu toledo fant, mala stoparja slike so jasne, rofo plahe temno zapeeateno nebo, slisim krik eaka eas ljubezni, eas visokih kipov tihih Cistih srn, zasanjanih lip OTRA VEZ HAY CALLES SILENCIOSAS otra vez hay calles silenciosas, paz oscura otra vez hay abejas, miel, campos verdes silenciosos sauces junto a los ríos, piedras en el fondo de los valles montes en los ojos y en los animales sueño otra vez hay en los niños inquietud, sangre en las flautas otra vez hay bronce en las campanas, en el lenguaje aura los caminantes se saludan, fortaleció la peste las articulaciones hay ciervos salvajes a la mano, la nieve brilla veo la mañana, cómo me doy prisa veo piel en el polvo piadoso veo gritos de alegría, cómo nos movemos hacia el sur toledo chaval, dos pequeños haciendo dedo las imágenes son claras, las flores tímidas el cielo oscuro y cerrado, oigo un grito el tiempo del amor espera, el tiempo de estatuas altas de ciervas puras y calladas, de tilos sumidos en sueños 11 BERNARDO ATXAGA ZALDUONDO - BILBAO DE EUZKADI A EUSKADI Tenía trece años cuando escuché por primera vez la palabra Euzkadi. Estábamos un grupo de es- colares mirando desde lo alto de la colina adonde nos solía llevar el maestro para la clase de Ciencias Naturales, cuando mi compañero de pupitre, impresionado quizás por la amplitud y belleza del valle que veíamos desde allí, suspiró de manera ostensible y declaró: Nik bizia emango nikek Euzkadiren a/de. Es decir: yo daría la vida por Euzkadi. Detrás de nosotros había un bosque, y una pájaro entre verde y marrón salió de él y pasó por encima de nosotros como queriendo rubricar la afirmación. Gu ez gaituk espainolak, gu euskaldunak gaituk, añadió el compañero de clase cuando el pájaro ya había vuelto a desaparecer entre los árboles. "Nosotros no somos españoles, nosotros somos vascos". El patetismo y la rotundidad de aquellas palabras me conmovieron profundamente y creí estar ante uno de esos secretos que, al parecer, según me hacía sospechar lo ocurrido con los Reyes Magos o con la cuestión sexual, jalonaban el paso de la niñez, de la niñez mental, a la mayoría de edad. Temeroso de que mi compañero se diera cuenta de mi ignorancia fijé la vista en el centro de un árbol frondoso y dije: Nik ere bizia emango nikek Euzkadiren a/de, "también yo daría la vida por Euzkadi". Como por arte de magia, el pájaro verde y marrón salió de aquel árbol y volvió a pasar por encima de nosotros como una exhalación. Es una paloma, dijo el maestro. Luego explicó que había palomas de muchos colores, que no todas eran como las de los parques de la ciudad o como las domésticas que solían tener en los caseríos. No sé si en el terreno de nuestros afectos existe algo equivalente a esa impronta que, según Lorenz, recibe un animal a las pocas horas de nacer dejándole marcado para siempre y directa- mente ligado con lo primero que ve moverse en su derredor, y es probable que el término, prove- niente de la imprenta pero que ahora se utiliza sobre todo en zoología, no cuadre bien con el do- minio de lo humano; pero, de todos modos, como hablar de huellas o primeras impresiones me parece excesivamente vago, prefiero decir que lo ocurrido aquel día me marcó profundamente, que hubo un antes y un después de la conversación con mi compañero de pupitre, que aquellas extra- ordinarias palabras dejaron en mí una impronta que nunca desde entonces he dejado de sentir en mi interior. Naturalmente, no fui un caso aislado, sino uno más de los muchísimos que se dieron en aquella época, principios de los sesenta, en todas las zonas del país donde la lengua vasca se mantenía fuerte y en algunas en las que nos se mantenía tanto. Todos supieron de la existencia de un país oculto, y a todos les emocionó la noticia cuando, al igual que lo había hecho mi compa- ñero de escuela, los encargados de transmitirla se mostraron tristes y soñadores: tristes al princi- pio de la conversación, cuando se trataba de hablar de la guerra perdida y del pueblo sojuzgado por un dictador obsesionado con destruir todo lo vasco; soñadores después, cuando se explicaba el ideal, que no era otro que la liberacón de Euzkadi. No mucho más tarde, llegaron las canciones, los himnos: Euzko guadariak gara Euzkadi askatzeko, gerturik daukagu odola bere a/de emateko, "somos soldados vascos para liberar Euzkadi, estamos dispuestos a derramar nuestra sangre en su defensa". Como siempre, la música ayudaba a que la impronta quedara profundamente fijada; como una herida, como un surco, como una incisión en el alma. 13 Poco a poco, fueron llegando más noticias sobre el país obligado a ocultarse a causa de su de- rrota en la guerra, y así supimos -los adolescentes vascos de los años sesenta- que tambíen había una bandera, muy distinta por cierto de la que el maestro nos hacía izar cada mañana en la escuela; una bandera que, además, era bonita, de tres colores, roja, verde y blanca. Hau duk gure ikurrina, "ésta es nuestra bandera", nos explicó mi compañero de pupitre mostrándonos una especie de estampa. Luego preguntó: Ba al dakizue non dagoen Zuberoa?, "¿Sabéis dónde está Zuberoa?". Yo respondí: Donostia ondoan, "Cerca de San Sebastián". El me corrigió al instante: Ez, Frantzian zegok. Euzkadiren zazpigarren probintzia duk. Gure aita han egon huen gerra ondorenean, "No, está en Francia. Es la séptima provincia de Euzkadi. Mi padre estuvo allí después de la guerra". Revelación tras revelación, el misterio se iba aclarando, y nuestra convicción era cada día ma- yor. En un determinado momento, hicimos el descubrimiento quizás más decisivo, el de la lengua que hablábamos habitualmente, y de pronto fuimos conscientes de su rareza, de su valor; supimos también, alguien nos lo explicó, que los gobernantes de aquel momento deseaban destruirla a toda costa. Por eso estaba prohibida en la escuela o en el Ayuntamiento, por eso ponía en los libros que era un dialecto sin importancia. Un año después de que la paloma verde y marrón volara sobre nosotros, no nos cabía duda acerca de nuestra pertenencia al país oculto y protestábamos contra la situación a nuestra manera, a lo adolescente: cuando llegaba la hora de cantar el "Cara la sol" no decíamos cara al sol con la camisa nueva que tú bordaste en rojo ayer, sino cara al sol con la camisa nueva que tú pringaste de mierda ayer. En cuanto al himno de Oriamendi -que también debíamos cantar de vez en cuando en la escuela-, nuestra versión decía así: Por Dios por la pata del buey, murieron nuestros padres, por Dios por la pata del buey moriremos nosotros también. Con todo, aquella novedad que se había introducido en nuestro pequeño universo apenas tuvo repercusión en la vida de todos los días. Venía a ser como un secreto, como una de las muchas co- sas que los adolescentes -en revancha por lo ocurrido durante la niñez- suelen esconder a los adultos. No alteró, por ejemplo, nuestra buena relación con los hijos de los andaluces o extreme- ños que habían llegado al pueblo para trabajar en la industria, ni nos hizo romper los cromos de la selección española de fútbol. En realidad, éramos demasiado inocentes. En aquella época, ningún adolescente sabía lo que era una huelga o una manifestación. Ni siquiera los que iban a los institutos de San Sebastián o Bilbao lo sabían. Pasó algún año más, pasó otra paloma verde y marrón por encima de nuestras cabezas y, por el surco ya marcado, nuestra idea de Euzkadi fue ampliándose: a veces la asociábamos con el paisa- je -con la Ama Lur, "tierra madre"-; otras, con alguna leyenda romántica al estilo de la narrada por Navarro Villoslada en Amaya o los vascos del siglo VIII; otras más, la mayoría de las veces, con el País Vasco en general, la vieja Euskal Herria. Cuanto más se nos escondía -en la televisión, en la escuela, en el mundo oficial- todo lo que nos era cercano, todo lo relacionado con la cultura de nuestro país, más creíamos en Euzkadi. Urrutiago, maitatuago, "cuanto más lejana más querida". Sin embargo, por muy emotiva que nos resultara, por muy enamorados que estuviéramos de ella, la idea era en gran parte falsa. El país oculto que vislumbrábamos en tal o cual manifestación, y que tan de una pieza nos parecía, era más bien un país idealizado, de fantasía; un territorio que debía muchísimo a la imaginación y a la necesidad de creer en algo. Por una parte, la palabra Euzkadi sólo rimaba bien con las ideas de los vascos que habían luchado como gudaris en la gue- rra o habían estado a favor de su causa, es decir, con la ideología del Partido Nacionalista Vasco, y nada tenía que ver, en cambio, con los vascos de ideología falangista o requeté, también numero- sos, o con los que durante la guerra combatieron en las filas socialistas o izquierdistas; por otra parte, la guerra la habían perdido todos los ciudadanos que lucharon por la República, y no sólo 14 los vascos que defendieron Bilbao o fueron bombardeados en Guernica. En resumidas cuentas, Euzkadi no era un territorio ni una gente -como sí lo era el País Vasco, Euskal Herria-, sino el nombre que una determinada opción política, la más vasquista, daba a su utopia. Naturalmente, nosotros no podíamos hacer lo que la paloma verde y marrón, no podíamos des- doblarnos y volar sobre nosotros mismos para saber dónde estábamos exactamente, y seguimos adelante con aquel conglomerado de ideas y sentimientos a la espalda. De vez en cuando, el azar nos presentaba un caso que no encajaba en nuestra precaria ideología, pero nosotros no repára- bamos en ello. Recuerdo por ejemplo que un campesino, hablando de una de las primeras vícti- mas de la guerra, un conocido carlista dijo: Banderan dena bilduta ekarri ziaten, "lo trajeron total- mente envuelto en la bandera". Nosotros pensamos que se refería a la verde, roja y blanca. Veíamos lo que necesitábamos ver, y no teníamos dudas. De haberlas tenido, de haber hecho preguntas y averiguaciones, enseguida nos habríamos enterado de que el autor de la música de aquel "Cara al sol" que nos hacían cantar en la escuela no era de Toledo, Murcia o Zaragoza, sino del cercano pueblo de Zegama, y que su nombre era, no González o Molina, sino Tellería. O, para mayor evidencia, alguien nos habría hablado del pintor Cabanas Erausquin, nacido en nuestro mismo pueblo, Asteasu, y podría habernos contado la verdad, es decir, que nuestro paisano había sido el pintor oficial del Régimen de Franco, y que los símbolos franquistas más conocidos, el escudo de España o el yugo y las flechas, habían salido de su mano. Pero, como digo, no hubo dudas ni averiguaciones, y nuestra idea -nuestro sentimiento-, de lo que era Euzkadi se mantuvo incólume. En realidad, dadas las circunstancias -dada nuestra edad, dada aquella primera impre- sión perfectamente guardada por nuestro Múscula Arcaico, dada la situación política de los años sesenta-, no había otra posibilidad. Creo que fue el novelista Gombrowicz el que habló del ser humano como de algo que, eterna- mente inmaduro, únicamente adquiría su forma definitiva al estar entre o frente a los demás, de tal modo que una persona cualquiera podía ser de mil maneras diferentes dependiendo de la pre- sión exterior de cada momento. Pues bien: según todos los indicios, eso fue lo que nos ocurrió a una buena parte de los adolescentes de aquella época. Inmaduros por naturaleza, más inmaduros aún por la edad que teníamos, la presión exterior que ejercía el franquismo nos reafirmó tanto en la idea de Euzkadi como en la de una patria vasca derrotada por España durante la guerra. En otras circunstancias, habríamos matizado, quizás, nuestra idea de la histora y del país, pero allí estaba el franquismo despreciando nuestra lengua, secuestrando los libros que hablaban de nues- tra cultura, arrancando incluso las lápidas en cuya superficie figuraba un lauburu, el símbolo de los cuatro brazos. En una palabra, allí estaba el odio de la dictadura dando la razón a lo que decía alguno de los panfletos de finales de los sesenta: que no todos los vascos habían luchado contra Franco, pero que Franco sí había luchado contra todos los vascos. Cuando, un par de años des- pués de lo de la paloma verde y marrón, alguno de mis compañeros de escuela repitió aquello de que estaba dispuesto a dar la vida por la causa, la palabra Euzkadi tenía ya bastante contenido. Por decirlo brevemente, Euzkadi se estaba haciendo a la contra. De nuevo, las canciones ocuparon su lugar: Gu gera Euzkadiko gaztedi berria, Euzkadi bakarra da gure aberria, "somos la nueva juventud de Euzkadi, Euzkadi es nuestra única patria". Pasaron algunos años, pasaron más palomas sobre nuestras cabezas, y de pronto una tarde lle- garon cientos de guardias civiles y comenzaron a registrar todas las casas y a patrullar por los mon- tes. La noticia se extendió enseguida: habían matado a un guardia civil de tráfico,.allí cerca, en Villa- bona, a unos cuatro kilómetros de donde vivíamos. Luego, los acontecimientos se precipitaron: los 15 autores del atentado fueron localizados, y Txabi Etxeberrieta murió. Su compañero, Sarasketa, fue detenido. Dijeron que un teniente, enfrentándose a sus propios hombres, le había salvado la vida. Algo después, la carretera apareció regada de octavillas. Pésimamente impreso, el texto decía: "Ante tanto sensacionalismo y tanta información tendenciosa por parte del aparato informa- dor fascista-capitalista, ETA sale al paso para dar a conocer en lo posible al pueblo la muerte de Xabier Etxebarrieta. Txabi Etxebarrieta fue asesinado en Tolosa, no cabe duda alguna. Los testigos presenciales, las quemaduras de la camisa y la autopsia efectuada así lo confirman. Los mante- nedores del Orden Capitalista muestran sus métodos: TXABI ETXEBERRIETA fue sacado del coche y sin tan siquiera pedirle la documentación fue esposado, colocado junto a la pared y muer- to de un tiro en le corazón, a quemarropa( ... )". Aquel año, 1968, cambió la historia política vasca. Toda nuestra ideología anterior debía su existencia a lo ocurrido antes y durante la guerra, y era sobre todo un reflejo, el último brillo de la exposición de 1936; pero el tiempo no había pasado en balde y algunos vascos menos jóvenes e inocentes que nosotros; que sabían quién era el Che, y que conocían las teorías anti-colonialistas de Franz Fanon o Lenin, ya veían la cuestión de una forma diferente. De hecho, ya habían creado una organizacón, una Resistencia Vasca que pronto tomaría el nombre de ETA. Aquella Resisten- cia, según nos fuimos enterando por los panfletos que se difundieron tras lo de Etxeberrieta, tenía miembros en la cárcel, y disponía de un medio de expresión, una revista clandestina, Zutik, en la que ya se hablaba abiertamente de la Revolución Vasca: "La Revolución Vasca es el proceso que debe realizar el cambio radical de las estructuras políti- cas, socio-económicas, en Euzkadi, por medio de la aplicación de una estrategia justa. No basta una conciencia de clase nacional, puesto que sufrimos tanto las estructuras capitalistas como las imperialistas". En el mismo artículo, se nombraba al PNV diciendo: "Es, hoy por hoy, un partido superado en los dos aspectos: nacional y social". La separación ya estaba hecha, y Euzkadi se convirtió muy pronto en Euskadi. La leve diferencia ortográfica señalaba el comienzo de una nueva andadura. Pero, en el fondo ¿tanto había cambiado la situacíón? No lo sé, aunque tengo la impresión de que, pese a la ortografía, pese también a la agudeza y dramatismo que los problemas alcanzaron a partir de 1968, el esquema de la construcción de Euzkadi o Euskadi siguió siendo el mismo de siempre. Por un lado, una serie de personas que, habiendo entrado en la política por la vía senti- mental o emotiva, estaban empeñadas en convertir el país soñado e idealizado en un país real; sueño e ideal que, además, ahora iban por doble o por triple, puesto que se trataba de construir una patria independiente y socialista por medio sobre todo de la lucha armada; por otro lado, un exterior agresivo, una dictadura fascista que, paradójicamente, por su respuesta brutal a los ata- ques, y por continuar con su negación de todo lo vasco, contribuía más que nadie a esa labor de construcción. Un surrealista hubiera definido la situación como el encuentro en un país pequeño de un Imposible y una Represión. "La respuesta que el fascismo da a nuestras acciones", escribían los teóricos de la lucha armada, "suele ser brutal e indiscriminada, afectando incluso a gente completamente alejada de nuestra organi- zación, y contribuye así a la toma de conciencia por parte de la sociedad vasca. Muchos que no se sen- tían comprometidos con la causa comenzaron a estarlo el día en que fueron apaleados en comisaría". Fueron pasando los años, fueron pasando las palomas sobre nuestras cabezas, y la dialéctica entre Imposible y Represión comenzó a ser preocupante. Un día era una bomba en el monumento a Tellería, aquel autor de la música del Cara al sol; otro era una veintena de detenciones y una trein- tena de palizas en comisaría; otro más, una muerte, de un lado o de otro, o del que se había puesto 16 en medio. Y junto con eso, los panfletos, las teorías, las discusiones internas, las escisiones, las huelgas, las manifestaciones. Y luego, por fin, flotando sobre todo aquello, una duda: ¿Moriría Franco aquel año? ¿Moriría el siguiente? ¿Acabaría la dictadura con la muerte del dictador? No, no moriría aquel año, y tampoco al siguiente: ¿Acaso no era hijo de un alcohólico que había dura- do hasta los noventa y nueve o cien años? Pues esa era la cuestión, que era hijo de longevo y que además no bebía. Pero sí, al fin murió, y de pronto hubo partidos, Parlamento, elecciones generales, Estatuto de Autonomía, Democracia. Cabía pensar que con el cambio de situación también cambiaría la lucha por Euskadi. Pero, muy pronto, con el asesinato de Eduardo Moreno Bergaretxe, Pertur -el diri- gente de ETA que preconizaba la conversión del grupo en partido político-, la cosa quedó clara: la lucha armada continuaría. Y cuando miles de personas apoyaron con su voto esa opción, todos supimos que el problema vasco iba para largo. Imposible y Represión continuarían condicionan- do nuestra vida. A principios de los ochenta, la situación parecía peor que durante los últimos años del fran- quismo. Los atentados, numerosísimos, empezaron a ser indiscriminados, y aquella antigua ETA que, hacia 1970, había escrito una carta a la Guardia Civil afirmando que "comprendía su situa- ción" y sugiriéndoles que abandonaran el Cuerpo, resultaba ahora naif. Por su parte, Represión también endureció su postura. En el 81, o quizás en el 82, ocurrió algo terrible: un militante de ETA murió a causa del castigo inflingido en comisaría. Lo reconocí en cuanto la televisión mostró su imagen: era uno de mis compañeros de escuela. No el que había dicho nik bizia emango nikek Euzkadiren a/de, sino otro que nosotros llamábamos Lasha y cuyo verdadero nombre era José Arregui. Antes de morir había confesado a sus compañeros: latza izan da, "ha sido terrible". Unas palabras muy difíciles de olvidar para los que le conocimos. Ahora estamos en 1995, y ya es posible decir que existe una Euskadi real, mejor incluso de la que muchos soñaron en una época en la que el fenómeno, maravilloso, de recuperación de la len- gua era sencilla y literalmente inimaginable. Sin embargo, sigue habiendo entre nosotros personas que desechando dicha realidad -a la que, con afán despectivo, llaman Vascongadas- exigen aún lo que, según todas las evidencias, la mayoría de las personas que viven en las siete provincias vas- cas no desean. La exigen además con una clase de violencia nueva y con un lenguaje cada vez más metafísico, capaz de inventar lemas como ese Euskal Herria askatu, "liberad a Euskal Herria" que se ve en todas partes. Así que, como tampoco ha desaparecido la tortura y el apoyo a la guerra sucia, Imposible y Represión continúan viviendo en el pequeño país fronterizo, y ya no sabemos muy bien cuál de los dos nos da más miedo. Escribo esto en otoño de 1995. Si me dejara arrastrar por el reflejo retórico pondría punto final diciendo que llegarán muchas palomas, palomas de todos los colores, pero que la blanca, la que tantos esperan, no llegará. Sin embargo, estoy convencido de que existen en Euskadi, y en todos los partidos, en el arco que va desde Herri Batasuna hasta el Partido Popular, políticos inteligentes y de buena voluntad capaces de proponer una salida, y con ese convencimiento cierro esta somera reflexión. 17 LOS BOSQUES DEL TRADUCTOR Como los héroes de los cuentos tradicionales, el traductor que inicia el viaje por las páginas de un libro deberá estar preparado para superar los obstáculos que se le presenten en el camino, y tener además mucho cuidado, un cuidado extra, a la hora de atravesar sus tres bosques: el Lin- güístico, el enmarañado y tupido bosque de las palabras, el Cultural, bosque engañoso y lleno de ecos, y el de la Presión Social, bosque poderoso y vigilante. Traductor que no cuente con la astu- cia de Pulgarcito, traductor que no conseguirá llegar a casa. El primer bosque, el puramente lingüístico, no es excesivamente peligroso. Puede ocurrir, eso sí, que, aun traduciendo bien, respetando incluso todas y cada una de las reglas que podrían ense- ñarse en una hipotética Maravillosa Escuela de Traducción, las palabras se confabulen de tal mane- ra que estropeen el resultado del trabajo. Recuerdo, en este sentido, que en uno de mis libros juve- niles tuvimos que actuar quirúrgicamente ya desde el mismo título, debido a que la exacta traduc- ción del original, Behi ·euskaldun baten memoriak, quedaba en Memorias de una vaca vasca, es decir, que resultaba vacunamente cacofónica. Otro caso similar es el que se le planteó al traductor griego de mi novela El hombre solo. Los nombres de los protagonistas, Jon y Jorre, que en el País Vasco son nombres corrientes, eran un problema en Atenas, porque Jorre, que se pronuncia Xone, suena allí como la segunda persona del singular del imperativo de un verbo que significa meter o zampar. El traductor consideraba inadecuado transcribirlo tal cual, porque podía sonar ridículo, vulgar, raro, hasta con ciertas connotaciones sexuales, y hubo que optar por la solución radical: cambiar de nombre a los protagonistas. Generalizando ahora éstas y otras cuestiones de mi bosque lingüístico particular -experiencia de escritor y traductor, no de lingüista-, yo diría que las lenguas tienen zonas fuertes y zonas dé- biles. La lengua equis, tal o cual lengua, soluciona muy bien alguna de ellas, por ejemplo la zona verbal del pasado; en tanto que otra zona, por ejemplo la de las subordinadas y de las oraciones de complemento directo, no la soluciona tan bien. Por poner un caso, si analizo la cuestión desde mi bilingüismo y comparo las dos lenguas, el vasco o euskera y el español, veo que en -español lo no conjugado, hablando en términos literarios, es una zona débil. Los gerundios del español, por ejemplo, construidos con la terminación -ndo (llorando, cantando, moviendo ... ) resultan extremada- mente monótonos si se comparan con sus iguales en lengua vasca, que lo mismo terminan en -iz que en -ez, -ten, -larik o -ka ... de forma que a la hora de traducir un poema como el titulado Saga- rrondo ttipi bati sehaska kanta (Nana a un pequeño manzano), construído a base de gerundios dife- rentes y fonéticamente muy suaves, el traductor de turno se queda espantado ante un texto que (ando! endo!. .. ) suena como una marcha militar, o casi. En la lengua vasca lo más débil es, desafortunadamente, una zona verbal muy interesante para la narración. Me refiero a ese mecanismo narrativo, tan simple como eficaz, que combina las for- mas del pretérito pluscuamperfecto con las del indefinido y hace que una novela pueda comenzar más o menos así: "El marino entró en la tienda que la viuda tenía en el puerto. Había pasado dos meses en un barco mercante, recorriendo la ruta" ... Es la forma habitual de narrar, y cuando uno lee una narración en lengua española enseguida empieza a ver esos había que abren como un parénte- sis en el pasado y se combinan con los compró, miró, saludó que van marcando las acciones. En vasco existe una posibilidad real de hacer esto, pero el mecanismo narrativo no es tan bueno y ficcionaL El equivalente al pluscuamperfecto no abre el paréntesis tan claramente como el había. El escritor y gramático del siglo XVI Juan de Valdés escribió: "Hay cosas que en una lengua se dicen bien, que en otra no se dicen así de bien". Yo creo que se refería a las zonas fuertes y a 18 las zonas débiles de cada lengua. Y lo mismo el poeta inglés Auden cuando dijo que un mal tra- ductor es el "que parafrasea donde debe ser literal, y al revés". En nuestro ámbito, actúa equivo- cadamente aguel traductor vasco -traductor al euskera-, que intenta ser literal en los pluscuam- perfectos, etc. sin irse a la zona fuerte de los verbos no conjugados; en tanto que el mal traductor español es aquel que, por ejemplo, se empeña en traducir los gerundios fonéticamente suaves del vasco al único y rimbobambante gerundio del castellano. El segundo obstáculo, ese segundo bosque que debe atravesar el traductor y que yo he llama- do cultural, proviene del hecho, conocido por todos los que han tenido cierta experiencia con los libros, de que la traducción no es una operación puramente lingüística, sino, sobre todo, cultural. Es decir, que el traductor trabaja con lo connotativo, las resonancias, la historia de las palabras, los ecos ... El traductor debe realizar, pues, un trasvase: de una cultura a otra, de un país a otro. A veces, el trasvase será también temporal, pues puede darse el caso de que el texto a traducir -el Kalevala finlandés, por ejemplo- sea de algún siglo pasado. Este bosque, ya lo he apuntado al principio, es muy engañoso. Por ejemplo, ¿cómo traducir bien, con toda su resonancia, sentencias como aquella que repite la protagonista de Memorias de una vaca?: "Cuando salí de Balantzategi, cuando salí de aquel caserón, allí dejé enterrado mi cora- zón". Si alguien no le advierte acerca de la canción popular que está debajo de la sentencia -que hace sonreír al lector que, por cultura, sí conoce la clave- el traductor está perdido. Lo mismo podría decirse con respecto a las alegres viudas que aparecen en la novela de Faulkner El sonido y la furia: si el traductor no cuenta con una buena edición crítica de la obra, lo más probable es que nunca llegue a adivinar que se trata de una marca de preservativos. Recuerdo, en este mismo sen- tido, la pésima traducción que los alumnos de una clase de literatura hicieron de uno de los ver- sos del famoso poema de Brecht Preguntas a la historia, poniendo "la maravillosa Atlántida" allí donde el poema original decía: "la fabulosa Atlántida"; desliz que no hubiera sido posible de tener aquellos alumnos más referencias de las que, por falta de cultura, tenían en aquel momento ... No todos los traductores salen bien parados de este bosque. Y no por falta de formación o de conocimiento de lenguas, valores que a un traductor se le suponen, sino por cuestiones de ideo- logía literaria. Si, por ejemplo, un traductor está anclado en el modelo romántico y tiene un con- cepto del creador tan hipertrofiado que se deja impresionar por los escritores que se creen dioses -en España hay seis o siete, creo-, lo más probable es que tenga problemas con el trasvase. Más fácil lo tiene, en mi opinión, el traductor que piensa en sus lectores y actúa con libertad, es decir, cortando esta o aquella frase, añadiendo tal o cual palabra, retocando un párrafo; el traductor que, en definitiva, se siente representante y valedor de la sociedad de llegada, de los lectores que van a leer la novela o el poema en la lengua que él utiliza. En cierta ocasión -tengo este caso por ejem- plar, por eso voy a contarlo-, un amigo mío tuvo la oportunidad de traducir un poema de Chester- ton; precioso, sí, y divertidísimo, en sus dos primeras estrofas, pero horrible y santurrón en la ter- cera y última. "Chesterton, ¿andas por aquí?", preguntó mi amigo a voz en grito. El posibl~ espíritu del escritor no respondió. Mi amigo agarró entonces las tijeras y cercenó el poema dejándolo sin la tercera estrofa. Lo que a él le importaba era el destino del poema. Quería que los lectores dis- frutaran. Y, efectivamente, soy testigo de ello, los lectores del País Vasco y de finales del siglo XX disfrutaron con aquel texto escrito casi cien años antes. Gracias a mi amigo, gracias a que no actuó como un traductor romántico; gracias también a que Chesterton no andaba por allí y pudo así zafarse -cito ya el tercer obstáculo, el tercer bosque- de la Presión Social. 19 La Presión Social sobre la literatura es algo bastante más decisivo de lo que generalmente se confiesa, y para explicar cómo actúa, y a qué me refiero, voy a resumir aquí lo que, según el soció- logo marxista Suskind, ocurrió en Inglaterra hacia mediados del siglo XIX Por lo visto, la socie- dad de bibliotecas públicas de aquel país declaró a través de los periódicos que nunca más iba a aceptar una novela escrita en tres tomos; declaración que sentó como un mazazo entre los que vi- vían de la pluma, ya que la mayoría de ellos -el 80 por ciento para ser exactos- publicaba preci- samente novelas en tres tomos. Pues bien: al año siguiente hubo un tremendo bajón de novelas en tres tomos, y a los dos años ya sólo se publicaron tres; algo después, el año que se cumplió el quin- to aniversario de aquella declaración, el número de novelas de tres tomos era igual a cero. ¿Qué había ocurrido? Sencillamente, que los escritores decidieron ser razonables y prácticos. No sé hasta donde llega la influencia de la Presión Social, pero desde luego va mucho más allá de lo que, en su simplicidad, da a entender la anécdota. Una vez escribí que el género literario es, sobre todo, una manifestación de esa presión; que si los cuentos existen en la forma en que exis- ten, o las novelas. o las obras de teatro, ello se debe a la presencia de un Exterior que, acutando igual que la presión atmosférica, conforma una obra poniéndole condiciones, normas y límites; llevándola hacia tal o cual matriz, hacia tal o cual género. Podemos preguntarnos ahora: ¿cómo se las arreglan los traductores con la Presión Social? Para decirlo rápidamente, la presión sobre ellos suele ser muy fuerte, un obstáculo -el bosque de las miradas vigilantes le hemos llamado- muy dificil de superar. ¿Cómo cortarle una estrofa a un autor que, al contrario que Chesterton, está tan vivo como nosotros? Cortar, cambiar, adaptar, hacer versiones ... sería, insisto en ello, lo natural; pero eso es algo que sólo está al alcance de los que, como yo, traducen sus propios textos. O de los traductores que, como ciertas estrellas france- sas, se sienten representantes de una gran institución literaria y capaces de enmendarle la plana hasta al propio Faulkner, corrigiendo y ordenando su texto comme ilfaut. O de los que, traducien- do obras de género o novelillas de kiosko, es decir, traduciendo obras de autores populares que la institución literaria no defiende, pueden permitirse el lujo de saltarse sistemáticamente todas las descripciones y reducir el texto a puro diálogo; cosa que, dicho sea de paso, ha ocurriod con auto- ras tan famosas como Patricia Highsmith. Resumiendo: la parte creativa de la traducción, la parte líbre, sólo está al alcance de los que, por una razón u otra, logran olvidarse de las miradas vigi- lantes del tercer bosque y trabajar sin demasiada presión. Repito ahora lo que he dicho en las primeras líneas: como los héroes de los cuentos tradicio- nales, el traductor que inicia un viaje por las páginas de un libro debe estar preparado para atrave- sar tres enamarañados, engañosos y poderosos bosques. Traductor que no cuenta con la astucia de Pulgarcito, traductor que no consigue llegar a casa. 20 Branka Kalenié Ramsak Universidad de Ljubljana MANIERISMO EN LA POÉTICA POSTNOVÍSIMA ESPAÑOLA El término manierismo designa la época artística que en la historia del arte enlaza el Renaci- miento con el Barroco; pero también marca una poética, un estilo artístico, ciertos procedimien- tos artísticos y literarios que pueden aparecer antes o después de la época históricamente determi- nada como manierista. Esta segunda definición del término es consecuencia de relaciones particu- lares que el manierismo cultiva hacia la realidad, la tradición y la literatura. De este modo, los temas y los motivos, como también el estilo y la composición manieristas aparecen en varias lite- raturas del siglo XX, tanto en prosa como en poesía. El camino recorrido por la literatura española en los últimos años, se ramifica en varias ver- tientes poéticas, de acuerdo con el posmodernismo que fortifica la pluralidad expresiva. Práctica- mente no se ha abierto ninguna onda nueva, pero se han profundizado las existentes. En la poesía el carácter plural de las últimas generaciones poéticas y la falta de una estética dominante son los tópicos más frecuentemente repetidos por la crítica. Ironizaba Julio Llamazares al respecto en la antología Postnovísimos de Luis Antonio de Villena: "Sorprende comprobar cómo la pasión onanista de los críticos, roto el andamiaje conceptual y pedagó- gico de las tendencias, las generaciones y los grupos, ha llegado al descubrimiento de la diversidad como único denominador común entre los poetas españoles menos viejos. Esto-es: la ausencia de pa- recidos como elemento aglutinador, la inexistencia como sustancia, la negación como afirmación" 1• Ya la generación de los ochenta ha sido calificada generalmente de continuista. Este término no hay que tomarlo como una acusación, aunque la crítica lo ha empleado a veces con connota- ciones negativas2. El nuevo subjetivismo lírico (Andrés Trapiello con Las tradiciones, 1982 y La vida fácil, 1985) o la otra sentimentalidad (con E/jardín extranjero, 1983 de Luis García Montero), el neosurrealismo (prosa poética de Julio Llamazares o De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, 1981 de Blanca Andreu), el culturalismo, el eclecticismo, el prosaísmo (Sobre las circunstancias, 1981 de Juan Antonio Goytisolo) o poesía de sincera elementalidad (Asamblea de máscaras de Mariano Roldán en 1981 3) son sólo algunas entre numerosas vertientes poéticas actuales. Este fragmentarismo podría relacionarse con la cosmovisión (Weltanschauung) descom- puesta de la actualidad. El hombre percibe la realidad existencial por partes desconectadas que luego las proyecta también sobre la realidad literaria. Una de las estéticas postnovísimas es la que entiende la realidad y la tradición de la manera manie- rista y utiliza en sus procesos poéticos los procedimientos que pueden ser calificados de tipo manie- rista. Esos casos engendran actitudes satíricas, irónicas y subversivas, creando de este modo un juego de múltiples perspectivas. Las diversas maneras de modificar o subvertir convenciones y textos tradi- cionales revelan un deseo de los poetas contemporáneos de cuestionar y rehacer la realidad actual. Fernando de Villena declara en el prólogo de su primer libro Pensil de rimas celestes: "Autores de los siglos XVI y XVII buscaron abrigo a la hora de escribir sus deliciosos poemas en la excelsa luz que desprendían (y desprenden) las antorchas (digo cálamos) de aquellos gigantes de la antigüedad: Ovidio, Píndaro, Horacio, Virgilio [ ... ] desde este prólogo y desde las rimas que siguen preconizo un nuevo manierismo, siendo los modelos, no ya unos clásicos tan lejanos como los greco- latinos, sino los no menos dignos escritores españoles de los dorados siglos"4• 21 Algunos poetas reivindican los procedimientos literarios establecidos en el pasado con ironía, a veces hasta el punto de que el pastiche se convierte decididamente en parodia. Utilizan alusiones literarias, imágenes elaboradas, un vocabulario cuidadosamente seleccionado, reviven la métrica clásica -sonetos, liras, silvas-, tan olvidada por las generaciones anteriores. El resultado es un mundo ambiguo, posmoderno, en el que la intensa sensualidad coexiste con su parodia. Umberto Eco resume la actitud básica del posmodernismo: "La respuesta posmoderna a lo moderno consiste en reconocer que el pasado, ya que no se puede realmente destruir, porque su destrucción conduce al silencio, debe ser revisado: pero con ironía, no inocentemente"5. La estéti- ca posmoderna también desmantela críticamente la moralidad del orden establecido y se replantea los moldes poéticos anteriores desde una ambigua actitud paródica que simultáneamente acepta y subvierte sus propios modelos. Este replanteamiento puede encuadrarse en las bases de la pos- modernidad, como reacción frente al arte moderno establecido y agotado, abogando por una reevaluación crítica o metaliteraria de las formas poéticas. Como resultado de esta reexaminación se redescubren las posibilidades de elementos lúdicos en la literatura posmoderna, cruzándose así las mismas fronteras que convencionalmente han venido distiguiendo un arte culto superior de un arte popular de entretenimiento. "Esta tensión generada por la confrontación de la crónica y la metaficción, la representación rea- lista y la auto-reflexividad, historia y formalismo, arte elevado y arte popular, parodia y política es el rasgo que define, en última instancia, la obra posmoderna: una suerte de complicidad y crítica, de reflexividad e historicidad, que inscribe y, a su vez, subvierte las convenciones e ideologías de las fuerzas culturales y sociales dominantes del mundo occidental del siglo XX"6. En las últimas décadas del siglo XX, en una época de transición, ha llegado el momento cuan- do hay que volver hacia el pasado, hacia la tradición, pero no de una manera obligatoria, sino libre y voluntariamente. Una de estas vueltas hacia el pasado en el arte, o sea en la literatura, es tam- bién regreso hacia la poética manierista que ella también surgió en su momento histórico en una sociedad de transición. El manierismo como etapa de transición entre Renacimiento y Barroco (Hauser, 1965; Hatz- feld, 1964), o como concepto ideológico (Curtius, 1961), obligó a los especialistas a replantear el problema de los períodos artísticos. El Manierismo se relaciona estrechamente con el Barroco. Con ellos suelen describirse fenó- menos temporalmente muy cercanos, por eso muchas veces aparecen juntos o incluso se sobreen- tienden. Ernst Robert Curtius en su obra Europiiische Literatur und Lateinisches Mittelalter7 define el manierismo como conjunto de procedimientos estilísticos que proceden de una determinada situación literaria y de una determinada manera de entender la literatura. Según Curtius el manie- rismo aparece cuando una época clásica se encuentra en crisis o en su cenit y se manifiesta como complicación de expresión literaria; los autores no confían en la expresión clara y directa, dudan de la función social de la literatura que por consecuencia se convierte en esotérica y de élite. Por consiguiente, hay que palntearse la pregunta impuesta por sí misma: ¿es aceptable en la historia literaria la idea del ciclismo? o sea, ¿se repite todo el tiempo una misma crisis que se mani- fiesta siempre de la misma manera? René Wellek, a diferencia de Curtius, define el barroco como estilo y también como ideología. Si se considera que el manierismo (o el barroco) puede determinarse como estilo, ya se ha hecho la selección entre lo histórico y lo tipológico en favor de lo tipológico porque es evidente que a lo largo de la historia literaria los estilos se repiten. Si por otra parte se cree que el manierismo (o el barroco) es una ideología, el concepto por el cual se ha decidido es de tipo histórico, porque 22 las ideologías se relacionan con las situaciones socio-históricas, y éstas por su parte son fenómenos únicos que nunca pueden repetirse de una manera exactamente igual. El problema esencial que se plantea no es si el manierismo y el barroco forman dos estilos y dos ideologías, o un estilo y dos ideologías, o una ideología y dos estilos, sino si el manierismo y el barroco corresponden a dos distintas poéticas o a una sola. De acuerdo con lo dicho podríamos concluir de que se trata de dos poéticas diferentes (ver los textos de Heinrich WO!fflin8 y Arnold Hauser9). Los dos períodos comparten algunas semejanzas tanto ideológicas como estilísticas, sin embargo cada período tiene su propia poética - en la poética manierista es importante el con- tenido, mientras que en la barroca cuenta sobre todo el estilo. Según el criterio histórico, es necesario limitar el uso del manierismo y del barroco a los siglos XVI y XVII. Sin embargo, en distintas épocas literarias pueden aparecer estilo, composición, forma, elaboración del contenido, ... manieristas o barrocos. Eso ocurre en el siglo XX, concreta- mente en la época contemporánea del posmodernismo. Por eso, no se puede utilizar el término manierismo, sino hay que recurrir a otros términos: el nuevo manierismo como propone Fernando de Villena, o manera manierista. El Manierismo también tiene que relacionarse con el Renacimiento. En la segunda parte del siglo XVI ocurrieron algunos acontecimientos culturales que afectaron mucho la literatura. Apare- ció el protestantismo y Europa dejó de ser uniforme. Se quebró la imagen geocéntrica del univer- so, entonces la relación entre la literatura y la cosmovisión a partir de entonces ya no fue tan na- tural y autoritaria como en la época de Dante. Una vez quebrados los puntos de referencia firmes en la vida del hombre, éste cae en crisis. Como consecuencia de un profundo cambio que se pro- duce en las más diversas manifestaciones de la vida y del arte, se derrumban muchas certidumbres en las que el hombre se había apoyado hasta aquel entonces. Como la literatura se encuentra en esa sociedad de considerables cambios sin soporte ide- ológico, ella también cae en un vacío, lanzándose a buscar referencias en las fuerzas oscuras e irra- cionales de la existencia humana, inclinándose hacia la negación del arte clásico, hacia las com- plicaciones estilísticas y hacia el jugueteo de todo tipo. En una situación parecida se encuentra también la literatura contemporánea, un poco perdida en la multitud de posibilidades estéticas dentro de una cultura polifacética y en continuo movimiento. Los escritores en tales situaciones siempre reaccionan de un modo parecido y especí- fico. Simplificando sus posturas, es posible decir que mucho más que en las épocas en las que la ideología determina claramente la poética, empiezan a ocuparse de sí mismos y de su propia labor literaria. Por eso reflexionan sobre su propia posición creativa y sobre la función transcedental de la literatura, experimentando con ella y averiguando sus posibilidades expresivas. Las obras literarias en tales condiciones reflexionan mucho sobre la naturaleza de la literatura, sobre sus límites, sus alcances y sus posibilidades. La literatura es consciente de su propio conven- cionalismo que frecuentemente lo desmitifica con distintas técnicas. En breve, las convenciones lite- rarias ya no representan un conjunto de reglas que el escritor, en su ambición de crear una buena obra literaria, tiene que seguirlas sino éstas se convierten en el tema mismo de la obra literaria. Esta inclinación de que la literatura se convierta en metaliteratura, o sea que tome a sí misma como tema literario, es típica para la poética manierista y se manifiesta dentro de las relaciones que la literatura mantiene hacia la tradición, hacia la realidad y hacia sí misma. La tradición se convierte en la poética manierista en un tema importantísimo. Mientras la lite- ratura renacentista tenía una relación afirmativa hacia la tradición, respetando la regla de la imita- ción, a partir de la segunda mitad del siglo XVI la literatura concibe su relación hacia la tradición de 23 un modo incierto, lleno de intertextualidad!O. Tal tipo de relaciones podríamos llamar metatextuali- dad que se manifiesta también en algunos ejemplos de la poesía española postnovísima. Ejemplo: Ni Virgilio, ni Góngora, ni Baudelaire, ni Dante. Un poeta menor en rima consonante O verso casi libre, porque no hay libertad Ni para la belleza ni para la verdad. Que por no traicionar una vieja costumbre De las pródigas noches de mal distinta lumbre, He escuchado igualmente al ruiseñor y al cuervo Por que ningún matiz le faltara a mi acervo, Y que cuando la tarde deja morir su luz Hablo con Rabelais y San Juan de la Cruz 11 . Los escritores manieristas toman en consideración también la relación compleja entre la litera- tura y la realidad, o sea, ·de la realidad en la literatura y de la literariedad en la realidad. La relación entre la realidad y literatura es siempre muy problemática. Aun más en los períodos de transición cuando el papel de la literatura en la realidad es muy indefinido: algunas veces se considera que la realidad es tan ficcional como la literatura, otras que la literatura es tan real como la realidad mis- ma. Cervantes, por ejemplo, en su Don Quijote cuenta la historia de un hombre que mezcla entre sí la realidad y la literatura, que trata de entender la literatura como una verdadera descripción de la realidad y la iguala a la descrita en los libros. El efecto principal de tal mezcla es la relativización tanto de la literatura como de la realidad, se trata de la metarealidad en la literatura. Ejemplo: Del más dulce artificio de la naturaleza Sé decir cómo acaba porque sé cómo empieza, Y aunque mil veces supe de su amargo final No renuncié a los frutos de sus flores del mal, Cuando en mi adolescencia fui precoz jardinero En la cálida sombra de su fruto primero Y más tarde en mi cómplice reino de juventud, Sin seducirme el vicio, seduje a la virtud. Hasta que casi ya sentada la cabeza Supe del artificio hacer naturalezal2. A parte de la relativización de la tradición y de la realidad, la poética manierista problematiza también su propio significado, las posibles interpretaciones del texto. Como en la vida humana se han derrumbado muchísimas certidumbres, -filosóficas, religiosas, ideológicas- que en otros pe- ríodos garantizaban las interpretaciones unánimes, los escritores manieristas y las del nuevo ma- nierismo se dan cuenta de que tanto la literatura anterior como la actual pueden ofrecer distintas interpretaciones, de que no hay explicaciones que sean únicas, exhaustivas y definitivas. Por eso se sienten obligados de dar ciertas instrucciones al lector para que éste no falsifique demasiado el significado estético - a veces discuten sobre el arte en general o sobre determinados aspectos del artel3, a veces presentan su propia interpretación 14• Entonces, la literatura trata a sí misma e intro- duce en su propio terreno la metainterpretación. 24 De las múltiples formas de decir la verdad Acaso yo prefiera la de la ambigüedad. No saber que se dice lo que quizá se ha dicho Si con la voluntad o si con el capricho, Abandonarse al vértigo de buscar la raíz Y encontrar que la savia es cuestión de matiz, Que de lo que se impone como febril presagio No saber lo que es fruto del ingenio o del plagio Y dejar al albur del discreto lector Dónde acaba lo dado por que empiece el autor15. Algunos poetas contemporáneos en su empeño poético del nuevo manierismo parodian los tex- tos de los autores clásicos españoles. Luis García Montero, para describir en su Rimado de ciudad ( 1984) ciertos marginales ambientes urbanos, parte de una nueva versión de las Soledades de Gón- gora; la elegía de Jorge Manrique se transforma en Coplas a la muerte de su colega. Una gran sensi- bilidad ante la· realidad actual, ante los niveles y las formas del discurso poético posmoderno sirve de base a la obra del poeta vasco Jon Juaristi. El título de su Diario del poeta recién cansado ( 1985) recuerda el de Juan Ramón Jiménez. Con su actitud compleja e irónica presenta su poesía en forma de sermones, de nostálgicas obras líricas, de descripciones y de versiones de otros poemas. La sáti- ra literaria y social se combinan magistralmente en el poema La casada infiel, parodiando uno de los romances más sagrados de Federico García Lorca. El protagonista gitano de Lorca se convierte en el poema de Juaristi en un protagonista vasco, el marido en un terrorista de Herri Batasuna y en vez de un costurero el regalo es una "icurriña". Con estos cambios Juaristi por una parte parodia la exagerada afectación del romance lorquiano y por otra el extremismo y terrorismo vasco. Parodiar alusiones literarias clásicas con el fin de revalorar las relaciones sociales es también tema preferido por Ana Rosetti. Sus textos dejan campo abierto en sus interpretaciones, en este sentido posmodernas. Igualmente subversivos son los textos de Amparo Amorós, entre otros su Quevediana ( 1988). El poemario está compuesto de una serie de sonetos que se enfrentan a textos poéticos de Quevedo con el fin de satirizar diversos tipos de la realidad cotidiana y situaciones en las que nos encontramos en nuestra vida diaria: un encuentro literario, un crítico, un autor que tra- baja para una revista, etc. En Soneto burlesco a un Apolo para necias acaloradas Amorós parte del poema satírico de Quevedo A un hombre de gran nariz. El poema es una parodia en varios niveles, de diferentes discuros y convenciones - entre otros, del texto de Quevedo, de la lectura conven- cional de su texto como insinuación sexual, de la poesía de alusiones sexuales en general y en par- ticular de la que es escrita por mujeres. El poema tiene varias lecturas y funciona como un estí- mulo social para las reacciones del lector. Mutatis mutandis es, por lo tanto, el lema válido para toda la literatura de transición, igual en el pasado como en la actualidad. "Todo discurso forma parte de una historia de discursos: todo discurso es la continuación de discur- sos anteriores, la cita explícita o implícita de textos previos. Todo discurso es susceptible, a su vez, de ser injertado en nuevos discursos, de formar parte de una clase de textos, del cuerpo textual de una cultura", afirma Graciela Reyesl6. Esta concepción de la intertextualidad -transtextualidad como la denomina Gérard GenetteIL, condiciona el discurso poético posmoderno, en el que aparecen la alusión, la transcripción, la paro- dia, la citación directa o indirecta. Las imágenes sorprendentes y las notas humorísticas en la poesía producen percepciones agudas de la realidad moderna. Las diversas maneras de modificar convencio- nes y textos clásicos revelan un deseo de los poetas españoles contemporáneos de cuestionar y rehacer la realidad actual. Aunque estilísticamente continuista, la originalidad y el valor de la poesía española postnovísima reside precisamente en esta variedad de temas, formas, tonos y perspectivas poéticos. 25 Notas 1 Luis Antonio de Villena: Postnovísimos, Madrid, Visor 1986. 4 6 7 8 9 La ruptura pos si misma no representa ninguna garantía para la calidad poética. Garcilaso, por ejemplo, rompió con la tradición cancioneril del siglo XV y es un gran poeta, pero también lo son Fray Luis de León o San Juan de la Cruz que continuaron la tradición italianizante. Los últimos versos de su Testamento siguiente critican la ornamentación verbal dominante en la poesía española desde tiempos de los novísimos. Fernando de Villena: Pensil de rimas celestes, Barcelona, Ambito 1980. Umberto Eco: Postcript to The Name ofthe Rose, Orlando, Harcourt 1984, p. 67. Linda Hutcheon: A Poetics of Postmodernism: History, Theory, Fiction, New York & London 1996'. Ernst Robert Curtius: Literatura europea y la Edad Media latina, Madrid, FCE 1995. Heinrich Wiilfílin: Renesansa i barok (Renaissance und Barock), Zagreb, SK 1977. Arnold Hauser: Mannerism, The Crisis ofthe Renaissance and the Origin of Modern Art, London 1965. 10 Julia Kristeva considera que todo texto es como un mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto y cada lenguaje poético debe leerse, por lo menos, como doble. Kristeva, Julia: El texto de la novela, Barcelona, Lumen 1981 2 • 11 Los ejemplos representados son del poeta contemporáneo Francisco Castaño, de su Libro de las maldades, Madrid, Hiperión 1992, p. 17. 12 /bid., p. 19. 13 Por ejemplo, el discurso de actores en Hamlet. 14 El ejemplo extremo es el soneto famoso de Lope de Vega La niña de plata ("Un soneto me manda hacer Violante ... ) como ejemplo ilustrativo de cómo debe componerse un soneto. 15 Francisco Castaño, op. cit., p. 18. 16 Graciela Reyes: Polifonía textual. La citación en el relato literario, Madrid, Gredos 1984, pp. 42-43. 17 Gérard Genette: Palimpsestos. La literatura en segundo grado, Madrid, Taurus 1989. Bibliografia Castaño, Francisco: Libro de las maldades, Madrid, Hiperión 1992 Curtius, Ernst Robert: Literatura europea y la Edad Media latina, Madrid, FCE 1995 De Villena, Luis Antonio: Postnovísimos, Madrid, Visor 1986 De Villena, Fernando: Pensil de rimas celestes, Barcelona, Ambito 1980 Eco, Umberto: Postcript to The Name ofthe Rose, Orlando, Harcourt 1984 Flaker, Aleksandar - Skreb, Zdenko: Stilovi i razdoblja, Zagreb 1964 Genette, Gérard: Palimpsestos. La literatura en segundo grado, Madrid, Taurus 1989 Hauser, Arnold: Mannerism, The Crisis ofthe Renaissance and the Origin of Modern Art, London 1965 Hutcheon, Linda: A Poetics of Postmodernism: History, Theory, Fiction, New York & London 19967 Kalenié Ramsak, Branka: Pos modernismo como fenómeno cultural y literario, Actas del V Congreso "Cultura Europea", Pamplona 1998 Kristeva, Julia: El texto de la novela, Barcelona, Editorial Lumen 1981 Reyes, Graciela: Polifonía textual. La citación en el relato literario, Madrid, Gredos 1984 Wólfflin, Heinrich: Renesansa i barok (Renaissance und Barock), Zagreb, SK 1977 MANIRIZEM V SODOBNI SPANSKI KNJIZEVNOSTI - POETIKA "POSTNOVÍSIMA'' Termin manirizem v zgodovini umetnosti oznacuje obdobje, ki je povezano z renesanso in barokom, vendar oznacuje tudi doloceno poetiko, v knjiievnosti nekatere znacilnosti, ki se lahko pojavijo easovno tudi pred ali po zgodovinskem manieristienem obdobju. V tem primeru nimamo vec opravka z manirizmom temvec z mani- risticnim nacinom obravnavanja knjiievnosti, z maniristicnim odnosom do stvarnosti in do tradicije. V sodobnem postmodernem obdobju, za katerega je znacilna odostnost dominantne umetniSke usmeritve, spogledovanje s preteklostjo in dovzetnost za med seboj povsem razlicne umetniske tendence, se pojavlja tudi novi manirizem. V sodobni spanski knjiievnosti oz. poeziji ga imenujejo poetika "postnovísima". Clanek skusa na primerih iz sodobne spanske poezije izluSCiti nekaj pomembnih znacilnosti maniristicne poetike in opredeliti njen odnos do preteklosti, stvarnosti in umetnosti oz. knji:Zevnosti. 26 Eugenia Sáinz González Santander - Venezia MISOGINIA O MIEDO EN LA PICARESCA FEMENINA l. Introducción La picaresca femenina ha estado siempre relegada a un segundo plano por las novelas de prota- gonista masculino (desde El lazarillo de Tormes hasta el Simplicius Simplicissimus de Grimmel- shausen). Las características principales del género han sido establecidas a partir del Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, pese a la precariedad inherente a un enfoque tan limitado. De hecho, muchos de los rasgos considerados como paradigmáticos del género picaresco y del carácter del pícaro no son aplicables -o al menos, no lo son de un modo absoluto- a la picaresca femenina. Las novelas protagonizadas por mujeres presentan peculiaridades impuestas tanto por el sexo de la protagonista como por la distancia entre autor y narrador autobiográfico. Por ser mujeres, las pícaras tendrán que amoldarse a una sociedad rígidamente patriarcal que las somete a restric- ciones en su afán de movimiento y en sus sueños de realización. A su vez, el desajuste autornarra- dora va a revertir en una fuerte manipulación ideológica de los textos. De ahí que quiera reflexionar a lo largo de este artículo sobre un aspecto muy concreto: el tra- tamiento del ascenso social en la picaresca femenina a través de las siguientes obras: La Pícara Justina del licenciado Francisco López de Ubeda, La Pícara Coraje de H. J. Ch. von Grimmelshau- sen y Mol! Flanders de Daniel Defoe. La primera aparece en 1605 como parodia inmediata de la novela de Mateo Alemán. Justina dice ser una pícara por los cuatro costados, desenvuelta, burlona, mordaz e impenitente; orgullosa de su ascendencia celestinesca y de su matrimonio con Guzmán. En 1670 se publica La pícara Coraje, relato que se desarrolla en el entorno cronológico de la Gue- rra de los Treinta años y que aparece justificado por el afán de venganza de la protagonista, deseosa de pagar con la humillación y la deshonra una burla que le había hecho Simplicius. Mol! Flanders pertenece ya al siglo XVIII (1722). Es una novela vinculada a la tradición de la biografía criminal y marcada por el espíritu capitalista y protestante de la época. Estas tres obras no agotan evidentemente toda la panorámica de la picaresca femenina. Debe- mos tener presente, además, La hija de la Celestina de Jerónimo de Salas Barbadillo ( 1612), La niña de los embustes, Teresa de Manzanares ( 1632) y La garduña de Sevilla y anzuelo de bolsas ( 1642), ambas de Alonso de Castillo Solórzano. Pese a que en esta ocasión no es mi intención ocuparme de dichas obras, creo que las conclusiones son lo suficientemente generales como para aplicarse sin distorsión a todas las novelas de protagonista femenino. Quisiera señalar finalmente que he recurrido a un enfoque crítico enormemente suspicaz: des- confío de la pícara, desconfío del autor como creador de personajes verosímiles y desconfío de las intenciones exclusivamente moralizantes que declara tener en los prólogos y aprovechamientos. Esta metodología de la desconfianza me obliga a tener en cuenta tres aspectos: · logros conseguidos por las pícaras en oposición a los pícaros, · posibilidades efectivas de ascenso social en la época, · tratamiento del tema por parte del autor, es decir, si hay o no desajuste entre realidad y ficción y por qué. 27 Intentaré demostrar que el triunfo de las pícaras en su deseo de medro social a través del mat- rimonio no es más que un recurso literario al servicio de la misoginia de la época y a costa del rea- lismo del relato. Esta distorsión interesada de la realidad a través dé la manipulación narrativa ca- racteriza a las novelas picarescas del siglo XVII, pero no se aprecia con tanta intensidad en Mol! Flanders. 1 2. "¡Válgame Dios! que aún a mí me toca y yo soy alguien." Ambición y movilidad social. Un rasgo esencial del carácter picaresco es la ambición. La vida del pícaro se inicia con una protesta y con una esperanza casi suicida. Su voz es la del insatisfecho y la del inconformista. No acepta una sociedad que le condena por nacimiento y decisión supuestamente divina a la pobreza irremediable y sumisa. No quiere ser pieza de cartón en un enorme "puzzle" que otras manos com- ponen; se niega a ser sujeto de un código civil que no le contempla como persona con derechos, y no quiere pagar tampoco con la frustración de toda una vida las deficiencias de un sistema social que sólo favorece a la nobleza. No tiene vocación de rebelde ni de revolucionario. No aspira a transformar la sociedad sino a integrarse en ella: él, caballero, ella, dama. Cuando la eternidad no tiene fuerza bastante para jus- tificar los grilletes, la vida se convierte en apuesta del yo contra los otros, en reto renovado día a día. Egoísta, materialista y egocéntrico, no cree en la solidaridad, desconfía de todos porque aprende con los desengaños y no sabe lo que significa tener un proyecto en común: "Todos cami- nan a viva quien vence" - comenta Guzmán (pág. 154). Su sueño es personal, intrasferible y soli- tario: cambiarse de lugar en el tablero de juego: ser reina o caballo, mas no peón. Con ese convencimiento de piedra que sólo conceden el hambre y los afanes frustrados, el pí- caro y la pícara creen que pueden ascender, que el haber nacido les da derecho a esperar y desear. No importa cómo. Su objetivo es conseguirlo. Recordemos el esmero con que Guzmán se viste y acicala para presentarse ante las damas como un caballero (libro II, cap. VIII). La misma presun- ción se adivina en el pequeño Pablos que quiere aprender virtud en la escuela (Libro 1, cap. I). A Justina le basta una romería para regresar a Mansilla con nuevas ambiciones: " ... Se me puso en la cabeza salir de aldeana y montañesa y dar de súbito en ciudadana porque yo ya era dama; ya las cosas de Montaña y de Mansilla, que todo es uno, me olían a aceite de alacranes." (pág. 132) Con sólo ocho años, Moll ya tenía bien claro que no había nacido para sirvienta: " ... pues !ay!, para mí, ser dama era poder trabajar por mi cuenta y ganar lo bastante para mantenerme, sin tener que pensar en el horror de ponerme a servir." (pág. 17) Y ante la perspectiva de casarse con un comerciante, no duda en reconocer que no le valía cualquiera. 28 " ... la verdad es que deseaba un comerciante que tuviese también algo de caballero; que cuan- do mi esposo quisiera llevarme a la corte, o al teatro, no resultara grotesco con la espada al cinto, y pareciese tan caballero como cualquier otro hombre; y que no fuera uno de éstos en cuya ropa se advierte siempre la señal de las cintas del delantal y en cuya peluca se nota la hue- lla del sombrero; que cuando llevara la espada pareciese nacido con ella al cinto, y que en su aspecto nada delatase su oficio. Bueno, por fin encontré este anfibio, este cruce que se llama caballero-comerciante." (pág. 68) No menos orgullosa es Coraje, que se enamora siempre de capitanes, tenientes y caballeros, nunca de soldadós rasos. Si en cierta ocasión aceptó por esposo a un mercader fue porque, a pesar de "la vergüenza de tener que pasar de esposa de capitán a cantinera", vislumbraba que el matri- monio sería un buen negocio (pág. 141). El deseo de ser más, de alcanzar un status elevado que comporte honra y riqueza, prestigio y comodidad es el motor que da sentido a la vida de estos pícaros. Su descontento vertido en actos de protesta -algo que hubiera sido insólito en la Edad Media- nos remite a una sociedad en proce- so de cambio. El hecho de que un desharrapado como Guzmán osase reivindicar para sí un puesto distinto al que le había sido otorgado por nacimiento nos demuestra que la antigua estructura estamental, estática y diseñada por Dios, había dejado de ser un ideal de paz unánimemente acep- tado. A ello habían contribuido varios factores: por una parte, el Renacimiento había dejado en los espíritus una secuela de individualismo y autoestima. "Válgame Dios!, que aún a mí me toca y yo soy alguien" -se dice a sí mismo Guzmán. El hombre que descubre su valía y su derecho a existir con dignidad no puede conformarse con la panacea medieval del conformismo y la resignación. La sumisión tantas veces predicada desde el púlpito era la negación misma de ese sentimiento de orgullo y autoestima. 2 Íntimamente vinculada a esta actitud individualista, una burguesía emprendedora y cada vez más prepotente ostentaba por las calles un status comprado con dinero. Para los nuevos burgue- ses era inadmisible la visión idílica de la pobreza como estado preferido de Dios y al tiempo que ellos ganaban poder económico y prestigio, perdía credibilidad el viejo argumento de la legiti- mación divina de la pirámide social. Su ejemplo confirmaba día a día las sospechas de los deshere- dados: la suerte no estaba predestinada. Ambición y dinero: muy atrás ha quedado la sociedad perfecta descrita y defendida por don Juan Manuel en el Libro de los estados. El dinero ha hecho permeables fronteras hasta entonces infranqueables. La naciente sociedad del siglo XVII se caracteriza por el inconformismo, la circu- lación monetaria y la movilidad social. Son interesantes en este sentido las siguientes palabras de Antonio Domínguez Ortiz sobre el estamento de la nobleza: "En el siglo XVI la jerarquía nobiliaria, antes borrosa, se afirmó con el estatuto de la grandeza, la creación en masa de títulos, la burocratización de la concesión de hábitos y la cada vez más marcada diferencia económica entre los caballeros y señores de vasallos, de una parte, y los simples hidalgos, de otra. En el trascurso del siglo XVII las diferencias se acentúan, y a fines del mismo puede advertirse claramente la cesura entre nobles y grandes, que en el futuro serían los únicos que en la consideración del vulgo serían tenidos por nobles, y los caballeros e hidalgos, destinados a fundirse con las clases medias, cuando no a ser proletarios. Aún tardaría en consumarse este fenómeno, pero la trayectoria se apreciaba con toda claridad. De aquí, ante la desvalorización creciente de las categorías nobiliarias inferiores, el afán de conquistar títulos, y como la Corona lo aprovechó para crearse una fuente de ingresos, la contaminación de las categorías nobiliarias por las económicas disoció por completo la teoría de la realidad ... ". (Domínguez Ortiz (1964), pág. 175) Como vemos, la jerarquía nobiliaria estaba experimentando una remodelación dirigida por el dinero. Los hidalgos luchaban por convertirse en caballeros; los caballeros, por alcanzar el hábito o conseguir un título, y los titulados por ser grandes. Si en 1520 había en Castilla veinte grandes y treinta y cinco títulos, a fines del reinado de Felipe 11 se habían convertido en un centenar. 29 Pero la movilidad social no sólo era posible dentro del estamento nobiliario. El dinero también circulaba en el estado llano entre burgueses y pecheros acaudalados, que alcanzaban fácilmente la hidalguía sobornando a jueces y regidores para que falsificasen los padrones:3 " ... el municipio, ganado por las dádivas o el favor, consentía en incluir en la nómina de hidal- gos al que no lo era; muchos extranjeros consiguieron ser admitidos por nobles en Sevilla, tomando primero vecindad en algún pueblecito de sus cercanías, donde no les resultaba dificil convencer a sus regidores." (Domínguez Ortiz (1964), pág. 175). El otro medio, muy común y sencillo, era probar ascendencia montañesa. Bastaba convencer al sacristán para que hiciese un pequeño retoque en los libros de bautismo y casamientos. Como consecuencia, fue tal el aumento del número de nobles que la Corona prohibió la admisión de nuevas demandas. En 1553 Felipe 11 ordenó expresamente la revisión de las hidalguías recientes "para volver sobre las que se habían alcanzado por malos modos." Pero -tal y como señala Dominguez Ortiz-, "ni leyes ni castigos pudieron impedir unos abusos que nacian del espíritu de la época ( ... ) en todas partes, el plebeyo enriquecido hallaba facilidades para introducirse en la hidalguía, y el hidalgo empobrecido dificultades para conservarla" (págs. 176 y 178). De hecho, pese a las órdenes en contra, la misma Corona favoreció el ascenso de muchos plebeyos, pues muy a menudo recurría a la venta de hidalguías (cuyo precio descendió en el siglo XVII de 4000 a 1000 o 2000 ducados e incluso menos) para costearse las guerras. No debieron de ser pocos los que bus- caron el ascenso a través de la milicia: "Las interminables guerras del siglo XVII ofrecieron abundante ocasión a los que buscaban ennoblecerse con sus proezas; a veces se ofreció la hidalguía a los que militaban a caballo a su costa, e incluso a fines de siglo, cuando la vocación guerrera estaba casi perdida, muchos acu- dieron en 1683 a la guerra contra los turcos, combatieron delante de Viena, tomaron parte en el asalto de Buda y volvieron provistos de certificados de sus hazañas, que utilizaron para sus pretensiones de nobleza." (Domínguez Ortiz (1964), págs. 184-185) De esto nos da testimonio Adelhold, uno de los personajes que aparecen en Simplicius Simpli- cissimus: "Cuando se observan las virtudes de probidad de un hombre honrado no pasará lógicamente inadvertido. Tanto más cuanto hoy en día se encuentra gente que habiendo cambiado el arado, la aguja, la lezna y el pastoreo por la espada, han alcanzado, gracias a su comportamiento y valen- tía, llegar más allá de la nobleza ordinaria, hasta el título de conde o barón." (Cap. XVII, pág. 93) Su interlocutor reconoce que todos se alistan con la esperanza del ascenso pues "¿Quién será tan loco que quiera servir en el ejército si no tiene esperanzas de ascender por su buena conducta y ver recompensados sus fieles servicios?" Simplicius, por su parte, habla del "continuo bullir y trepar en este árbol (el de la milicia), porque todos querían estar en los dichosos lugares superiores." Sin embargo, el ascenso no era empresa fácil para los plebeyos debido a los privilegios con que contaba la nobleza: 30 " ... yo puedo ver también -comenta un sargento- que la nobleza nos cierra las puertas para tal o cual dignidad nada más salir del caserón, la nobleza llega a algunos lugares con los que nosotros no podemos ni soñar, aunque hayamos hecho más méritos que muchos nobles que ahora son coroneles. Y lo mismo que entre aldeanos se malogran algunos ingenios nobles por falta de medios para acceder a los estudios, igual hay soldado que envejece con su mosquete al hombro, que podría muy bien mandar un regimiento y prestar valiosos servicios al general en jefe." (Cáp. XVII, pág. 94) De hecho, en el árbol de la milicia soñado por Simplicius, la parte del tronco que separa a los de arriba de los de abajo (obreros, jornaler~s, labriegos ... ) era "un espacio liso, sin ramas, emba- durnado con unas sustancias maravillosas y con el extraño jabón de la mala suerte, de tal modo que nadie, al menos que no fuese de la nobleza, podía trepar por él ni por valentía, destreza o conocimientos, pues estaba más liso y pulido que una columna de mármol o un espejo de acero." Así se explica la utilidad de esas "escaleras de plata llamadas corrupción" que menciona el pícaro (Cap. XVI, págs. 89-90). También Guzmán -recordémoslo- decidió en cierta ocasión alistarse en el ejército "que sólo eso buscaba para salir de congojas". El capitán, creyéndole noble, le estimuló con la perspectiva de un futuro halagüeño: "En Italia es otro mundo y le doi mi palabra de le hacer dar una bandera. Que, aunque es menos de lo que merece, será principio para poder ser acrecentado." (Parte 1, libro 2º, cap. IX, págs. 339-340)4 Por supuesto, nada salió como Guzmanillo esperaba. En cualquier caso, milicia, soborno y compra de hidalguías eran tres puertas abiertas al ascen- so social. Lícita o ilícitamente, por méritos personales o, más frecuentemente, sobornando a regi- dores corruptos, aprovechando la ausencia de padrones en una aldea o convenciendo a un sac- ristán, los plebeyos adinerados se convertían en hidalgos y osaban menospreciar a los hidalgos de linaje. Éstos, empobrecidos por negarse a trabajar en oficios viles, se hundían en una lastimosa situación de desmoralización y desprestigio (buen ejemplo es el caballero de Lázaro). Además, desde el momento en que la hidalguía se hizo algo corriente, perdió también su antigua valoración social. Pensemos que incluso la regenta de una posada como la que aparece en El coloquio de los perros cervantino podía ostentar, orgullosa, su carta de ejecutoria: "Mandó el alguacil que se cubriese y se viniese con él a la cárcel, porque consentía en su casa hombres y mujeres de mal vivir. ¡Aquí fue ello! ¡Aquí sí que fue cuando se aumentaron las voces y creció la confusión!; porque dijo la huéspeda: "Señor alguacil y señor escribano no conmigo tretas, que entrevo toda costura; no conmigo dijes ni poleos; callen la boca y váyanse con Dios ( ... ) porque yo soy mujer honrada y tengo un marido con su carta de ejecutoria, y con a per- penan reí de memoria, con sus colgaderos de plomo, Dios sea loado, y hago este oficio muy limpiamente y sin daño de barras. El arancel tengo clavado donde todo el mundo le vea; y no conmigo cuentos, que, por Dios, que sé despolvorearme." (Cervantes (1989), págs 325-326) Sin embargo, pese a la enorme movilidad registrada desde fines del siglo XVI (muchos plebe- yos convertidos en hidalgos; muchos hidalgos tratados como plebeyos), sería ingenuo pensar que todos pudieron sacar partido de esta situación. Fueron también muchos los que ahogaron sus aspiraciones por falta de medios económicos para costearse la hidalguía. Entre ellos se encontra- ban los pícaros, la sección más inconformista de los pecheros pobres. La novela picaresca -como ha señalado José Antonio Maravall- es la novela de la frustración del medro: "En las condiciones sociales y económicas de los siglos XVI y XVII, ¿les era posible que por algún conducto regular llegaran a acumular riquezas, hasta permitirles mudar de estado, a des- dichados jovenzuelos, pobres por su origen familiar, de padres que por una u otra razón vivían en la infamia, que pesaba sobre ellos la tacha legal del ejercicio de trabajo mecánico, etc.? ¿basta, como afirmaba Luis Mexía, con ponerse a trabajar hasta sudar "para adquirir riqueza para sustentar honra", aunque ésta fuera en los niveles más ínfimos? Indudablemente, no."5 31 El servicio ya no era como antaño. La relación amistosa y paternal que vinculaba al señor con su criado había sido sustituida por un frío contacto, afrentoso y desigual: el trabajo era abundante y los sueldos, escasos. Tras servir durante un año como paje de un cardenal, Guzmán hace la si- guiente reflexión: "Preguntado al cabo dello "¿qué tenéis horro, que se ha ganado?", la respuesta está en la mano: "Señor, sirvo a mercedes, he comido y bebido, en invierno frío, en verano, caliente, poco, malo y tarde. Traigo este vestido que me dieron y no tanto con que me cubriese, cuanto con que sirviese; no para que me abrigase, sino con que los honrase. Hiciéronlo a su gusto y a mi costa; diéronme por mis dineros las colores de su antojo. Lo que habremos medrado en abundancia ha sido resfriados, que no hay hombre que pueda alzar un plato; granos y comezón con que nos entretenemos, y otras cosas de frutillas tales o peores. Cuando el viento corre fresco y alcan- zamos valor de diez o doce cuartos todo en grueso, ha sido de otros tantos pellizcos o bocados de cera que quitamos a la hacha y los vendemos a un zapatero de viejo. El que puede acaudalar un cabo, ya ese tiene patrimonio, hace grandezas, compra pasteles y otras chucherías; mas acaso si en ello lo hallan, en azotes lo paga, que es su juicio." (págs. 410-411) Guzmán también intentará probar suerte en la milicia, pero ya vimos las escasas posibilidades de medro que se le ofrecían al soldado de origen plebeyo. Lo más probable es que regresase roto, cansado, miserable, viejo, enfermo y desilusionado o que, en el peor de los casos, ni siquiera regre- sase. Las honras -comentaba el sargento de Simplicius- estaban reservadas a la nobleza: " ... murmuramos de la corta mano de los hombres valerosos y cuán abatida estaba la milicia, qué poco se remuneraban servicios, qué poca verdad informaban dellos algunos ministros, por sus propios intereses ... " (pág. 338) Así las cosas, al pícaro sólo le queda una salida: el trabajo, pero es ingrato, mina el orgullo y ata con cadenas a la pobreza. Por eso, sólo se rebajará a trabajar en casos de extrema necesidad. Rinconete, Cortadillo y Guzmán fueron durante algún tiempo esportilleros y éste último trabajó también como mozo de ventero. Sin embargo, las apariencias le preocupan más que el hambre. Tiene muy claro que antes de trabajar, prefiere mendigar. "Siendo aquella para mí una vida descansada, nunca me pareció bien, y menos para mis inten- tos. Porque, al fin, era mozo de ventero, que es peor que de ciego. Estaba en camino pasajero: no quisiera ser allí hallado y en aquel oficio, por mil vidas que perdiera. Pasaban mozuelos cami- nantes de mi edad y talle, más y menos, unos con dinerillos, otros pidiendo limosna. Dije: "Pues, pese a tal, ¿he de ser más cobarde o para menos que todos? Pues no me pienso perder en pusiláni- me." (pág. 257) Su reacción era lógica. Por pícaro que sea, ha nacido con alma de caballero y aspira a un sta- tus que le permita llevar una vida ociosa y acomodada. Trabajar en una venta es una ofensa a su dignidad. Pero la distancia entre propósitos y posibilidades es demasiado profunda; la frustración, inevitable, y ésta genera un odio tan intenso como las ilusiones deshechas. Los pícaros están atra- pados en la miseria, en la marginalidad. Su libertad era también un sueño. Se engañaron ... Recor- demos al Guzmán que se encaminaba a la corte madrileña cargado de esperanzas y proyectos (parte primera, libro 11, cap. 1 y 11): 32 "Parecióme que por mi persona y talle todos me favorecerían y allá llegado anduvieran a puñadas haciendo diligencia sobre quién me llevara consigo." La realidad fue muy distinta; el desengaño, inmediato: "¡Cuánto distan las obras de los pensamientos! ¡Qué hecho, qué frito, qué guisado, qué fácil es todo al que piensa; qué dificultoso al que obra! ... ¡Qué bien se disponen las cosas de noche a escuras con el almohada! Cómo saliendo el sol al punto las deshace como a la flaca niebla en el estío! ... Fueron castíllos en arena, fantásticas quimeras. Apenas me vestí, que todo estaba en tierra. Tenía trazadas muchas cosas: ninguna salió cierta, antes al revés y de todo punto con- traria. Todo fue vano, todo mentira, todo ilusión, todo falso y engaño de la imaginación, todo cisco y carbón, como tesoro de duende." (págs. 250-251) Tras la frustración, la rabia, y tras la rabia, la delincuencia: "Viéndome tan despedazado, aunque procuré buscar a quien servir, acreditándome con bue- nas palabras, ninguno se aseguraba de mis obras malas ni quería meterme dentro de casa en su servicio, porque estaba muy asqueroso y desmantelado. Creyeron ser algún pícaro ladroncillo que los había de robar y acogerme. Viéndome perdido, comencé a tratar el oficio de la florida picardía. La vergüenza que tuve de volverme, perdíla por los caminos ... " (pág. 258) Como hemos visto, la inestabilidad social ofrecía numerosas posibilidades de medro, pero todas estaban vedadas a los pícaros. ¿Estaban sus compañeras en la misma situación? ¿podemos establecer diferencias entre la picaresca masculina y la femenina? ¿cómo se desenvuelven las pícaras en la sociedad patriarcal y endocéntrica del siglo XVII? ¿Son relatados sus afanes con el mismo realismo? y, en última instancia, ¿qué probabilidades tenía una mujer real de que sus ambi- ciones se cumpliesen y en qué medida se reflejan éstas en los textos? Las preguntas, como vemos, se acumulan: vale la pena ir en busca de respuestas. 3. La ambición de la pícara En primer lugar, hombres y mujeres coincidían en sus sueños (prestigio, riqueza), pero no con- taban con los mismos medios. Él era libre, podía aspirar a honras militares, a enriquecerse en el comercio si tenía vocación burguesa a a adquirir una hidalguía si contaba con el capital suficiente. La mujer, sin embargo, no era dueña de sí misma, pasaba del poder del padre o del hermano al del marido y no le quedaba más salida que la de rezar para que el primero no errase demasiado en la elección de su futuro esposo. 6 Si era de origen noble, su ideal sería un caballero con hábito, un Título o, por qué no, un Grande de España. Si pertenecía a una familia burguesa acomodada, podría aspirar a un hidalgo acaudalado o a un caballero de prestigio. En cualquier caso, si era her- mosa (aunque no demasiado), casta, sumisa, obediente, virtuosa y, sobre todo, si podía ofrecer una dote cuantiosa, al padre no le resultaría dificil encontrar un buen partido entre los numerosos pre- tendientes que la solicitarían. La recién casada podía y debía estar contenta y satisfecha porque había aumentado la honra familiar y se había casado por encima de su clase. El amor era lo de menos en una sociedad que consideraba el matrimonio un mero contrato económico. De hecho, un moralista tan sobresaliente como Juan Luis Vives piensa que no se deben hacer matrimonios "por vías de amores, ni con tan frágiles nudos atar tan gran carga." La incidencia del dinero en la deshumanización de las relaciones interpersonales se hará, si cabe, más dramática con el estable- cimiento de la ideología capitalista y del mercado. El testimonio de Moll es conmovedor: "La experiencia no tardó en enseñarme una cosa:( ... ) que los matrimonios aquí eran el resul- tado de una serie de hábiles cálculos para hacerse con un capital o para ampliar un negocio, y que el amor, o bien no contaba o contaba muy poco. Que, como había dicho mi cuñada de Colchester, la belleza, el ingenio, los buenos modales, la discreción, el buen carácter, la buena crianza, la virtud, la piedad, o cualquier otra de estas cualidades, ya fueran físicas, ya morales, no daban más valor a una mujer; que sólo el dinero hacía atractivas a las mujeres; que ciertamente, los hombres elegían sus amantes dejándose lle- 33 var por su inclinación, y que una ramera debía ser hermosa, tener buena figura, un porte agrad- able y un trato cortés; pero que tratándose de una esposa, ninguna deformidad resultaría repe- lente, ningún vicio haría cambiar de opinión; el dinero era lo importante; la dote nunca era encorvada ni rnostruosarnente fea, sino que el dinero era agradable siempre, fuese corno fuese la esposa." (pág. 76)7 Pese a todo, el matrimonio podía ser para la mujer una vía de ascenso social y de enriqueci- miento (era, de hecho, la única que tenía en una sociedad fuertemente patriarcal y antiferninista). Para una familia noble, pero empobrecida, no sería nada desdeñable que la hija se casara con un burgués acaudalado; y viceversa, una familia burguesa acomodada no vería con malos ojos a un pretendiente noble, aunque fuese pobre, porque el casamiento aumentaba el prestigio familiar (hubiera sido el caso de Calisto y Melibea si no hubiesen muerto prematuramente). Ahora bien, casarse no era siempre tan sencillo. Si se retrasaba el matrimonio, las consecuen- cias eran desatrosas para la mujer. Una doncella de veinticuatro años y sin perspectivas cercanas de boda debía pensar seriamente en la opción de la vida conventual. Por otro lado, nada había más frágil y vulnerable que una mujer viuda: sin la protección del marido, incapaz de ganarse la vida por sí misma y sometida a la mirada escudriñadora de una sociedad preparada para criticar y cen- surar la más mínima señal de deshonestidad (la mujer es como una pared blanca sobre la que cualquiera se cree con derecho a escribir -diría sor Juana): "Si una viuda sale de casa, la juzgan por deshonesta; si no quiere salir de casa, piérdesele su hacienda; si se ríe un poco, nótanla de liviana; si nunca se ríe, dicen que es hipócrita; si va a la Iglesia, nótanla de andariega; si no va a la iglesia, dicen que es a su marido ingrata; anda mal vestida, nótanla de extremada; si tiene la ropa limpia, dicen que se cansa ya de ser viuda; si es esquiva, nótanla de presuntuosa; si es conversable, luego es la sospecha en la casa; finalmente digo, que las desdichadas viudas hallan a mil que juzquen sus vidas, y no hallan uno que reme- die sus penas."8 Sin embargo, si nos introducimos en el mundo picaresco, observamos que las pícaras tienen una ventaja sobre las demás mujeres de la época: pueden elegir al hombre al que desean someterse e, incluso, pueden llegar a desempeñar el rol masculino en la relación de pareja. Carecen de padres y de hermanos que las obliguen o, si los tienen, como Justina, saben burlar su autoridad. De hecho, frente al reincidente fracaso de los pícaros, sus compañeras de aventuras consiguen a menudo ma- trimonios ventajosos que les permiten ascender de forma inmediata en la escala social. Manejan con habilidad a los varones porque conocen el tipo de mujer que les gusta y saben representarlo a la perfección: casta, callada, honrada, obediente y con dinero. Son bellas, arteras, astutas, expertas fingidoras, crueles con los pretendientes incómodos, es decir, pobres; dulces y seductoras con los enamorados de prestigio. Gracias a su hermosura, su astucia y sus artes innatas para el engaño y la seducción consiguen lo que nunca lograron los pícaros: el ascenso social y con él, el prestigio y la holgura económica. Pese a su dudosa reputación, Coraje cuenta entre sus esposos a cuatro capitanes y un teniente. Este último fue elegido por su rango y apostura entre numerosos rivales: 34 "Tras esta batalla obtuve más enamorados que antes, y puesto que con mi marido había tenido mejores días que noches, máxime cuando desde su muerte guardaba ayuno en contra de mi voluntad, he aquí que decidí reparar tanta abstiencia eligiendo yo misma, así que me prometí a un teniente que, según mi parecer, superaba a los otros rivales en apostura, juventud, inteligen- cia y audacia. Era italiano por nacimiento, de los de negra cabellera pero de piel clara, y a mis ojos tan hermoso que ningún pintor lo habría podido pintar más bello. Me profesaba una sumi- sión casi como un perrillo -hasta que no me hubo lamido- y cuando obtuvo de mí por fin el sí, manifestó tamaño regocijo como si Dios le hubiese regalado el mundo entero. En palacio nos desposamos y tuvimos el honor de que asistieran el coronel y los más altos oficiales, que nos desearon -por cierto en vano- mucha felicidad y un matrimonio duradero." (pág. 103) Ningún hombre es capaz de descubrir sus artimañas embaucadoras: "Me visitaba por aquél entonces un caballero que me agradaba sobremanera, decidido y acau- dalado. Hacia él lancé mis redes y no descuidé ninguno de mis engaños hasta que no lo tuve en mi lazo y enamorado a mis pies hasta el punto de que le podía hacer comer de mi mano sin reparo por su parte. Me prometió, por que le llevasen los diablos, que se casaría conmigo ... " (pág. 135) Y lo mismo le sucedió al capitán de Bragoditz: "Yo, por mi parte, sabía dármelas de casta, con tan buen oficio, que él apuraba haciéndome ver su desesperación." (pág. 119) La pícara Justina confiesa haber tenido numerosos pretendientes, pero todos eran como el hijo de la lavandera o el tornero Maximiliano, "amantes campanudos que hacen apariencias y no ofre- cen"; de ahí que tras rechazar a muchos de estos enamorados importunos e insignificantes, Justi- na se desposase con un hombre de armas, pobre pero hidalgo: "Tres cosas he dicho que rinden a una mujer: interés, presunción e importunidad. Interés, no dudes que le hubo, pues sin quien me amparara, ni mi sentencia era sentencia ni mi hacienda fuera mía. Mi presunción no era poca, pues casando con hijo de algo, había de salir de la nada en que me crié." (págs. 306-307) Finalmente, también Moll consigue casarse ventajosamente en varias ocasiones. Recordemos al hermano menor de los Colchester, de quien, sin embargo, no estaba enamorada, o al banquero londinense, "hombre apacible, comprensivo, de buen natural; virtuoso, modesto, sincero y honra- do y laborioso en sus negocios." (pág. 210). Una sortija de diamantes y cinco años de sosiego, despreocupación económica y consideración social fueron la prueba de su amor por ella. Como vemos, el devenir aventurero del pícaro está siempre marcado por el hambre, la miseria y la desilusión. La pícara, por el contrario, burla las fronteras de la marginalidad y asciende en la pirámide social mediante una estrategia matrimonial sabiamente trazada. El pícaro nunca deja de ser pícaro. La pícara se convierte en señora. Si es así, la deducción que se desprende de la novela picaresca es obvia: el matrimonio, en manos de una mujer inteligente, es un arma peligrosa capaz de corroer los muros de la estratificación social y superar, así, desniveles de clase insalvables para el varón. La pícara resulta ser un factor de inestabilidad social mucho más potente que su com- pañero, puesto que sus sueños ilegítimos de ambición pueden llegar a hacerse efectivos. Ahora bien, si nos conformamos con esta primera lectura, es muy probable que nos estemos dejando engañar. Debemos ser menos crédulos y más supicaces, leer en los huecos que dejan las palabras y preguntarnos si, efectivamente, el mundo literario de la picaresca femenina tenía su paralelo en el mundo real. ¿En la sociedad patriarcal del siglo XVII, los deseos de medro de la pícara se unían a posibilidades reales para cambiar de estado? ¿Estaba el pícaro en desventaja respecto a la pícara? Creo que no; que entre novela y realidad se ha producido un desajuste o desplazamiento, y que este desplazamiento ha sido deliberadamente provocado por los autores. Ningún hombre se hubiera casado con una doncella desconocida sin estar absolutamente seguro de que cumplía los 35 requisitos exigidos a una buena esposa en cuanto a carácter, educación, antecedentes familiares y cuantía de la dote. Todavía en el siglo XVIII, Moll Flanders se quejaba de que los hombres podían pedir todo tipo de antecedentes en torno a la mujer escogida, mientras que ésta debía hacer un acto de fe sobre la honestidad de su futuro esposo: " ... me di cuenta-comenta Moll con enojo- de que los hombres no tenían ningún escrúpulo en mostrarse tal cual eran, y en convertirse en cazadores de dotes, que así los llaman, cuando en realidad ni tenían fortuna semejante a Ja que pretendían conseguir, ni eran acreedores a ella por sus méritos; y que Ja cosa llegó a tales extremos que a una mujer ya casi no le estaba per- mitido hacer averiguaciones acerca del carácter o de Ja posición de la persona que aspiraba a su mano. De esto tuve un buen ejemplo en una joven de una casa vecina a la mía ... Yo Je di la razón y califiqué de ruin Ja conducta de él; Je dije que yo, aun siendo tan pobre como era, hubiese des- preciado a un hombre capaz de pensar que debía aceptarle sin más recomendación que Ja suya propia, sin que tuviese Ja libertad de informarme por mí misma acerca de su fortuna y de su carácter ... " (pág. 77) Es cierto que para la mujer del Barroco, el único medio de liberarse de la tutela del padre y de adquirir un status más elevado pasaba por el matrimonio y de que éste era, por tanto, el sueño de todas las féminas. De hecho, los libros de doctrina de la época sólo reconocen dos estados posi- bles para la mujer: el matrimonio y el convento. Esto significa que las mujeres podían ser donce- llas, casadas, viudas y monjas. Sin embargo, esta enumeración no es completa porque únicamente hace referencia a las mu- jeres integradas socialmente: hijas de campesinos, burgueses y nobles a quienes iban dirigidos los consejos y reconvenciones de Vives, Erasmo, Mexía, Fray Luis, Guevara y demás moralistas reco- nocidos. Aunque hablasen en las iglesias con mancebos opuestos y se asomasen a las ventanas para observar a los transeúntes, aunque participasen con sus comentarios en las tertulias, usasen corpiños escotados y se maquillasen el rostro, estas doncellas rebeldes y despreocupadas se casarían, tendrían hijos, se ocuparían mejor o peor de las labores domésticas y aceptarían, en definitiva, la autoridad de sus maridos. Las que sentían vocación religiosa, las viudas jóvenes y las eternas solteras veinteañeras acabarían recibiendo los hábitos monjiles. Entre los muros del con- vento, la rebeldía, si la hubo, se asfixiaba pronto o -en el peor de los casos- quedaba oculta. Ahora bien, además del matrimonio y el convento -las dos únicas salidas "profesionales" de las mujeres virtuosas- había un tercer estado que aglutinaba a doncellas y dueñas no tan hones- tas ni de tan claro origen: la prostitución. A él pertenecían alcahuetas como la vieja Celestina y rameras como Areusa y Elicia, como La Pericona, La Repulida, La Pizpireta y La Mostrenca, mozas del vivir alegre retratadas por Rojas (La Celestina) y Cervantes (El rufián viudo llamado Trámpagos). ¿Tenemos alguna razón para excluir de esta lista a Justina y Coraje? Creo que no. Aunque Justina no lo reconozca nunca, son numerosas las alusiones más o menos encubiertas a su verdadera condición. Ella misma gusta de llamarse "hija de Celestina", admira con pasión a su madre, ramera experimentada, cuando escribe sus memorias está completamente calva a con- secuencia de unas bubas producidas por el "mal francés" y al principio se define a sí misma con "seis nombres de p": pícara, pobre, poca vergüenza, plana y pelada." El último lo pone el lector. Finalmente, refranes como "ir rromera i volver rramera" o "la liebre búscala en el cantón i la puta en el mesón" nos confirman que, para los españoles del siglo de Oro, mesonera y prostituta, romera y ramera eran parejas sinónimas.9 36 Coraje, por su parte, no tiene ningún escrúpulo en confesar al lector de dónde provienen sus ahorros: "Comenzaba por momentos a sentir la presencia del hambre, lo que me convenció sin dificultad para que me pusiera al punto de ganarme el pienso diario con el nocturno bregar." (pág. 134) Y en otro momento comenta con descaro: " ... decidí confesarle a mi marido todas las andanzas de mi vida ... salvo los episodios de ram- era que había vivido aquí y allá ... " (pág. 120) Pues bien, es absolutamente inverosímil que una ramera del siglo XVII considerase la posibi- lidad de casarse. Mucho más inverosímil es que aspire a un matrimonio ventajoso y que lo logre. Si sólo por el hecho de demorarse en el camino de ida y vuelta a la iglesia, una mujer honrada era tachada de callejera y libertina con el consiguiente desprestigio que esto significaba para su honor y el de su familia, mujeres como Justina y Coraje, andariegas, independientes, posesivas, charla- tanas, sensuales y decididas, serían inmediata y definitivamente condenadas. Ningún varón, ni siquiera el más plebeyo entre los plebeyos, las miraría como posibles esposas: "no kompres asno de rrekuero, ni te kases con hija de mesonero" - sentencia el refrán. Si volvemos ahora sobre los textos, comprobaremos que éstos no soportan una lectura deteni- da y crítica. 4. La inverosimilitud del relato picaresco femenino. Coraje se casa nada menos que siete veces, pese a que nunca le abandona su fama de con- quistadora de hombres. Vaya donde vaya, su apodo la persigue, prueba de que sus conquistas mili- tares y sexuales estaban muy difundidas entre los soldados: " ... no llevaba apenas un mes en aquel ejército cuando fui a toparme con algunos oficiales que no sólo me habían conocido en Viena, sino que además habían tenido conmigo buenas confi- dencias. Sin embargo, fueron muy discretos por no hacer escándalo ni de mi honra ni de la suya. Circulaba por ahí, debo decirlo, un pequeño rumor, que no me produjo, sin embargo, el menor atisbo de preocupación, salvo el de tener que seguir soportando el nombre de Coraje." (pág. 100) Y más adelante: " ... tal como me ocurriese en Viena, tampoco pude aquí deshacerme del nombre de Coraje, aunque era, de entre mis cosas, la que hubiera cedido por el más módico precio." (pág. 115) Cuando piensa en la posibilidad de cambiar de sexo, se resigna al reconocer que "demasiados testigos hubieran desmentido mi farsa" (pág. 113 ), y en otra ocasión confiesa que "unos y otros decían de mí que era el mismo diablo en persona", caracterización, sin duda, muy poco adecuada para una esposa. De hecho, muchos hombres llegaron a esquivarla e incluso a huida: "Quédatela tú, que para mí no la quiero" -comentaban, temerosos de caer en sus redes. Ella misma reconoce a veces la ineficacia de sus artes porque "mi fama era conocida por doquier": " ... entre los oficiales ... ninguno había que quisiera casarse conmigo, ya fuera porque se aver- gonzaban de mí en el augurio de desgracias, habiendo causado tanto perjuicio a mis maridos anteriores. Los había incluso, desconozco por qué razón, que me tenían miedo." (pág. 113) Pues bien, a la hora de la verdad, nada de esto parece tener relevancia. Tras enviudar de su primer capitán, Coraje no tarda en encontrar un sustituto: 37 "Como el caballero, esclavo mío e inundado de amor, no podía soportar la demora de nues- tro casamiento, nos desposamos sin más, antes de que pudiese llegar a saber cómo había con- seguido la Coraje todo aquel µinero, que no era pequeña cantidad." (pág. 100) Tampoco el tercer capitán escuchó ningún comentario sobre la dudosa reputación de su prometida ni se preguntó de dónde procedían los mil talegos que Coraje, mujer viuda y huérfana, aportaba al matrimonio. Era tanta la ingenuidad y bondad del noble capitán que cuanto más fama adquiría Coraje como prostituta, más angelical y pura la juzgaba (cap. X). Finalmente, ¿qué caballero en su sano juicio aceptaría casarse con una mujer violada por todo un regimiento? ¿Son acaso los oficiales con que topa la protagonista los únicos hombres del siglo XVII que toleran el adulterio femenino? Desde luego, los apasionados sentimientos amorosos de los varones no nos merecen ninguna credibilidad en una sociedad materialista y cruda como la de Coraje. Las ridículas declaraciones de amor cortés más bien parecen guiños jocosos del autor divertido a un lector cómplice. Efecti- vamente, creo que el amor en la picaresca femenina barroca es un mero recurso literario intro- ducido con dos funciones: por un lado, divertir y entretener; por otro, sustentar una verosimilitud endeble y justificar -al menos, aparentemente- esta larga retahila de matrimonios descabellados. La inverosimilitud llega a tal extremo que el propio Grimmelshausen (a través de la pícara) se atreve a ironizar en cierta ocasión sobre la sorprendente suerte de su personaje: " ... mi experiencia y buen hacer me permitieron atrapar una vez más a un capitán, esta vez del ejército de Gallas, el cual se casó conmigo como si fuera de Praga la obligación, o quizá cuali- dad suya, el procurarme maridos, y en concreto, capitanes." (págs. 181-182) Esta coletilla final de Coraje más bien parece el comentario inevitable y risueño de un autor consciente de su exageración, pero satisfecho del resultado: de la imagen desvergonzada y desen- vuelta de su antiheroina. De hecho, es tan llamativa la inverosimilitud que provoca fácilmente la hilaridad. Por pazgüato que fuese el mosquetero, por enamorado que estuviese (bien sabemos lo poco que importaba el amor en los contratos matrimoniales), es inconcebible que aceptase las seis cláusulas de obediencia y sumisión que le impuso la ambiciosa y altiva Coraje: 38 "Tan lejos llegué con mi galán, que acordé con él las condiciones siguientes y le hice prome- ter cumplirlas. En primer lugar, debía abandonar su regimiento, porque de otro modo no podía servirme y yo no estaba dispuesta a ser mosquetera. En segundo lugar, debía vivir conmigo y demostrar siempre, como hacen los esposos de ver- dad, amor y fidelidad a su esposa, lo cual es su obligación, y yo, por mi parte, haría lo mismo con él. En tercer lugar, este matrimonio no sería, sín embargo, confirmado ante la Iglesia, no sien- do que quedase preñada.9 En cuarto lugar, tendría yo hasta entonces la potestad no sólo sobre las cosas, sino también sobre mi propio cuerpo y sobre los criados y, del mismo modo que el hombre ostenta poder sobre la mujer, así haría yo con él. En quinto lugar, y por todo lo dicho, no le sería posible prohibirme ní privarme de nada, ni mucho menos mirarme con malos ojos cuando conversase con otros hombres, o me permitiese hacer lo que de constumbre llena de celos al marido. Y en sexto lugar, puesto que era mi intención dedicarme al comercio, debería ser él quien apareciese como cabeza del negocio y mostrarse activo al frente de éste como celoso y eficiente comerciante, tanto de día como de noche, mas otorgándome pleno poder sobre el dinero y soportando con obediencia cambios y rectificaciones cuando quisiese reprenderle por algún descuido. En resumidas cuentas, debía ser considerado y tratado por todos como el dueño y ostentar tal título y distinción, pero guardándome siempre la mencionada obediencia." (págs. 144-145) Ninguna mujer se atrevería a tanto en el siglo XVII y ningún hombre admitiría una tiranía semejante. Es evidente, por tanto, que estos matrimonios no se hubieran celebrado en el mundo real. ¿Qué consideración social podía merecer una viuda que se dedicaba al pillaje y a "otros me- nesteres" muy poco honestos? Su carácter era arisco, ladino, descarado y dominante; su forma de hablar, grosera y despreciativa: " ... el verdugo era mi padre y su viejo penco (su venerable señora, quiero decir) era como mi madre." " ... hice volver en si a mi pelanas (a mi esposo, quiero decir) ... " "Puesto que de esta manera volvía a tener dos asnos, decidí cuidarlos con el mayor esmero, para que cada uno pudiera cumplir su tarea lo mejor posible." (págs. 158, 106 y 193 respecti- vamente) No se queda atrás Justina. Es lasciva, libertina, maliciosa, atrevida y deslenguada. Su expresión es desgarrada, hiriente y ofensiva. Así responde al estudiante burlado: "¿Por los dientes me cuenta el alma? Bien parece que le mordí. Por lo menos sabe que soy viva, porque muerdo. Con salud lo cuente, y sea tanta que le reviente por los ijares." (pág. 177) En la primera romería aparece con un vestido escotado y llamativo que revela su condición de buscona y causa el efecto deseado entre la concurrencia masculina: "Llevaba un rosario de coral muy gordo ... Mis cuerpos bajos, que servían de balcón a una camisa de pechos ... Una saya colorada, con que parecía cualque pimiento de Indias ... un brial de color turquí, sobre el cual caían a plomo borlas, cuentas y sartas ... Mas si los hombres mordieran con los ojos, según fingieron los argótides, ¿qué de tiras llevara mi saya?" (pág. 94) A partir de este momento, Justina se va a esforzar por hacerse conocida entre los hombres por sus burlas y engaños. Su venganza al estudiante burlado se hace famosa en todo León y la broma cruel que tuvo que padecer el bachiller melado debió de extenderse por toda Mansilla. Con una reputación tan consolidada, es imposible que tuviese la oportunidad de rechazar a tantos preten- dientes enamorados.!! Tras la relectura de ambos relatos, no cabe la menor duda de que la novela picaresca femeni- na del siglo XVII nos sumerge en una ficción muy lejana de la realidad. Frente al realismo de la novela picaresca masculina, que nos presenta a un pícaro atrapado irremisiblemente en la margi- nalidad, incapaz de aprovechar las abundantes posibilidades de ascenso social que ofrecía la época, la picaresca femenina nos entrega la vida de unas pícaras triunfadoras que convierten el matrimonio en una estrategia exitosa de enriquecimiento. Sabemos, sin embargo, que la mujer real del barroco estaba en una situación mucho más difícil que la del varón, puesto que el salirse de los roles impuestos por la ideología dominante, patriarcal, conservadora, represiva y misógina, implic- aba convertirse de inmediato y por consenso en una ramera. Con meridiana claridad lo ha expli- cado Julio Rodríguez-Luis: "Una mujer pobre tenía, por supuesto, muchas menos oportunidades de éxito en una carrera picaresca que un hombre debido a factores tales como su menor educación, su absoluta depen- dencia de los hombres y la desconfianza de la ley hacia ella. Hablando desde un punto de vista 39 realista, la única puerta abierta a una mujer cuyo origen social y ambición eran similares a los del picaro era la prostitución, y ésta sola no podía elevarla a la posición disfrutada por las pícaras literarias en la cúspide de sus carreras. Ésta es la razón por la cual Justina no es real- mente una picara sino la encarnación del ingenio de López de Úbeda. Las picaras, en oposición a las meras prostitutas, eran de hecho imposibles en una sociedad que imponía tantas pesadas constricciones a la movilidad social de una mujer normal." Según el citado crítico, la represión social a que estaba sometida una mujer de bajo origen provoca, inevitablemente, la inverosimilitud del relato y la falta de profundidad de los caracteres: "Como consecuencia, las novelas picarescas que se refieren a las picaras carecen de la caracte- rística profundidad de las novelas que tratan de sus compañeros masculinos. Esta profundidad resulta de la tensión entre ambición y medios, una tensión que, si bien es creativa o artísticamen- te válida, debe basarse en una esperanza realística. Sin embargo, lo que de hecho ocurre en las novelas de pícara es una suspensión de la verosimilitud interna del obra, algo que sólo puede ser fatal para una novela basada en la imitación de la realidad. Es igualmente cierto, por supuesto, de algunas novelas menores relativas a picaros, pero en ellas no sentimos la marcada inverosimi- litud que tan intensamente debilita a las pícaras en cuanto carácter literario creible." (Rodríguez- Luis (1979), págs. 30-40. La traducción es mía). No creo, sin embargo, que la inverosimilitud de la picaresca femenina venga motivada única- mente por la imposibilidad de los autores para inspirarse en un modelo real. De hecho, tan inverosímil como que una pícara se casase con un capitán es que un pícaro como Pablos, hijo de un ladrón y de una hechicera, pensase seriamente que podía convertirse en caballero. Además, si los pícaros se ganaban la vida sirviendo a un amo, ¿por qué ningún autor se propuso recrear la vida de una pícara-fregona que con engaños más o menos risueños intentara enriquecerse? ¿Por qué no hay arcones con panecillos prohibidos ni tarros de miel trucados en la novela picaresca femenina? ¿por qué las tretas han perdido toda su ingenuidad para trocarse en malignas artimañas de burla y venganza? ¿por qué ese afán de las pícaras por alcanzar el triunfo a toda costa, cuando el Lazari- llo se conforma con su oficio de pregonero de vinos, Pablos afronta su mala suerte y se embarca hacia las Indias y Simplicius renuncia a las riquezas y vanidades mundanas para entregarse a la vida eremítica? Y en fin, ¿por qué tenemos que esperar a Mol/ Flanders para encontrar, no sólo verosimilitud -como señala Julio Rodriguez-Luis-, sino también una mirada comprensiva, huma- na y respetuosa por parte del autor? Creo que estas preguntas no pueden responderse apelando únicamente a la distancia insalv- able entre ambición y medios. 5. Conclusiones: exageración y distorsión como estrategias de autodefensa. El éxito de la pícara, impensable en el siglo XVII, refleja el temor de la colectividad masculi- na al ascenso e independencia de la mujer. La pícara no es sólo el esperpento moldeado por la mirada misógina del autor; es también la encarnación literaria de la mujer fatal del Barroco, el fruto malicioso de una obsesión oculta, el símbolo de una amenaza intuida. El tipo de mujer que ella representa (independiente, segura, rebelde, sensual y dominadora) traslada al mundo noveles- co la pesadilla íntima del hombre barroco, atormentado por las crecientes muestras de incon- formismo femenino. Desde fines del siglo XVI, la mujer había comenzado a rebelarse contra las normas impuestas por la ideología dominante: encerramiento, castidad, silencio, obediencia y sumisión: programa de 40 vida más conventual que conyugal. La mujer no quiere envejecer entre las paredes de una casa. Le gusta pasear, bailar, cantar, divertirse, participar en las conversaciones, lucir hermosos vestidos y resaltar su belleza con afeites. Pretensiones tan desorbitadas ponen sobre aviso a la población mas- culina y desencadenan una corriente de pensamiento antifeminista que se expresa con acritud en literatura y que tiene su versión moralizante en la proliferación de libros de doctrina dirigidos a las mujeres. La presión alienadora y tiránica de la sociedad barroca no es suficiente, sin embargo, para neu- tralizar la sensualidad de la mirada y el cuerpo femeninos; de ahí que el erotismo, tan presente en la picaresca femenina, sea contemplado ahora más que nunca como un arma peligrosa capaz de anular la voluntad del varón. Es cierto que el sexo es un tema constante de la literatura e iconografía medievales. Recordemos, por ejemplo, el pasaje de las horas canónicas del Libro de buen amor de Juan Ruiz, manual en clave sagrada del más obsceno amor sexual. Pero si en la Edad Media estos desvíos no atentaban contra la ordenación social (cada uno conocía su papel y se mantenía en su puesto), en el siglo XVII el sistema se está derrumbando y los hombres temen que la mujer aproveche la con- fusión y los dones naturales de su sexo para ascender en la escala social y desplazarlos de sus poderes de mando. Son interesantes en este sentido las siguientes palabras de Maravall: "En las circunstancias de la época, en el miedo a la subversión del orden que promueve toda la crisis social del Barroco, se hace frecuente sostener que lo que la mujer pretende va mucho más allá: persigue utilizar sus atractivos, capaces de despertar pasiones irreprimibles en el hom- bre, al objeto de invertir el orden social y natural que atribuye a aquél el poder de dominación en la sociedad y particularmente en las relaciones de hombres y mujeres, contra lo cual se maquina hasta lograr trasferir a éstas el gobierno. Este es el gravísimo nudo de la cuestión, lo que enciende esa irritación de la misoginia barroca y hace enterrar a la mujer en un círculo de desconfianza, bien que en la época se halle en condiciones de saltárselo por lo menos ocasio- nalmente." (pág. 693) Me parece esclarecedor y necesario poner en relación este temor de la población masculina a la inversión de los roles tradicionales con el personaje literario de la pícara, mujer independiente y liberada, capaz de triunfar y de engañar al hombre. La inverosimilitud no es una mera opción artística motivada por las escasas posibilidades creativas que ofrecía un relato ceñido a la realidad. La inverosimilitud es una consciente opción ideológica en una novela con proyección de futuro: una novela que se dirige a un lector cómplice y solidario para avisarle de lo que puede llegar a suceder si los hombres no controlan a tiempo a las indómitas mujeres. El resultado sería desatroso: un mundo donde el varón sería casi un muñeco y donde se multiplicarían las mujeres con el ímpetu de Coraje y de Justina; un mundo donde se harían realidad las seis cláusulas del contrato matrimonial de Springfield (cap. XV) y el "así se hará" amenazante de Coraje: " ... Springfield ... había de seguirme. ¿Qué cosa podría evitarlo? ¿Cuán maravillosa criatura marina habría tenido que ser? ... Y así se hará mientras que otras mujeres de gran resolución como yo puedan hacer caer (no quiero decir empujar) en trampas semejantes a los calaveras de sus maridos (si tuviera que llamarlos de otra manera diría más bien "píos maridos"), puesto que hasta ahora no han suscrito en su matrimonio acuerdo alguno como el mío ... " (pág. 162) Evidentemente, estas pícaras inventadas por los miedos ocultos de los varones nunca podrían alimentar las pretensiones de liberación de las doncellas barrocas. La razón es sencilla: eran pocas las mujeres que sabían leer y escribir, y éstas recibían una educación fuertemente ideologizada: libros 41 de moralidad y poesía cortés, novela rosa del XVII que narcotizaba las almas femeninas con enga- ñosos ensueños de amor y falsas promesas varoniles de eterna servidumbre: ficción de ficciones. El público de la novela picaresca femenina es exclusivamente masculino. Grimmelshausen se dirige expresamente a "recatados donceles, honestos viudos y hombres casados", que son -cómo dudarlo- víctimas fáciles de las nefastas mujeres. Resulta evidente, por tanto, que las palabras antes citadas de Coraje no han sido concebidas para promover la emancipación femenina (nada más con- servador y reaccionario que estos relatos). Con el amenazante e incisivo parlamento que pone en boca de la pícara, el autor avisa a los varones del peligro implícito en adoptar actitudes benignas y comprensivas con las mujeres; de la necesidad, por tanto, de no ser demasiado "píos" con ellas. La novela picaresca femenina se dirige a la voluntad, no a la razón, y pretende producir el rec- hazo, no la catarsis. Esto lo consigue mediante la hipérbole y la parodia. Coraje es una caricatura; Justina, una marioneta que ni siquiera tiene voz propia. Resultaba imposible que el lector se iden- tificara con la protagonista porque la risa es distanciadora. Una mujer vestida de hombre y luchan- do en el ejército como cualquier soldado produciría la hilaridad y después, el desprecio y la cen- sura. También López de Übeda supo tejer con maestría los hilos para que la hidalguía de Justina -su sueño realizado- revirtiese en la propia ridiculización del personaje. Es evidente, de hecho, que pícaro y pícara son tratados -contemplados, diseñados, juzgados- de forma radicalmente distinta por parte de los autores. ¿Por qué fracasan los intentos matrimo- niales de Guzmán y Pablos cuando se proponen conquistar a una mujer rica y noble para salir de la miseria? Al fin y al cabo, pícaros y pícaras recurren al único medio posible: fingir lo que no se es. La pícara finge virtud como el pícaro finge nobleza y dinero. La razón es clara: un matrimonio ventajoso para el pícaro no hubiera sido nada moralizante; al contrario, además de atentar contra el estatuto del realismo, hubiera impedido el proceso de reflexión interior del pícaro y su evolu- ción hacia la conversión. En la picaresca femenina del XVII la moralización tiene una importan- cia muy secundaria; es más bien una excusa para introducir el mensaje antifeminista, único obje- tivo de estas novelas. Interesa que la pícara triunfe para corroborar la astucia innata y maliciosa de la mujer y la necesidad que tiene el hombre de precaverse contra ella. Se da por sentado que la pícara, en cuanto fémina, no tiene claridad mental suficiente para reflexionar sobre su trayectoria vital y proponerse un cambio de rumbo. La conversión no entraba dentro de las pautas de com- portamiento que la ideología antifeminista atribuía a la mujer. La consideración de la perspectiva ideológica que determina apriorísticamente la evolución de la peripecia y la caracterización de los personajes sirve también para comprender la peculiaridad de la picaresca frente a otras novelas coetáneas. Piénsese, por ejemplo, en el contraste existente entre la pícara Justina y la Maritormes cervantina: mesonera y ramera como ella, pero sin fobias ridículas ni deseos de venganza; mujer inculta y primaria que, a pesar de la ruindad de su entorno y de su oficio, es capaz de entusiasmarse con las escenas de amor cortés de los libros de caballerías. Lo que cambia es la mirada del autor: altruista y cálida en Cervantes, burlona y sar- cástica en López de Úbeda. Comparada con La pícara Justina y con La pícara Coraje, Mol! Flanders es, sin embargo, una novela diferente, como también lo es el contexto social, económico, cultural e ideológico al que pertenece. En principio, el público es más amplio. La alfabetización en la Inglaterra dieciochesca es mucho mayor que en la España del siglo anterior y sin duda, había llegado a las mujeres. La misoginia persiste en la novela, pero muy suavizada. Descubrimos el tópico de la lascivia y debili- 42 dad femeninas en las constantes inculpaciones que Defoe pone en boca de la propia protagonista, que se confiesa culpable de la consumación del acto amoroso: "Y entonces, como me tenía entre sus brazos, me besó tres o cuatro veces. Yo forcejeé para desasirme, pero lo hice débilmente, y él me abrazaba y siguió besándome hasta quedar casi sin aliento y entonces se sentó y me dijo: Querida Betty, estoy enamorado de vos.'' (pág. 26) " .. .la verdad es que empezó a mostrarse ardoroso conmigo. Tal vez me encontró un poco demasiado fácil, pues bien sabe Dios que no le opuse ninguna resistencia mientras sólo me tenía entre sus brazos y me besaba; la verdad es que estaba demasiado complacida con aquello para poder resistirle mucho." (pág. 27) " ... yo soy un buen ejemplo para todas las jóvenes en las que la vanidad prevalece sobre la vir- tud. Tanto el uno como el otro obrábamos del modo más estúpido que puede imaginarse. De haber obrado yo como debía, y de resistirle como exigen la virtud y la honra, aquel caballero, o bien hubiese desistido de sus intentos, viendo que no había motivo para esperar el éxito de sus propósitos, o bien me hubiera pedido en matrimonio de un modo honrado y formal." (pág. 30) En cualquier caso, Defoe es comprensivo y respetuoso con la protagonista de su novela. Moll es la primera pícara que tiene voz propia; la primera pícara que habla y siente como mujer. De ahí que el tono de muchos pasajes, de páginas enteras, sea sincero y conmovedor, sobre todo en aque- llos momentos en los que Moll analiza con dolor la marginación social de la mujer en su época. Ni López de Ubeda ni Grimmelshausen hubiesen permitido a sus pícaras hablar con esta franqueza: "Y ahora a mí sólo me resta recordar a las damas lo mucho que ellas mismas se rebajan respecto al nivel medio de lo que es una esposa, que, y creo que al decir esto no soy parcial, es ya bastante bajo; decía que ellas mismas se rebajan respecto a este nivel medio, y ellas mismas preparan el camino de su propia humillación, resignándose de antemano a ser víctimas de los hombres, de lo cual confieso que no creo que exista ninguna necesidad." (pág. 83) " ... que los tiempos están tan corrompidos, y el sexo fuerte tan viciado, que, para decirlo en pocas palabras, el número de hombres con los que una mujer honesta debería tener trato, la ver- dad es que es escasísimo, y que es muy raro encontrar a un hombre que sea digno de que una mujer confíe en él. ( ... ) Y en cuanto a las mujeres que ... , impacientes por llegar a un estado más perfecto, deciden, como ellas mismas dicen, aceptar al primer llegado, que van al matrimonio igual que un caballo se precipita en medio del fragor de la batalla, a éstas sólo puedo decirles una cosa: que son muje- res que necesitan que se ruegue por ellas como se hace por las demás personas perturbadas( ... ). Yo desearía que las de mi sexo se condujeran con un poco más de sensatez en estas cosas ya que a mi entender éste es un problema que en nuestros tiempos nos afecta más que ningún otro; no es más que falta de valor, el miedo a no casarse ni mal ni bien, y el miedo a convertirse en uno de estos tristísimos personajes que se llaman solteronas, ( ... ).Quien se une a un mal mari- do siempre se casa demasiado pronto, y nunca se casa demasiado tarde quien se une a un buen esposo." (págs. 84-85) Recordemos finalmente la triste reflexión de Moll ante la ruin estrategia urdida por el her- mano mayor de los Colchester para eludir sus promesas de matrimonio: "Así es ciertamente como el egoismo atropella todo género de afectos, y así es como los hom- bres tienden a obrar naturalmente, olvidando el honor y la justicia, la humanidad e incluso su condición de cristianos, para defender su tranquilidad." (pág. 65) Moll no es un esperpento ni una caricatura: es una mujer auténtica, con miedos, dudas, proble- mas y sueños. Moll siente como nunca lo hicieron las otras. Sus engaños no son burlas crueles, hirientes ni arbitrarias como las que emprendían Justina y Coraje para mofarse de los demás hom- bres. Ellas jamás sintieron remordimientos; Moll, sí: 43 "Yo me volví de espaldas, porque también en mis ojos había lágrimas, y le pedí licencia para retirarme un poco a mi alcoba. Si alguna vez he sentido algo de verdadero remordimiento por mi vida viciosa y abominable de mis últimos veinticuatro años, fue entonces. ¡Qué felices son los hombres -me dije a mi misma- al no poder leer en los corazones de los demás! ¡Qué felicidad la mía si en un principio me hubiera casado con un.hombre tan honrado y afectuoso!" (pág. 202) Tampoco el sexo recibe el mismo tratamiento. En las novelas del XVII, erotismo y prostitución son sinónimos. Con Mol! Flanders se dignifica el sexo vinculándolo por vez primera al amor: "El perderle como amante no me afligía tanto como perderle a él mismo, pues la verdad es que le amaba hasta la locura: y el perder todas mis ilusiones sobre las que había edificado mis esperanzas de que un día llegaría a ser mi esposo." (pág. 47) También se refiere al ingrato Colchester cuando confiesa: " .. .la verdad es que lo amaba hasta un extremo dificil de imaginar" (pág. 63). El caballero de Lancaster fue su segundo y último gran amor. Cuando él se ve obligado a abandonar Londres, Moll cae en un estado de histerismo y desesperación: "Oh, Jemmy! -decía-, ¡vuelve, vuelve! Te daré todo lo que tengo; mendigaré, pasaré hambre a tu lado. Y así iba de un lado a otro de la estancia, como loca, y luego me sentaba, y volvía a andar por la habitación, llamándole y diciéndole que volviera, y luego echándome a llorar de nuevo; y así pasé toda la tarde ... cuando, ante mi indecible sorpresa él regresó ... empecé a debatir conmigo misma si debía alegrarme o entristecerme; pero mi amor se sobrepuso a todo lo demás y no me fue posible ocultar mi alegría, que era demasiado grande para expresarse con risas, y rompí a llorar." (pág. 172) En la Inglaterra del siglo XVIII el matrimonio seguía siendo el único estado aceptable para una mujer honesta y el único medio que tenía una doncella pobre para escapar de la miseria. Pero ¿qué habría ocurrido si el hermano menor de los Colchester no hubiese estado ebrio en la noche de bodas? Defoe, consciente de la injusta marginación femenina, deja que Moll exprese su queja ante la inexorabilidad de un destino dirigido por los hombres y confabulado contra ella: " ... cuando una mujer queda así desamparada y sin nadie que la aconseje, es como una bolsa de monedas o una joya perdida en medio de un camino, que será para el primero que pase por allí; si la suerte hace que quien la encuentre sea un hombre virtuoso y de rectos principios, hará avisar y quizá su dueño pueda recuperarla; ¡pero cuántas veces ocurrirá que la encontrará quien no tendrá el menor escrúpulo en quedársela, en vez de ir a parar en buenas manos! Evidentemente, éste era mi caso .... Quería conseguir una situación estable en la vida, y de haber tropezado con un buen esposo, con un hombre digno, hubiese sido para él una esposa tan fiel y abnegada como puede serlo un modelo de virtud, pero en mi situación el vicio llamaba siempre a la puerta de la necesidad .... " (pág. 144) En cualquier caso, Defoe permite a Moll que rehaga su vida en Virginia mientras que Grim- melshausen abandona a Coraje en una tribu de gitanos y López de Úbeda se ríe de su propio per- sonaje obligándole a que se resigne con una pobrísima hidalguía. Indudablemente, la evolución de la sociedad europea favorecía la aparición de una picaresca más verosímil y menos anti-feminista. En una sociedad como la protestante, que valoraba el esfuer- zo personal y hacía de la competitividad una fuente legítima de riqueza, la mujer, aun siendo de bajo origen, tenía muchas más posibilidades reales de medro. No es menos cierto, sin embargo, que la actitud abierta y comprensiva de Defoe está detrás de la humanidad y autenticidad de Moll y que nada le hubiera impedido dar un final de castigo a su novela: Moll encarcelada o definitiva- mente condenada a la prostitución. Pero no lo deseaba. No es la suya una mirada distorsionadora 44 y censoria. Defoe no es un manipulador burlón como Úbeda ni un inquisidor como Grim- melshausen, que convierte a Simplicius en un santo y a Coraje, en la más lasciva de las pícaras. En Mol! Flanders la mirada ha cambiado porque también la sociedad dieciochesca ha suaviza- do la misoginia heredada del Barroco. Estamos comenzando el Siglo de las Luces. Inglaterra aca- ba de estrenar el primer sistema parlamentario de Europa y Francia no tardará en proponer la división de poderes. Pronto se divulgarán las ideas de igualdad de Rousseau y el Tratado de la tole- rancia de Vo\taire. La Ilustración reivindica el poder liberador del conocimiento, descubre la bon- dad natural del hombre tras siglos y siglos de pecado original, apuesta por una sociedad fraternal e igualitaria y apoya una revolución contra el Antiguo Régimen. Cultura, ambición, afán de reno- vación, espíritu crítico y altruismo son las características del nuevo espíritu. Este talante de comprensión y concordia tuvo que afectar también a la relación hombre-mujer. Al fin y al cabo, la misoginia medieval y barroca se había convertido en una especie de dogma- tismo que el hombre ilustrado no estaba dispuesto a aceptar sin someterlo a la criba de la razón analítica. Como resultado de esta nueva actitud, se produce una reinterpretación de la mujer, que deja de ser enemiga para convertirse en compañera. El futuro proyectado es un futuro de pareja. No hay Pablo sin Virginia. EN RESUMEN, la evolución económica de la sociedad y, sobre todo, la perspectiva ideológi- ca de los autores -sujetos sociales e históricos- imprimen diferencias importantes entre picaresca masculina y femenina y entre picaresca femenina barroca y dieciochesca. Frente al realismo mor- alizante de las novelas de pícaro, la picaresca femenina se caracteriza por su inverosimilitud y su marcado antifeminismo. Novelar es manipular. El personaje -plano, monocorde y carente de auten- ticidad- se convierte en marioneta del autor. El estudio del tema del medio social pone de manifiesto la importancia del miedo al ascenso femenino en la intensificación de la misoginia durante los siglos XVI y XVII. El triunfo de las pícaras traslada a la literatura la preocupación masculina ante la posibilidad de un cambio en los roles tradicionales. Además de divertir y entretener, la novela picaresca femenina pretende avisar, prevenir y aconsejar a los lectores. En el siglo XVIII, el progreso económico de la sociedad redunda en beneficio de la verosimil- itud del relato al tiempo que la evolución ideológica favorece una actitud más comprensiva y se desliga de los extremismos misóginos del siglo precedente. Disminuye la desconfianza del hombre hacia la mujer y el prejuicio de la bondad masculina frente a la congénita maldad femenina no es ya tan determinante. Como consecuencia, el relato gana en humanidad y la pícara, en compleji- dad psicológica. El autor, mucho más tolerante y comprensivo, se esforzará por construir un per- sonaje con voz propia. Notas 1 A partir de ahora, las citas e indicaciones de páginas remiten siempre a las siguientes ediciones: -ALEMÁN, Mateo, Guzmán de A/farache, edición, introducción y notas de Francisco Rico, Planeta, Barcelona, 1983. - LóPEZ DE ÚBEDA, Francisco, La pícara Justina, ed. Ramón Sopena, S.A., Barcelona, 1981. - GRIMMELSHAUSEN, H. J. Ch., La pícara Coraje, ed. José Manuel González, Cátedra, Madrid, 1992. - DEFOE, Daniel, Moll Flanders, ed. Carlos Pujo!, Cátedra 11, Madrid, 1981. 2 De hecho, tal y como señala Domínguez Ortiz, es característico del espíritu español, frente al resto de Europa, una cier- ta desmesura en la defensa de la propia dignidad personal: "desmesura que llevó a los extranjeros a considerar el orgu- llo como un rasgo característico de nuestro pueblo, comentándolo con indignación o con sorna: "los españoles tienen 45 4 5 6 8 9 46 en todas sus acciones un no sé qué de altivo y de magnifico, -escribía Fulvio Testi-. Hasta para celebrar la misa usan hostias dobles de grandes que en Italia." Los españoles también estaban de acuerdo en que éste era un rasgo del ca- rácter nacional, sobre todo (y esto era una diferencia con el resto de Europa) en cuanto era extensivo a todas las capas sociales, incluso las más humildes." A esta extensión del orgullo personal en el pueblo llano (incluso pícaros y celestinas tenían honra) contribuyó la per- vivencia en la Edad Moderna de los estatutos de limpieza de sangre. Comenta el citado autor: "De aquí resultaba una situación muy compleja y confusa que sorprendía a los observadores extranjeros; la sociedad hispana parecía muy jerarquizada y a la vez muy igualitaria puesto que al ser el honor patrimonio común las demás dis- tinciones resultaban accidentales. "Entre los españoles no hay plebe; todos nacen con ánimos grandes", escribía un autor de fines del siglo XVII. Y Saavedra Fajardo, con su conocimiento directo de otras naciones, señalaba también esta característica de nuestro pueblo: "El espíritu altivo y glorioso (aun en la gente plebeya) no se quieta con el estado que le señaló la Naturaleza y aspira a los grados de nobleza, desestimando aquellas ocupaciones que son opuestas a ella; desorden que también proviene de no estar como en Alemania, más distintos y señalados los confines de la nobleza." En realidad, esos límites si estaban bien claros "en teoría"; era noble quien nacía noble; ni siquiera la voluntad real podía otorgar más que una nobleza de segundo orden, una "nobleza de privilegio". Lo que ocurría es que había un gran dinamismo social, unas circunstancias que facilitaban la capilaridad social y unos recursos excepcionales que no se daban más que en España: los estatutos de limpieza, producto de la mezcla de razas y religiones que tuvo lugar en la Edad Media y que dejó hondas huellas en la Moderna; con frecuencia los villanos se desquitaban del orgullo y los privi- legios de los hidalgos recordándoles que eran limpios de sangre como ellos, y a veces más que ellos. Era éste un fenó- meno típicamente español; en todas partes se hacían pruebas de nobleza; también era general la aversión a los oficios "viles y mecánicos" y al pequeño comercio, pero sólo en España se hacían pruebas de limpieza de sangre que afectaban a todas las clases sociales, e incluso en mayor grado a las elevadas". (Dominguez Ortiz, "La sociedad española en el siglo XVII'', en Menéndez Pida! ( 1990), Tomo XVIII, pág. 397-398). Las pragmáticas son igualmente una buena prueba del poder que tenia el dinero para ascender en la escala social: " Si las pragmáticas sobre porte de vestidos servían para separar la clase baja de la media, las referentes a los coches discriminaban la media de la alta ... La pragmática de 1684, reiterada en 1723, vedaba su uso a los alguaciles, escriba- nos, notarios, procuradores, agentes de negocios, mercaderes, plateros, receptores, obligados, maestros y oficiales de gremios. Disposiciones de este tenor respondían a la irritación que en los defensores del orden tradicional producía la subver- sión introducida en el mismo por la irrupción de las categorías crematísticas; era una de tantas manifestaciones defen- sivas de la hidalguía frente a la burguesía; pero éste era un pleito perdido, porque la asimilación de los ricos, de cualquier procedencia que fueran, a los nobles era una tendencia irresistible. Lo dice claramente un defensor decidido de la tradi- ción, el inquisidor Escobar de Corro: "Por eso vemos que los ricos gozan de los mismos pribilegios que los nobles, no se les ahorca, no se les condena a penas infamantes, no se les somete a tormento ... " (Dominguez Ortiz, "La sociedad española en el siglo XVII", en Menéndez Pida! ( 1990), Tomo XVIII, Parte tercera, págs. 401-402). Para justificar este desbocado deseo de los plebeyos por convertirse en hidalgos basta repasar los numerosos privilegios de que gozaba el estado noble: inmunidad de tributos y de toda prestación personal o real (moneda forera, servicio ordi- nario, etc.) No podían ser atormentados. No sufrían penas afrentosas como la de azotes y galeras. No podían ser encar- celados por deudas. Debían tener prisión aparte, separada de la de los plebeyos. No se les podía embargar las armas, vesti- dos, caballos, lecho y casa. Las injurias que recibían estaban más penadas. En caso de pena de muerte, no eran ahorca- dos sino decapitados. En cuanto a dotes y contratos, también tenían algunas preferencias reconocidas por la ley; de ahí que alcanzasen el monopolio de los cargos públicos más fructuosos. (Tomado de Dominguez Ortiz, ( 1964) págs. 188-189). Maravall, Jose Antonio, La literatura picaresca desde la historia social, ed. Taurus, Madrid, 1986, cap. VIII, pág. 366. Como veremos, la característica apuntada por Maravall (novela picaresca = novela de la frustración del medro) es una de esas características no aplicables a las novelas protagonizadas por mujeres. "La mujer que tiene honra y vergüenza no ha de hablar ni pensar en casarse, si no es cuando, y con quien sus padres fuere bien visto." Es la opinión del teólogo jesuita Francisco Escrivá (y de todos los moralistas de la época) en Discur- sos de los estados, de las obligaciones particulares del estado, y oficio, según las cuales ha de ser cada uno particularmente juzgado, Valencia, 1613, pág. 110. Citado por Mariló Vigil (1986). Mol! corrobora así las palabras de la hija de los Colchester, que, refiriéndose a ella, había dicho: "A Betty (Mol!) sólo le falta una cosa, pero para el caso como si le faltara todo, porque en estos tiempos a nuestro sexo no se le concede valor; y si una joven posee belleza y es de buena familia, tiene buena crianza, ingenio, buen juicio, buenas maneras, modestia, y todo ello en grado extremo, si no tiene dinero no es nadie, es como si le fal- tara todo, porque hoy en día lo único que se aprecia en una mujer es el dinero: son los hombres los que tienen todas las bazas en la mano." (pág. 24) Guevara, Antonio de, Reloj de príncipes, citado por Mariló Vigil ( 1986), cap. V. Ambos refranes son recogidos por Correas en su Vocabulario y citados por Antonio Rey Hazas ( 1983), de donde tomo la referencia. 10 Con esta cláusula, Coraje revela su adhesion a una práctica, la del matrimonio clandestino, muy extendida, al parecer, por toda la Europa occidental, especialmente en las zonas rurales. España no fue una excepción, como pone de mani- fiesto Antonio Dominguez Ruiz en "La mujer. La sexualidad. La familia": 11 "Es en este ámbito popularista donde intentó mantenerse, a pesar de la prohibición del Concilio de Trento, el matri- monio clandestino, apelación peyorativa que se atribuyó al matrimonio sin asistencia del párroco, de muy antigua tradición; en él se apreciaba la virginidad de la mujer, pero sin llegar a la tragedia. La facilidad de las gallegas era pro- ducto de una cultura agraria distinta de la muy urbana, teologizada y caballeresca Castilla, escenario obligado de los dramas de Calderón. Pero el hecho de la prohibición de que los novios, los desposados, cohabiten antes de recibir el sacramento se repita en las constituciones sinodales de todas las partes de España indica que esta muy antigua cos- tumbre seguia teniendo vigencia entre las clases populares de todas las regiones. Dicha costumbre merecería un detenido estudio; no se puede explicar meramente por liviandad; algo influiria el temor a la ligadura (impotenlia coeundi), maleficio que impedia a los recién casados consumar el matrimonio. Sin embargo, hay otra explicación más general: la convicción de que los desposorios, las palabras de presente y aun la simple prome- sa verbal o escrita, constituian ya, si no un matrimonio completo, si un matrimonio incoado, un compromiso formal que autorizaba la vida en común; las bendiciones serían entonces la perfección, la ratificación de una situación legal ya existente. Citaremos sólo dos ejemplos, uno del norte y otro del sur de España para mostrar su universalidad: las cons- tituciones sinodales de Pamplona del año 1591 dicen (pág. 129): "Hay muchos que sin haber recibido las bendiciones nupciales cohabitan juntos como marido y mujer, contra lo dispuesto por el Concilio de Trento ... Por tanto ordenamos que ningunas personas después de ser desposadas no cohabiten sin ser veladas y sin haber recibido las bendiciones de la Iglesia so pena de tres ducados." Casi un siglo después, en 1671, las constituciones de Málaga (folio 108) declaran corruptela aún no totalmente extirpada, que los concertados de casar (que llaman otorgados) entran en casa de las novias y comunican carnalmente con ellas." La decadencia de esta costumbre es paralela a la de los propios desposorios, fenómeno europeo. Chaunu se ha referi- do al paulatino eclipse de esta institución, tal y como puede seguirse a través de los registros parroquiales. Al llegar el siglo XVIII, casi ningún párroco anota ya los desposorios como ceremonia distinta del matrimonio propiamente dicho." (Dominguez Ortiz, La mujer, la sexualidad, la familia", en Menéndez Pida! ( 1990), Parte tercera, pág. 412). Con razón podemos decir, por tanto, utilizando las palabras que Cervantes pone en boca de Berganza en El coloquio de los perros, que Justina y Coraje eran "dos mujercillas, no de poco más o menos, sino de menos en todo; verdad que tenian algo de buenas caras, pero mucho de desenfado y de taimeria putesca. ( ... ) Vestianse de suerte que por la pinta descubrian la figura, y a tiro de arcabuz mostraban ser damas de la vida libre." Cervantes (1981), pág. 324. Bibliografia ALEMÁN, Mateo, Guzmán de A/farache, edición, introducción y notas de Francisco Rico, ed. Planeta, Barcelona, 1983. BATAILLON, Marce!, Pícaros y picaresca: La pícara Juslina, Taurus, Madrid, 1969. BLANCO AGUINAGA, Carlos, "Picaresca española, picaresca inglesa: sobre las determinaciones del género", Edad de Oro, II ( 1983), págs. 49-65. CASTILLEJO, Cristóbal de, Diálogo de mujeres, Castalia, Madrid, 1986. Edición de Rogelio Reyes Cano. CERVANTES, Miguel de, Novelas ejemplares, Cátedra II, Madrid, 1981. 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ZENOMRZNISTVO ALI STRAH V ZENSKEM PIKARESKNEM ROMANU Zenski pikareskni roman je zivel vedno v senci pikaresknega romana, v katerem so glavni junaki moski (od Lazarcka s Tormesa do Grimmelshausenovega Simplicius Simplicissimus). Glavne znacilnosti potepuskega romana so jasno dolocene z romanom Guzmán de Alfarache avtorja Matea Alemána. Vendar stevilne znaCil- nosti moskega pikaresknega romana niso uporabne, vsaj v absolutnem pomenu, v fonskem pikaresknem romanu. Junakinje-klatezi imajo dolocene posebnosti tako zaradi samega spola kot zaradi oddaljenosti med avtor- jem in avtobiografskim pripovedovalcem. Glavne junakinje se morajo tako prilagoditi strogi patriarhalni druibeni ureditvi; prav tako pa se razkorak med avtorjem in pripovedovalko spremeni v ideolosko obarvano manipulacijo besedila. Avtorica v clanku obravnava naslednja besedila: La Pícara Justina (Francisco López de Ubeda, 1605), La Pícara Coraje (H. J. Ch. von Grimmelshausen, 1670) in Mol/ Flanders (Daniel Defoe, 1722). V njih si junaki- nje Ze!ijo boljsega druibenega polofaja, ki ga v romanih tudi dosefojo. Vendar gre le za fikcijo in ne za odsev stvarnosti, v kateri v tistem obdobju prevladuje izrazito fonomrznistvo. 48 Mª Jesús Martín Sastre Universidad Autónoma de Madrid EL ASPECTO RELIGIOSO EN LA CELESTINA Mucho se ha escrito sobre el aspecto religioso en La Celestina. Unos no ven en la obra rastro religioso alguno (Américo Castro, Julio Rodríguez Puértolas, Ma Rosa Lida, Stephen Gilman ... ); otros, por el contrario, quieren ver en la obra un propósito moral y religioso. Hay quienes defien- den que la religión que impregna la obra es la cristiana (Menéndez Pelayo, M. Bataillon, O. H. Green, G. Correa, Morón Arroyo, S. Baldwin, C. Ripoll, J. A. Maravall ... ). Y quienes creen que lo que se expresa en la obra es el judaísmo original de su autor (O. Martínez-Miller, Ramiro de Maez- tu, Serrano Poncela, A.M. Forcadas). A mi parecer, en La Celestina todo se derrumba y destruye: la sociedad y la cultura en la que el texto está asentado; el mundo en el que vive el autor, y, por supuesto, también la religión. Por ello en la obra no hay sentimiento religioso alguno (ni cristiano ni judaico). Todo se convierte en una sátira destructiva y letal. Fernando de Rojas es un judío converso, ha vivido el peligro de los conversos y ha conocido la cultura milenaria judía, pero también la cristiana. Formalmente hay más elementos cristianos en la obra, ahí estaba la Inquisición, no puede haber muchos elementos judíos explícitos. Pero, por otra parte, tampoco hay ninguna referencia a Cristo. Notamos ausencias espectaculares del mundo cristiano, tanto como del universo cultural judío. Rojas juega con todo, pero ni cristianismo ni judaísmo poseen un papel relevante en La Celestina. Hay tres referencias estratégicas en las que se une a las tres religiones peninsulares de la época: Sempronio trata de hacer ver a Calisto que las mujeres no merecen la pena, y une a las tres reli- giones en un nivel de igualdad antifeminista: "gentiles, judíos, cristianos y moros, todos en esta concordia están" (1.2). Celestina recuerda a Pármeno que su madre era una bruja y que desen- terraba a los muertos para usarlos en sus prácticas brujeriles e infernales. Judíos, musulmanes y cristianos son iguales ante la muerte y ante las prácticas de brujería: "Ni dexava cristianos ni moros ni judíos cuyos enterramientos no visitava. De día los acechava, de noche los desenterrava" (Vll.1 ). En el Monólogo de Pleberio las tres razas aparecen igualadas ante la muerte, ante el fuego (del amor o de la Inquisición); ante la destrucción: "Tu fuego es de ardiente rayo, que jamás haze señal do llega. La leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas, las quales son tantas que de quien comern;ar apenas me ocurre. No sólo de cristianos, mas de gentiles y judíos. Y todo en pago de buenos servicios" (XXI). Por otra parte, si bien es cierto que hay rastros judios -algunos criticos, como Serrano Pon- cela, Orozco Díaz y Garrido Pallardó explican el suicidio de Melibea como una característica hebrea-, hay también rastros de un cierto antisemitismo. "Los falsos judíos su haz escupieron, / vinagre con hiel fue su potación [ ... ]" (Piezas finales). Además, podrían realizarse lecturas ateas de la obra, por ejemplo del prólogo filosófico. En él, aparece la Naturaleza como la madre de todas las cosas. El mundo habría sido creado por ella, y 49 no por Dios (ya cristiano, ya judío): "Sin lid y offensión ninguna cosa engendró la Natura, madre de todo" (Prólogo). Hay una completa ausencia de Dios también en el suicidio de Melibea. En el pensamiento cris- tiano no cabe la autodestrucción, pues sólo Dios es dueño de la vida. Sin embargo, ella parece feliz porque cree que al morir va a reencontrarse con Calisto, no piensa en su condenación. Él es lo único en lo que Melibea cree. La ausencia de los elementos fundamentales del cristianismo es patente y significativo. Elicia decide vengarse contra Calisto y Melibea (XV.3) sin el menor remordimiento ni sentido del peca- do. Lo mismo sucede con Areúsa por el mismo motivo: "Y de ál [otra cosa] me vengue Dios, que de Calisto Centurio me vengará" (XV.3). Dios es un ser vengador. Ante el suicidio de su hija, tanto Pleberio como Alisa desean morir también: Ali.- [A Pleberio] ¿Por qué pides la muerte?[ ... ] ¿Es algún mal de Melibea? Por Dios, que me lo digas, porque si ella pena, no quiero yo vivir. (XXI) El deseo de morir, como hemos dicho, no es propio de la religión cristiana. En ella actúan la esperanza, la confianza en Dios y la resignación. En un análisis detallado de los elementos cristianos de La Celestina, podremos comprobar que lo que hay no es más que falsedad; una religión desviada. Aparecen textos bíblicos utilizados per- versamente, parodias y sátiras religiosas, una utilización no ortodoxa de la religión (rezos intere- sados ... ); que también se la emplea para justificar acciones poco correctas. Aunque la obra está llena de sentimiento cultural cristiano, no lo está de cristianismo. Una de las citas biblícas es la que introduce Celestina al recordar a Claudina, la madre de Pármerno. Ésta fue una bruja y la Inquisición la persiguió. Pero Celestina dirá sobre esto: [ ... ] la Sancta Escritura tenía que bienaventurados eran los que padescían persecución por la justicia, y que aquellos poseerían el reyno de los cielos (VII.!). Así fue perseguida la madre de Pármeno; pero por sus malos actos. Hay ironía, pues entonces todos los malos tendrían el reino de Dios, pues serán perseguidos por sus maldades. La cita, per- versamente tomada por Celestina, pertenece a Mateo, 5.10. En otro momento, Celestina trata de convencer a Pármeno para que no esté enemistado con Sempronio. Lo hace por propio interés; para que todos estén de su lado en el plan que tiene con respecto a los amores de Calisto por Melibea. Pármeno dice que va a hacer caso de lo que Celesti- na le aconseja porque: "La paz no se . Claro está que el limite con la generalización de las formas compuestas puede cambiar. Además, la ingeniosa expli· cación en Bello-Cuervo, op. cit., párr. 639, y ya no tiene desde hace mucho validez en la realidad de nuestros tiempos. Ocurre lo mismo con jama is, mai en francés e italiano. 163 AKO SO TEBE ENKRAT NATREPKALI ... Za naslov smo si izbrali don Kihotove besede Sancu (11,2). V slovenskem prevodu vzbujata glagolski obli- ki skladenjsko zanimanje zaradi izraza glagolskega vida, natancneje naCina glagolskega dejanja: Ce so tebe enkrat trepka/i, so mene stokrat do krvi pretep/i (Stanko Leben, 1935-37); Ako so tebe enkrat natrepka/i, so mene stokrat premikastili (Niko Kosir, 197 3 ); spanski izvimik zoperstavlja obe obliki preteklika, enostavno in sestav- ljeno: Si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido ciento. Latinski sinteticni perfectum ima v romanskih jezikih vzporedno sestav)jeno obliko. Clanek poskusa dogna- ti, katere so v Cervantesovem romanu vrednosti teh dveh oblik, ki sta poimenovani enostavni oz. sestav{jeni pre- terir ( sp. pretérito simple - pretérito compuesto), natancneje, v kaksnem pomenskem in skladenjskem nasprotju se pojav)jata. Ugotavlja se, da je ena od pomembnih opozicij izrafanje easovno natanko preciziranega, dolo- cenega, oziroma, s sestavljeno obliko, na easovni premici nezgoscenega preteklega dejanja. 164 ALGUNAS NOTAS SOBRE LAS DOS CONVENCIONES DEDICADAS A LAS RELACIO- NES ENTRE ITALIA Y ESPAÑA: 1) Actos del Congreso "Relazioni di viaggi fra Italia e Spagna'', Macerata, Universitil degli Studi, 15-17 diciembre, 1992; Suplemento a "Quaderni di Filologia e Lingue roman:i:e", Investigaciones en la Universidad de Macerata 7 (1992), pp. 257 +índice; 2) Actos del Congreso "Rapporti culturali fra Italia e Spagna", Macerata, Universitil degli Studi, 7-9 mayo de 1997; Suplemento a "Quaderni di Filo logia e Lingue romanze", Investigaciones de la Uni- versidad de Macerata 12 ( 1997), pp. 117. l. El importante periódico maceratense publica en dos números-suplemento los Actos de los dos Congresos ya citados arriba, organizados en el Ateneo maceratense y ambos sobre el tema de las relaciones establecidas entre los dos grandes países neolatinos. En primer Jugar diremos que en los números regulares del mismo periódico predominan temas italianos e hispanistas mientras los otros idiomas (francés, occitano, catalán, portugués) se encuentran en una clara minoría, o completamente ausentes (como el caso del rumano). En cuanto a los temas tratados, destacan los literarios, filológicos y los relacionados con el arte, siendo los lingüísticos bastante raros. A conti- nuación presentaremos brevemente los dos suplementos, esperando que susciten el interés de los lectores de "Verba Hispanica". Hemos intentado concentrarnos sobre las contribuciones lingüís- ticas y/o filológicas, citando de los otros tan sólo los autores y los títulos (con algún breve comen- tario cuando hemos estimado conveniente). 2. En el primer suplemento atrae nuestra atención la contribución realizada por Diego Poli JI viaggio in Italia di Antonio Nebrija come "viaggio nella grammatica" ( 117-124). Como ya se sabe, Antonio Nebrija es autor de dos diccionarios (latino - español y español - latino), que en su tiem- po tuvieron un éxito bastante considerable, a diferencia de su gramática, "l'insuccesso professio- nale della sua vita" (120). Antonio Nebrija advierte la urgente necesidad de enseñar la gramática a los españoles ( 122) y para ello intenta organizar el castellano según un modelo latino. La lengua es para él parte integrante del conocimiento que cada uno poseemos del mundo, es decir, el caste- llano es mediador entre el mundo y la mente humana ( 123). Frente a esta concepción, ciertamente positiva, se encuentra la actitud negativa de Antonio Nebrija (de acuerdo con la Corte) frente a los siglos de la dominación y presencia de los árabes y judíos: efectivamente, nuestro autor conecta la España de su tiempo directamente a la época romana ignorando "la barbarie" ( 123). 3. Otros títulos: Armando Alberola Romá, Un viajero español de excepción por Italia del siglo XVIII· el abate Juan Andrés More!! (5-22); María de los Ángeles Ayala, La presencia de Italia en el Álbum Pintoresco Universal: impresiones de viaje (23-37); Enrique Giménez López, El viaje a Italia de losjesuítas españoles expulsos (39-58); Jesús Pradelles Nada] y Mario Martínez Gomis, Viajeros españoles en la Roma de la primera mitad del siglo XVIII (58-83); Juan Antonio Ríos, Las cartas familiares de Juan Andrés (85-99); Enrique Rubio Cremades, De Madrid a Nápoles de Pedro Anto- nio de A/arcón ( 101-116); Alfredo Luzi, Uno scrittore italiano e la Spagna: Edmondo de Amicis (125- 140); Sandro Baldoncini, De Granada al Nuovo Mundo: l'epopea ispano-americana di Giovanni Giorgini e Giro/amo Graziani (141-154); Giulia Mastrangelo Latini, La "riscoperta" del/e Canarie (155-166); Rita Monacelli Tommasi, Va/enza ed Alicante viste da Luigi Ziliani (167-178); Patrizia Micozzi, Immagini e ricordi della Catalogna nelle Lettere d'un Vago Italiano ad un suo amico di Padre Norberto Caímo ( 179-203); Lucrecia Porto Bucciarelli, Da! Viaggio in Ponente: gli itinerari 165 ispanici del bolognese Domenico Laffi (205-240); Carlos Alberto Cacciavillani, I viaggi di Diego Velázquez in Italia (241-259). 4. Como dice el título, el suplemento al número 12, de extensión notablemente menor, se ocupa de relaciones culturales (literatura, teatro, etc.). No hay ninguna contribución lingüística, de modo que citaremos tan sólo autores y títulos: Diego Poli, Dante e Lullo: /'universalismo della comunicazione (dedicado principalmente al papel del latín, 5-12); Carlos Alberto Cacciavillani, 1 quattro libri dell'Architettura di Andrea Palladio recentemente riproposti in Spagna (13-25); Giulia Mastrangelo Latini, "El curioso impertinente": dall'Orlando Furioso al Don Chisciotte (27-39); María José Bono Guardiola, Mujer y educación en el siglo XVIII español: Josefa Amar y Borbón ( 41- 60); Ángel L. Prieto de Paula, Claves de la desesperanza: leopardismo y schopenhauerismo en la lit- eratura española hacia 1900 (61-75); Antonio Diez Mediavilla, La temprana recepción del teatro de Pirandello por Azorín (77-92); Lucrecia Porto Bucciarelli, Folco Testena y la poesía argentina mod- erna (sobre F. T., corrector y traductor, autor de una antología hispano-americana, 93-ll4). 5. Los dos suplementos son de un gran interés y abarcan varios temas de cultura tanto medieval como moderna. Quizás se podría pensar en compilar todos los materiales (ampliándolos y actualizándolos) en un único volumen que podría titularse por ejemplo Italia e Spagna: lingue, letterature, cultura nei contatti di ieri e di oggi. El interés de una publicación similar a esta nos parece seguro. Pavao Tekavcié, Zagreb 166 DICCIONARIO DE CONSTRUCCIÓN Y RÉGIMEN DE LA LENGUA CASTELLANA por Rufino José Cuervo, continuado y editado por el Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá, ICC, 1994 Monumento a la palabra, máxima obra gramatical y sintáctica de la lengua castellana, una ca- tedral, un palacio enorme, monumento lexicográfico de la historia cultural de la lengua española, y, según Gabriel García Márquez, una novela de la palabra, son sólo algunas palabras usadas últi- mamente para definir el singular Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, o, más brevemente, el Diccionario Cuervo. El Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana ( 1500 ejemplares en su primera edición) consta de ocho elegantes e impresionantes volúmenes, un excelente trabajo de la Impren- ta Patriótica del Instituto Caro y Cuervo de Yerbabuena. Tiene un poco más de ocho mil páginas, nueve mil quinientas voces con más de 600.000 ejemplos de dos mil escritores conocidos de la lengua española. El inicio de este diccionario se remonta al siglo XIX, a 1872, cuando Rufino José Cuervo (Bogotá 1844 - París 1911), discípulo de Andrés Bello y uno de los fundadores de la filología española, decidió crear un diccionario sintáctico. El objetivo de Cuervo fue caracterizar la gramá- tica de cada palabra presentada, es decir, escoger un número de palabras ejemplares y mostrar todos sus empleos con ayuda de citas de autores renombrados y, de esta manera, crear un libro que recoja la estructura de la lengua castellana. En 1886, después de catorce años de un arduo y disci- plinado trabajo logra publicar el tomo primero (A-B) in en 1893 el tomo segundo (C-D), los dos publicados en París por Roger y F. Chernoviz, Libreros Editores. Cuervo interrumpe su trabajo al morir su hermano y en 1911, cuando el lingüista muere en París, deja una herencia de 40.000 papeletas y 40.000 citas clásicas con sus respectivas anotaciones bibliográficas. La idea de continuar la obra apareció en la VI Conferencia Internacional Americana celebra- da en La Habana en 1928, pero no se realizó en esa época. El Instituto Caro y Cuervo, fundado por el gobierno colombiano en 1942, y su Departamento de Lexicografía, creado siete años más tarde, se comprometieron a continuar y concluir el Diccionario de Cuervo. Conocidos lingüistas como Félix Restrepo, Pedro Urbano González de la Calle, José Manuel Rivas Sacconi, Fernando Antonio Martínez, Joan Corominas, José Álvaro Porto Dapena trabajaron en el diccionario, revisando el material dejado por Cuervo, recogiendo material nuevo, preparando los tomos siguien- tes. En esa época se publicaron los fascículos correspondientes al tomo III y se reeditaron los dos primeros tomos de Cuervo (Friburgo de Brisgovia, Herder y Co., 1953 y 1954). La continuación del diccionario recibió nuevo ímpetu en 1986 al ser nombrado Ignacio Chaves como director del Instituto Caro y Cuervo. Se crea entonces un nuevo y moderno equipo de investigadores jóvenes. El tomo III (E) se publica en 1987; en 1992 el tomo IV (F-G); en 1993 los tomos V (H-J) y VI (L- N); en 1994 se publican los dos últimos tomos VII (0-Q) y VIII (R-Z). Ese mismo año se reimpri- men los dos primeros tomos y se hace entrega de la obra entera al presidente de Colombia, se pre- senta el Diccionario en París y, en julio 1995, en Madrid. El Diccionario Cuervo es primordialmente un diccionario sintáctico que explica el régimen y la construcción de las palabras (el régimen preposicional, cómo se construyen los verbos, los sus- tantivos, los adjetivos, etc.). Pero es también un diccionario semasiológico y etimológico. El tomo 1, reimprimido junto con el tomo 11 de Cuervo, va precedido de unas palabras introduc- torias de los actuales editores del diccionario en el que destacan la necesidad de reimprimir los dos tomos de Cuervo por estar agotados desde hace mucho tiempo y, por lo tanto muy buscados por nume- rosos estudiosos y aficionados. Aunque incompleto el Diccionario suscitó en su época gran interés 167 y merecida admiración por parte de muchos lingüistas conocidos del siglo XIX (Schuchardt, Grober, etc.). Las palabras introductorias explican también que en la elaboración de los tomos siguientes los autores respetaron rigurosamente el plan y el método con que concibió el Diccionario su autor. Sigue la Introducción de Cuervo en la que el autor presenta su concepto. Se trata de un ver- dadero tratado lingüístico sobre la lengua, la etimología, la semasiología, la importancia de las metáforas. En el Diccionario figuran, según palabras del propio autor, los sustantivos y los adje- tivos »que no teniendo una significación absoluta, requieren para llenar el concepto un comple- mento especial, o que, teniendo un sentido general, admiten que se particularice con determi- nación a cierto objeto« (Tomo I, pág. IV), los verbos con su respectivo régimen y cambios en cuan- to a la transitividad, todas las preposiciones y algunas interjecciones, adverbios y conjunciones. Para encontrar el significado de las palabras el autor se remonta a los orígenes de cada una y pre- senta todos los valores con minuciosas citas de autores de habla castellana de todas las épocas. Teniendo en cuenta que el castellano se difundió como lengua oficial en la época de los Reyes Católicos, el autor señala el uso antiguo y el clásico de los vocablos. Hace referencia al diccionario de la Real Academia, presenta diferentes acepciones de la palabra y, al final, expone su etimología. Cuervo se preocupa también por el aspecto normativo de la lengua, el uso correcto de la lengua, pero subrayando que la lengua cambia y que muchos usos considerados como barbarismos o inco- rrectos en el pasado son actualmente usos correctos. En su exposición introductoria se lamenta de las dificultades que tiene con los textos necesarios para corroborar el significado de las palabras. Se trata de una obra titánica, demasiado amplia para una sola persona. El espíritu del Cuervo lo ilustran las palabras del mismo autor: » ... Ha sido nuestro designio formar una monografía (...) de la palabra que encabeza cada artículo. En todos se ha tratado de rastrear la historia de nuestra lengua, ya siguiendo las transformaciones ideológicas, que desde el sentido originario se continúan, a veces en hilos sutilísimos, hasta las acepciones que más se desvían de él, ya presentando los documentos que atestiguan la duración de cada vocablo desde su origen o introduc- ción hasta su olvido y desaparecimiento en cierta época, o su persistencia hasta nuestros días.11 (T. 1, p. LIV) Fernando Antonio Martínez y Joan Corominas, que en 1950 acometieron la tarea de continuar el Diccionario, abandonaron su empresa dejando una herencia de 20.000 citas. En 1973 el Instituto contrató al lingüista español José Álvaro Porto Dapena que es quien en realidad concluye el tomo 111. Su mejor alumno colombiano Edilberto Cruz Espejo organiza un nuevo grupo de jóvenes lin- güistas colombianos que revisan las notas de Cuervo y Martínez para los tomos siguientes y extien- den la lista de autores clásicos citados a los autores americanos modernos. Los tres primeros tomos se publican tal como lo concibieron Cuervo, Martínez, Corominas y Porto Dapena. Los tomos si- guientes continúan el plan y el concepto de Cuervo pero añaden citas de autores modernos y ya no se centran en el aspecto normativo sino en el descriptivo del uso real de la lengua. El Cuervo es sin duda un diccionario muy especial, distinto de los diccionarios existentes, por su objetivo multifacético y por el carácter monográfico que se le presta a cada palabra: una verda- dera novela de cada vocablo como bien lo define García Márquez (la preposición a por ejemplo, con la que se incia el tomo I de Cuervo, abarca 29 páginas de texto en dos columnas). Por su minu- ciosa descripción morfosintáctica, semántica y etimológica de cada entrada y por las vastas citas que la acompañan es una valiosa ayuda para todos los investigadores de la lengua española, los estudiantes, los docentes y los traductores de la lengua de Cervantes y un valioso aporte al conocimiento de una de las lenguas más difundidas en el mundo. Jasmina Markic, Universidad de Ljubljana 168 SUMARIO / VSEBINA Tomaz Salamun: POEMAS. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3 Bernarno Atxaga: DE EUZKADI A EUSKADI LOS BOSQUES DEL TRADUCTOR . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13 LITERATURA Branka Kalenié Ram8ak MANIERISMO EN LA POÉTICA POSTNOVÍSIMA ESPANOLA MANIRIZEM V SODOBNI SPANSKI KNJIZEVNOSTI - POETIKA "POSTNOVÍSIMA" . . . . . . . . . . . . . . . 21 Eugenia Sáinz González MISOGINIA O MIEDO EN LA PICARESCA FEMENINA ZENOMRZNISTVO ALI STRAH V ZENSKEM PIKARESKNEM ROMANU . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 27 Mª Jesús Martín Sastre EL ASPECTO RELIGIOSO EN LA CELESTINA RELIGIOZNI VIDIK V DELU "LA CELESTINA' ......................................... 49 Ludovik Osterc CERVANTES Y FELIPE 11 CERVANTES IN FILIP 11 .......................................................... 61 Barbara Pregelj EL KITSCH EN EL BARROCO CASTELLANO KIC V SPANSKEM BAROKU . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 71 AnaAlcolea EL DON JUAN TENORIO DE ZORILLA: ENTRE EL CARNAVAL Y LA CUARESMA ZORILLOV "DON JUAN TENORIO" MED PUSTOM IN POSTOM Carlos Ruiz Silva EDUARDO BLANCO-AMOR EN SU CENTENARIO (1897-1997) 101 EDUARDO BLANCO-AMOR OB STOLETNICI ROJSTVA (1897-1997) .......................... 115 Vanessa Johnson LOS USOS POLÍTICOS DE LA REPUTACIÓN EN LA CORTE DE FELIPE IV UGLED NA DVORU FILIPA IV. . . . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 131 Sonia Núñez Puente DE LA CARNE A LA ESTATUA: FETICHISMO Y PRESENTACIÓN EN LA REGENTA OD MESA DO KIPA: FETISIZEM IN UPODABLJANJE V DELU "LA REGENTA" ................... 141 LINGÜÍSTICA Beatriz Gómez Pablos ¿UN LUNFARDISMO EN CANARIAS? ALGUNAS OBSERVACIONES SOBRE LA ETIMOLOGÍA DE PIBE PIBE: ARGOT BUENOS AIRESA V SPANSCINI KANARSKIH OTOKOv? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 147 Mitja Skubic SI A TÍ TE MANTEARON UNA VEZ ... AKO SO TEBE ENKRAT NATREPKALI... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 159 RESEÑAS Algunas notas sobre las dos convenciones dedicadas a las relaciones entre Italia y España: 1) Actos del Congreso "Relazioni di viaggi fra Italia e Spagna", Macerata, Universitil degli Studi, 15-17 diciembre, 1992; Suplemento a "Quaderni di Filologia e Lingue romanze", Investigaciones en la Universidad de Macerata 7 ( 1992), pp. 257+índice; 2) Actos del Congreso "Rapporti culturali fra Italia e Spagna", Macerata, Universitil degli Studi, 7-9 mayo de 1997; Suplemento a "Quaderni di Filologia e Lingue romanze", Investigaciones de la Universidad de Macerata 12 (1997), pp. 117. (Pavao Tekavéié) ............................................................. 165 Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana por Rufino José Cuervo, continuado y editado por el Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotil, ICC, 1994 (Jasmina Markié) ............................................................ 167 Hemos recibido en canje las siguientes revistas y publicaciones: ANALECTA MALACITANA Universidad de Málaga, Málaga - España BOLETÍN DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA Real Academia Española, Madrid - España CUADERNOS DE HUMANIDADES Universidad Nacional de Salta, Salta - Argentina CUADERNOS HISPANOAMERICANOS Instituto de Cooperación Iberoamericana, Madrid - España DICENDA Universidad Complutense, Madrid - España EDAD DE ORO Universidad Autónoma, Madrid - España ESPAÑOL ACTUAL Agencia Española de Cooperación Internacional, Madrid - España HELMANTICA Universidad Pontificia de Salamanca, Salamanca - España IBEROAMERICANA lberoamerikanisches Institut, Berlin - Alemania IN SULA Biblioteca Nacional, Madrid - España LINGÜÍSTICA ESPAÑOLA ACTUAL Instituto de Cooperación Iberoamericana, Madrid - España PRAGMALINGÜÍSTICA Universidad de Cádiz, Cádiz - España REALE Universidad de Alcalá de Henares, Alcalá de Henares - España REVISTA DE FILOLOGÍA ESPAÑOLA Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid - España REVISTA DE LITERATURA Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid - España SENDERAR Universidad de Granada, Granada - España STUDIA PHILOLOGICA SALMANTICENSIA Universidad de Salamanca, Salamanca - España THESAURUS Instituto Caro y Cuervo, Santa Fé de Bogotá, Colombia VOCES Universidad de Salamanca, Salamanca - España VERBA HISPANICA, VIII ISSN 0353-9660 lzdala in zaloZila Filozofska fakulteta Univerze v Ljubljani Revista editada por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Ljubljana Glavni in odgovorni urednik/Director: Mitja Skubic Vse dopise nasloviti na/Se ruega enviar toda correspondencia a: UREDNISTVO REVIJE VERBA HISPANICA ÜDDELEK ZA ROMANSKE JEZIKE IN KNJIZEVNOSTI FILOZOFSKA FAKULTETA ASKERCEVA 2 SI-1000 LJUBLJANA ESLOVENIA fax: +386 61 125 9337 tel.: +386 61 241-1406 jasmina.markic@ff. uni-lj .si Agradecemos intercambios con otras revistas editadas por departamentos e instituciones de estudios hispánicos Natisnila/lmprenta: Tisk: Tiskarna Plesko, d.o.o. Prelom/Maqueta: Graficni biro Zavoda za odprto druZbo - Slovenija Ljubljana, 1999